El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
– Si me permites que te dé un consejo… -dijo Colin masticando su nuez.
– No te lo permito -replicó Anthony. Alzó la vista. Colin estaba mascando con la boca abierta. Había sido algo prohibido en su casa mientras crecían, por lo tanto Anthony tuvo que deducir que Colin estaba exhibiendo aquellos malos modales sólo para hacer más ruido-. Cierra tu maldita boca -masculló.
Colin tragó, se relamió los labios y dio un sorbo al té para empujar el bocado.
– Hicieras lo que hicieras, pide disculpas por ello. Te conozco, y voy conociendo a Kate poco a poco, y puesto que sé lo que sé…
– ¿De qué diablos está hablando? -refunfuñó Anthony.
– Creo -explicó Benedict inclinándose hacia atrás en la silla- que está diciendo que eres un imbécil.
– ¡Eso mismo! -exclamó Colin.
Anthony sacudió la cabeza con gesto cansino.
– Es más complicado de lo que pensáis.
– Siempre lo es -dijo Benedict con una sinceridad tan falsa que casi consigue sonar sincero.
– Cuando vosotros dos encontréis mujeres lo bastante crédulas como para casarse con vosotros -soltó Anthony con desprecio-, entonces podréis atreveros a ofrecerme consejo. Pero hasta entonces… callad la boca.
Colin miró a Benedict.
– ¿ Crees que está enfadado?
Benedict movió una ceja.
– O eso o está borracho.
Colin sacudió la cabeza.
– No, borracho no. Ya no, al menos. Está claro que tiene resaca.
– Lo cual explicaría -dijo Benedict con un filosófico gesto de asentimiento- por qué está tan enfadado.
Anthony se pasó una mano por el rostro y se apretó con fuerza las sienes con el pulgar y el corazón.
– Dios de los cielos -balbució-, ¿qué hará falta para que estos dos me dejen en paz?
– Que te vayas a casa, Anthony -dijo Benedict con voz sorprendentemente amable.
Anthony cerró los ojos y soltó un largo suspiro. Nada deseaba más, pero no estaba seguro de qué podía decirle a Kate, y todavía más importante: no tenía ni idea de cómo se sentiría una vez llegara allí.
– Sí -corroboró Colin-. Vete a casa y dile que la quieres. ¿Qué puede haber más sencillo que eso?
Y de pronto fue sencillo. Tenía que decirle a Kate que la amaba. Ahora. En ese preciso día. Tenía que asegurarse de que lo sabía, y juró pasar cada uno de los últimos minutos de su miserablemente corta vida demostrándoselo a ella.
Era demasiado tarde para cambiar el destino de su corazón. Había intentado no enamorarse, y no lo había conseguido. Puesto que no era probable que pudiera dar marcha atrás en su enamoramiento, también podía intentar que la situación saliera lo mejor posible. La premonición de su propia muerte seguiría obsesionándole tanto si Kate sabía que la amaba como si no. ¿Acaso esos últimos años no serían más felices si los pasaba amándola con sinceridad y sin tapujos?
Estaba bastante seguro de que Kate también se había enamorado de él; seguro que le alegraría oír que sentía lo mismo por ella. Y cuando un hombre amaba a una mujer, cuando la amaba de verdad, desde lo más profundo de su alma hasta la punta de los pies, ¿no era su obligación divina intentar hacerla feliz?
De todos modos, no iba a explicarle sus premoniciones. ¿Qué sentido tendría? Ella sufriría si supiera que su tiempo juntos iba a verse interrumpido, pero ¿por qué iba a saberlo? Mejor que la sorprendiera el dolor repentino y agudo de su muerte que padecer la anticipación de todo ello por adelantado.
Iba a morir. Todo el mundo moría, se recordó. Él simplemente iba a tener que morir más pronto de lo normal. Pero, por Dios, iba a disfrutar de cada instante en sus últimos años. Tal vez hubiera sido más conveniente no enamorarse, pero ahora que había sucedido, no iba a esconderlo.
Era sencillo. Su mundo era Kate. Si lo negaba, tal vez dejara de respirar en aquel mismo momento.
