El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
– ¡Bridgerton! ¡Eh, Bridgerton! Deténgase de inmediato. ¡Le estoy hablando!
Soltó un gruñido y se dio media vuelta. Lady Danbury, el ogro de la aristocracia. No había manera de continuar sin hacerle caso. No tenía ni idea de cuántos años tenía. ¿Sesenta? ¿Setenta? Fueran los que fuesen, era una fuerza de la naturaleza, y nadie se atrevía a no hacerle caso.
– Lady Danbury -dijo intentando no sonar resignado al frenar el caballo-. Qué placer verla.
– Pardiez, muchacho -ladró-. Suena como si acabara de tomarse una horrible medicina. ¡Anímese!
Anthony sonrió con debilidad.
– ¿Dónde está su esposa?
– La estoy buscando en este mismo momento -contestó- o al menos estaba buscándola.
Lady Danbury era demasiado perspicaz como para que se le pasara por alto la directa insinuación, por lo tanto Anthony dedujo que no le hizo caso a propósito.
– Me cae bien su esposa.
– A mí también.
– Nunca pude entender por qué ponía tanto empeño en cortejar a su hermana. Una muchacha encantadora, pero está claro que no era para usted. -Entornó los ojos y soltó un resoplido indignado-. El mundo sería un lugar mucho más feliz si la gente me escuchara antes de coger y casarse -añadió-. Podría dejar decididas todas las parejas del Mercado Matrimonial en tan sólo una semana.
– Estoy seguro de ello.
La dama entrecerró los ojos.
– ¿No me estará tratando con condescendencia?
– Nunca se me ocurriría -dijo Anthony con total sinceridad.
– Bien. Siempre me había parecido un tipo sensato. Yo… -Se quedó boquiabierta-. ¿Qué diablos es eso?
Anthony siguió la mirada horrorizada de lady Danbury hasta que sus ojos repararon en un carruaje descubierto que doblaba un recodo sobre dos ruedas, avanzando sin control y a toda velocidad. Aún estaba demasiado lejos para ver los rostros de los ocupantes, pero entonces oyó un chillido, y luego el ladrido aterrorizado de un perro.
A Anthony se le heló la sangre en las venas.
Su esposa estaba en ese carruaje.
Sin una sola palabra a lady Danbury, dio un puntapié al caballo y se lanzó a todo galope en pos del carruaje. No estaba seguro de lo que iba a hacer una vez lo alcanzara. Tal vez le arrebatara las riendas al desafortunado conductor. Tal vez consiguiera poner a alguien a salvo. Pero sabía que no podía quedarse quieto observando mientras el vehículo se estrellaba ante sus ojos.
Y no obstante, eso fue exactamente lo que sucedió.
Anthony se encontraba a medio camino del desbocado carruaje cuando éste hizo un viraje que le sacó del camino y continuó hasta darse contra una gran roca, que lo desestabilizó, dejándolo tumbado de lado.
Y Anthony no pudo hacer otra cosa que observar con horror cómo moría su esposa ante sus ojos.
Capítulo 22
Contrariamente a la opinión popular, Esta Autora es consciente de que se la considera una especie de cínica.
Pero, Querido Lector, eso no podría estar más lejos de la verdad. Pocas cosas gustan más a Esta Autora que un final feliz. Y si eso la convierte en una tonta romántica, pues bienvenido sea.
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
15 de junio de 1814
Para cuando Anthony alcanzó el carruaje volcado, Edwina había conseguido salir arrastrándose de los restos del vehículo y estiraba un trozo destrozado de madera en un intento de abrir un hueco en el otro lado del carruaje. Tenía rota la manga del vestido y el dobladillo raído y sucio, pero no parecía darse cuenta de ello mientras tiraba desesperadamente de la puerta atascada. Newton saltaba y se revolvía a sus pies con ladridos agudos y frenéticos.
– ¿Qué ha sucedido? -preguntó Anthony con voz cortante y nerviosa mientras descendía del caballo.
