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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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Pero la vio y el dolor sordo en su pecho se agudizó, cada vez más implacable. Era como si le hubieran atravesado el corazón; tenía la muy perturbadora sensación de que la mano que esgrimía el cuchillo era la suya.

La observó durante un minuto, o tal vez fuera una hora. Pensó que ella no le había visto; nada en su postura dio indicios de ser consciente de su presencia. Estaba demasiado lejos como para que él pudiera verle el rostro, pero le pareció que tenía los ojos cerrados.

Seguramente rogando para que no estalle una tormenta, pensó mientras levantaba la mirada al cielo encapotado. Era poco probable que tuviera esa suerte. La bruma y la niebla ya estaban fusionándose en gotas de humedad sobre su piel, daba la impresión de que no tardaría mucho en llover a cántaros.

Sabía que debía marcharse, pero un cordón invisible le mantenía clavado en el suelo. Incluso después de que ella abandonara su puesto junto a la ventana, continuó en el mismo sitio, observando la casa. No podía negar el impulso de volver a entrar ahí. Quería regresar corriendo, caer de rodillas ante ella y rogarle perdón. Quería cogerla entre sus brazos y hacerle el amor hasta que los primeros rayos del amanecer tocaran el cielo. Pero sabía que no podía hacer ninguna de esas cosas.

O tal vez, no debería. Ya no lo sabía.

Tras permanecer paralizado en el mismo sitio casi durante una hora, Anthony, una vez que llegó la lluvia y el viento descargó rachas de un aire helador por la calle, se marchó por fin.

Se fue sin sentir el frío, sin sentir esa lluvia que justo empezaba a caer con fuerza sorprendente.

Se fue, sin sentir nada.

Capítulo 21

Se ha rumoreado que lord y lady Bridgerton se vieron obligados a casarse. Pero aunque eso fuera cierto, Esta Autora se niega a creer que lo suyo sea otra cosa que una boda por amor.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

15 de junio de 1814

Qué extraño era, pensé Kate mientras miraba la comida del desayuno, dispuesta sobre la mesita auxiliar en el pequeño comedor, sentirse tan famélica y al mismo tiempo no tener apetito. Su estómago hacía ruidos y estaba revuelto, exigía comida ya, y no obstante todo le parecía repugnante, de los huevos a los bollos, de los arenques al cerdo asado.

Con un suspiro de desaliento, alcanzó una solitaria tostada triangular y se hundió en su silla con una taza de té.

Anthony no había vuelto anoche.

Kate dio un mordisco a la tostada y se obligó a tragar. Había confiado en que al menos él hubiera hecho aparición a tiempo para el desayuno. Había retrasado esta comida todo lo posible -ya eran casi las once de la mañana y normalmente ella desayunaba a las nueve- pero su marido seguía ausente.

– ¿Lady Bridgerton?

Kate alzó la vista y pestañeó. Un lacayo estaba de pie ante ella con un pequeño sobre de color crema en la mano.

– Ha llegado esto hace unos minutos -dijo.

Kate le dio las gracias con un murmullo de voz y cogió el sobre precintado con esmero con una cantidad de lacre rosa claro. Se lo acercó a los ojos y distinguió las iniciales EOB. ¿Uno de los parientes de Anthony? La E tenía que ser de Eloise, por supuesto. Todos los Bridgerton habían sido bautizados en orden alfabético.

Kate rompió el sello con cuidado y dejó salir el contenido: un único pedazo de papel, plegado por la mitad con pulcritud.

Kate,

Anthony está aquí Está hecho una pena. Por supuesto, no es asunto mío, pero he pensado que tal vez te gustaría saberlo.

Eloise

Kate miró la nota durante unos segundos más, luego echó hacia atrás la silla y se levantó. Era hora de hacer una visita a la mansión Bridgerton.

Para gran sorpresa de Kate, cuando llamó a la puerta de la mansión no fue el mayordomo quien abrió la puerta al instante sino la propia Eloise, quien dijo de inmediato:

– ¡Sí que te has dado prisa!