– Tengo que marcharme -espetó al mismo tiempo que se ponía en pie de forma tan repentina que se dio con los muslos en el borde de la mesa, con lo cual las cáscaras de nuez salieron impulsadas por encima del tablero.
– Eso me parecía a mí -murmuró Colin.
Benedict sonrió y dijo:
– Vete.
Sus hermanos, se percató Anthony, eran un poco más listos de lo que dejaban entrever.
– Ya volveremos a hablar, ¿la semana que viene tal vez? -preguntó Colin.
Anthony tuvo que sonreír. Sus hermanos se habían reunido con él a diario en el club durante la última quincena. La pregunta tan inocente de Colin sólo podía implicar una cosa: era obvio que Anthony había perdido completamente la cabeza por su esposa y que planeaba pasar al menos los siguientes siete días demostrándoselo. Y que la familia que ahora estaba creando resultaba tan importante como la familia en la que había nacido.
– Dos semanas -contestó Anthony, echándose la levita-. Tal vez tres.
Sus hermanos se limitaron a sonreír.
Pero cuando Anthony cruzó el umbral de la puerta de su hogar, algo sofocado después de subir de tres en tres los escalones de la entrada, descubrió que Kate no estaba en casa.
– ¿A dónde ha ido? -preguntó al mayordomo. Era estúpido por su parte, pero en ningún momento había considerado que pudiera no estar en casa.
– Ha salido a dar un paseo por el parque -contestó el mayordomo- con su hermana y un tal señor Bagwell.
– El pretendiente de Edwina -murmuró para sí. Maldición. Se suponía que tenía que alegrarse por su cuñada, pero aquella visita inoportuna era de lo más molesta. Acababa de tomar una decisión que alteraba toda su vida; hubiera sido agradable que su esposa se encontrara en casa.
– El animal también iba con ellos -dijo el mayordomo con un estremecimiento. Nunca había podido tolerar lo que consideraba una invasión de su hogar por parte del corgi.
– Se ha llevado a Newton, ¿eh? -murmuró de nuevo Anthony.
– Imagino que regresarán dentro de una hora o dos.
Anthony golpeó con la punta de la bota el mármol del suelo. No quería esperar una hora. Demonios, no quería esperar ni un minuto.
– Ya les encontraré -dijo con impaciencia-. No puede ser tan difícil.
El mayordomo hizo un ademán con la cabeza e indicó a través de la puerta abierta de la calle el pequeño carruaje en el que Anthony había llegado a casa.
– ¿Va a necesitar otro carruaje?
Anthony negó una vez con la cabeza.
– Iré a caballo. Es más rápido.
– Muy bien. -El mayordomo se inclinó con una pequeña reverencia.
– Pediré que le traigan una montura.
Anthony observó que el mayordomo se dirigía con sus andares lentos y reposados hacia la parte posterior de la casa durante dos segundos, pero la impaciencia pudo más.
– Yo mismo me ocuparé -ladró.
Y lo siguiente que supo era que salía como una flecha de la casa.
El ánimo de Anthony era alegre para cuando llegó a Hyde Park. Estaba ansioso por encontrar a su esposa, estrecharla en sus brazos y observar su rostro mientras le decía que la amaba. Rogó para que le respondiera con palabras que correspondiesen a aquel sentimiento. Pensaba que sería así; había visto su corazón en sus ojos en más de una ocasión. Tal vez ella estuviera esperando a que fuera él quien dijera algo primero. No podía culparla si fuera así; justo antes de la boda, él había dado mucho la lata con lo de que su matrimonio no sería por amor.
Qué idiota había sido.
Una vez que entró en el parque, tomó la decisión de encaminarse con su montura hacia Rotten Row. El concurrido paseo parecía el destino más probable del trío; sin duda Kate no tenía motivos para sugerir una ruta más íntima.
Empujó un poco al caballo para que adoptara un trote todo lo rápido que permitiera el circular dentro de los confines del parque, e intentó hacer caso omiso de las llamadas y gestos de saludo que le hacían otros jinetes y paseantes.
Entonces, justo cuando pensaba que había conseguido que nadie le entretuviera, oyó una voz anciana, femenina y muy imperiosa que le llamaba por su nombre.