– No sé -contestó Edwina entre jadeos, secándose las lágrimas que surcaban su rostro-. El señor Bagwell no es un conductor demasiado experimentado, creo, y luego Newton se soltó y entonces… yo ya no sé qué sucedió. Estábamos circulando y a continuación…
– ¿Dónde está el señor Bagwell?
Ella indicó el otro lado del carruaje.
– Salió disparado. Se dio en la cabeza. Pero se pondrá bien. Pero Kate…
– ¿Qué sucede con Kate? -Anthony se puso de rodillas para intentar ver entre los restos. Todo el vehículo se había volcado y el lado derecho se había aplastado mientras seguía rodando-. ¿Dónde está?
Edwina tragó saliva con nerviosismo y su voz prácticamente no pasó del susurro:
– Creo que está atrapada dentro del carruaje.
En ese momento Anthony saboreó la muerte. Sabía amarga en su garganta, metálica y dura. Le arañaba la carne como un cuchillo, le atragantaba y comprimía, se llevaba el aire de sus pulmones.
Anthony zarandeó con brutalidad el carruaje, en un intento de abrir un hueco de mayor tamaño. La situación no era tan atroz como le había parecido durante el accidente, pero aquello no sirvió demasiado para calmar su corazón acelerado.
– ¡Kate! -aulló, aunque intentaba sonar calmado, poco preocupado-. Kate, ¿puedes oírme?
El único sonido que oyó como respuesta, no obstante, fue el relincho de los caballos. Maldición. Tendría que librarles de los arneses y soltarlos antes de que se pusieran nerviosos y empezaran a estirar de los restos del vehículo.
– ¿Edwina? -llamé Anthony bruscamente por encima del hombro.
Ella se apresuró a acercarse a su lado retorciéndose las manos.
– ¿Sabes quitar los arreos a los caballos?
Hizo un gesto afirmativo.
– No soy demasiado rápida, pero puedo hacerlo.
Anthony indicó con la cabeza a los mirones que se acercaban corriendo.
– Intenta que alguien te ayude.
Ella volvió a asentir y se puso rápidamente a trabajar.
– ¿Kate? -gritó de nuevo Anthony. No veía nada, un banco desplazado bloqueaba la entrada-. ¿Puedes oírme?
Ninguna respuesta.
– Intentémoslo por el otro lado – se oyó la voz frenética de Edwina-. La abertura no está tan aplastada.
Anthony se puso de pie y dio corriendo la vuelta a la parte posterior del carruaje. La puerta ya se había salido de las bisagras y dejaba un agujero lo bastante grande como para que pudiera meter el tronco por él.
– ¿Kate? -llamó intentando no prestar atención al tono de pánico de su voz. Cada respiración que daba parecía demasiado sonora, reverberaba en el comprimido espacio y le recordaba que él no oía los mismos sonidos de Kate.
Y entonces, mientras apartaba un cojín que se había volcado, la vio. Estaba terriblemente quieta, pero no parecía encontrarse en una postura poco natural, y no vio sangre.
Eso tenía que ser buena señal. No sabía demasiado de medicina, pero se aferró a aquella idea como si fuera un milagro.
– No puedes morirte, Kate -dijo mientras apartaba con dedos aterrorizados los restos de madera, desesperado por abrir una abertura que fuera lo bastante ancha para sacarla-. ¿Me oyes? ¡No puedes morirte!
Un trozo punzante de madera le cortó el dorso de la mano, pero Anthony no advirtió la sangre que corrió por su piel mientras tiraba de otro madero roto-. Mejor que sigas respirando -advirtió con voz temblorosa, peligrosamente próxima a un sollozo-. No tenías que ser tú. Nunca se ha supuesto que fueras a ser tú. No te toca. ¿Me entiendes?
Retiró otro trozo de madera rota y se estiró a través del hueco abierto para cogerle la mano. Le encontró el pulso con los dedos, que a él le pareció bastante constante, pero seguía siendo imposible distinguir si sangraba o si se había roto la espalda o si se había dado en la cabeza o si…
Su corazón se estremeció. Había tantas maneras de morir. Si una abeja podía acabar con un hombre en la flor de la vida, sin duda un accidente de carruaje podría llevarse la vida de una pequeña mujer.