Kate miré por el vestíbulo, medio esperando que algún otro hermano Bridgerton saliera a su encuentro.

– ¿Me esperabas?

Eloise respondió con un gesto afirmativo.

– Y no tienes que llamar a la puerta, ¿sabes? La mansión Bridgerton es propiedad de Anthony al fin y al cabo. Tú eres su esposa.

Kate esbozó una débil sonrisa. No es que se sintiera una esposa aquella mañana.

– Espero que no pienses que soy una entrometida incorregible-continuó Eloise al tiempo que la cogía del brazo y la guiaba por el pasillo-, pero Anthony tiene un aspecto espantoso, y tuve la leve sospecha de que tú no sabías que se encontraba aquí.

– ¿Y por qué ibas a pensar eso? -no pudo evitar preguntar Kate.

– Bien -explicó Eloise- tampoco se molestó en contarnos a ninguno de nosotros que estaba aquí.

Kate miró a su cuñada con desconfianza.

– ¿Lo cual quiere decir…?

Eloise tuvo la discreción de sonrojarse con un débil rubor.

– Lo cual quiere decir, ah, que el único motivo de que yo sepa que está aquí es por haberle espiado. No creo que ni tan siquiera mi madre esté enterada de que se encuentra en la mansión.

– ¿Nos has estado espiando? -La propia Kate se dio cuenta de que pestañeaba con rapidez.

– No, por supuesto que no. Pero dio la casualidad de que me levanté bastante temprano esta mañana y oí que alguien entraba, de modo que fui a investigar y vi que había luz tras la puerta de su estudio.

– ¿Cómo sabes, entonces, que tiene un aspecto espantoso?

Eloise se encogió de hombros.

– Imaginé que tendría que salir en algún momento, para comer algo u orinar, de modo que esperé en los escalones una hora más o menos…

– ¿Más o menos? -repitió Kate.

– O tres -admitió Eloise-. No se hace tan largo cuando de verdad te interesa el tema, y aparte, tenía un libro conmigo para pasar el rato.

Kate meneó la cabeza con admiración a su pesar.

– ¿A qué hora llegó anoche?

– Hacia las cuatro más o menos.

– ¿Qué hacías levantada tan tarde?

Eloise volvió a encogerse de hombros.

– No podía dormir. A menudo me cuesta. Había bajado a buscar un libro de la biblioteca para leer. Al final, a eso de las siete… bien, supongo que era un poco antes de las siete, o sea, que tampoco estuve tres horas esperando…

Kate empezó a sentirse mareada.

– … antes de las siete salió. No se encaminó al comedor a desayunar, de modo que salió por otro motivo. Tras un minuto o dos, volvio a aparecer y se metió otra vez en el estudio. Donde -concluyó Eloise con una floritura- ha permanecido desde entonces.

Kate se la quedó mirando durante unos buenos diez minutos.

– ¿Alguna vez has considerado ofrecer tus servicios al Departamento de Guerra?

Eloise esbozó una amplia sonrisa, tan parecida a la de Anthony que Kate casi grita.

– ¿Como espía? -preguntó.

Kate asintió con la cabeza.

– Sería muy buena, ¿no crees?

– Magnífica.

Eloise dio un abrazo espontáneo a Kate.

– Qué contenta estoy de que te casaras con mi hermano. Ahora vete a ver qué pasa.

Kate hizo un gesto de asentimiento, enderezó los hombros y dio un paso para dirigirse al estudio de Anthony. Pero entonces se dio media vuelta y señaló a Eloise con el dedo.

– No escuches tras la puerta.

– Ni se me ocurriría -contestó Eloise.

– ¡Lo digo en serio, Eloise!

Eloise dio un suspiro.

– Ya es hora de que me vaya a la cama de todas formas. Me irá bien echar un sueñecito después de estar levantada toda la noche.

Kate esperó a que la muchacha hubiera desaparecido por la escalera y entonces se encaminó hacia la puerta del estudio de Anthony. Puso la mano en el pomo y susurró para sí:

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