El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
Anthony agarró el último trozo de madera que se interponía en su camino e intentó levantarlo, pero no se movió.
– No me hagas esto -musitó-. Ahora, no. No te toca todavía. ¿Me oyes? ¡A ella no le toca! Sintió algo húmedo en sus mejillas y comprendió débilmente que eran lágrimas. – Se suponía que me tocaba a mí -dijo atragantándose-. Siempre se había supuesto que me tocaba a mí.
Y entonces, justo mientras se preparaba para dar otro tirón desesperado a la madera, los dedos de Kate le rodearon con fuerza la muñeca. La mirada de Anthony voló al rostro de ella, justo a tiempo de ver sus ojos abiertos, claros, sin apenas pestañear.
– ¿De qué diablos estás hablando? -preguntó con voz sumamente lúcida y despierta del todo.
Un gran alivio invadió su pecho con tal rapidez que casi le duele.
– ¿Estás bien? -preguntó, su voz temblaba con cada sílaba.
Ella puso una sonrisa, luego dijo:
– Estaré bien.
Anthony hizo una pausa apenas unos segundos para considerar qué palabras elegir.
– Pero ¿te encuentras bien ahora?
Kate soltó una pequeña tos, y Anthony se la imaginó retorciéndose de dolor.
– Me he hecho algo en la pierna -admitió-. Pero no creo que esté sangrando.
– ¿Te sientes débil? ¿Mareada? ¿Desfallecida?
Kate negó con la cabeza.
– Es sólo un dolor. ¿Y tú qué haces aquí?
Él sonrió entre lágrimas.
– Vine a buscarte.
– ¿Ah sí? -susurró.
Anthony asintio.
– Vine a… es decir, comprendí que… -Tragó saliva con nerviosismo. Nunca había soñado que llegaría el día en que diría estas palabras a una mujer; se habían hecho tan grandes en su corazón que costó un gran esfuerzo empujarlas afuera-: Te quiero, Kate -dijo con voz entrecortada-. He tardado un poco en entenderlo, pero así es, y tenía que decírtelo. Hoy.
Los labios de Kate formaron temblorosos una sonrisa mientras indicaba con la barbilla el resto de su cuerpo.
– Pues eres oportuno de verdad.
Por asombroso que pareciera, Anthony se encontró devolviéndole la sonrisa.
– Casi te alegras de que tardara tanto, ¿eh? Si te lo hubiera dicho la semana pasada, hoy no te habría seguido al parque.
Ella le sacó la lengua, algo que, teniendo en cuenta las circunstancias, hizo que la quisiera aun más.
– Tú sácame de aquí -dijo.
– Entonces ¿me dirás que me quieres? -bromeó.
Kate sonrió, con nostalgia y ternura, e hizo un gesto de asentimiento.
Por supuesto, aquello valía como declaración, y pese a estar arrastrándose entre los restos del carruaje volcado y pese a encontrarse Kate atrapada en el maldito carruaje, muy posiblemente con una pierna rota, de pronto le invadió una abrumadora sensación de satisfacción y paz.
Y comprendió que no se había sentido así durante casi doce años, desde la tarde fatídica en que había entrado en el dormitorio de sus padres para ver a su padre muerto en la cama, frío e inmóvil.
– Ahora voy a tirar de ti para sacarte -explicó metiéndole los brazos por debajo de la espalda-. Te hará daño en la pierna, me temo, pero no podemos evitarlo.
– Ya me duele la pierna -dijo ella sonriendo con valentía-. Sólo quiero salir de aquí.
Anthony le dedicó un único ademán serio, luego la rodeó con las manos y comenzó a tirar.
– ¿Qué tal va? -preguntó, el corazón se le detenía cada vez que ella hacía un gesto de dolor.
– Bien -contestó con un resuello, pero Anthony podía distinguir que le echaba valor.
– Voy a tener que darte un poco la vuelta -dijo al advertir un trozo de madera rota y punzante que amenazaba desde arriba. Iba a ser difícil maniobrar para esquivarlo. No le importaba lo más mínimo rasgarle la ropa. ¡Cuernos!, le compraría un centenar de vestidos nuevos si ella prometía no volver a montarse en un carruaje conducido por otra persona que no fuera él, pero no podía soportar la idea de arañarle la piel ni un solo centímetro. Ya había sufrido bastante. No necesitaba más.
– Tengo que sacarte primero por la cabeza -le explicó-. ¿Crees que puedes volverte poco a poco tú misma? Justo lo suficiente para que yo pueda sujetarte por debajo de los brazos.
Ella asintió y, apretando los dientes, se fue meneando concienzudamente, centímetro a centímetro, incorporada sobre las manos mientras desplazaba las caderas siguiendo el sentido de las manecillas del reloj.
– Así -le dijo Anthony dándole ánimo-. Ahora voy a…
– Haz lo que tengas que hacer -dijo Kate entre dientes-. No hace falta que me lo expliques.
– Muy bien -respondió él mientras empezaba a retroceder hacia atrás hasta que sus rodillas se agarraron a algo en la hierba. Tras contar mentalmente hasta tres, apretó los dientes y empezó a tirar de ella.
Y se detuvo un segundo después, cuando Kate soltó un chillido ensordecedor. Si no hubiera estado tan convencido de que iba a morirse en los próximos nueve años, habría jurado que ella acababa de quitarle diez.
– ¿Estás bien? -le preguntó con apremio.
– Estoy bien -insistió. Pero respiraba con dificultad, resoplando entre sus labios fruncidos, con el rostro tenso de dolor.
– ¿Qué ha sucedido? – Se oyó una voz desde el exterior del carruaje. Era Edwina, que ya había acabado con los caballos y sonaba frenética. He oído gritar a Kate.
– ¿Edwina? -preguntó Kate torciendo el cuello para intentar ver el exterior-. ¿Estás bien? -Tiró de la manga de Anthony-. ¿Se encuentra bien Edwina? ¿Ha sufrido algún daño? ¿Necesita un médico?
– Edwina está bien – contestó-. La que necesita un médico eres tú.
– ¿Y el señor Bagwell?
– ¿Cómo está el señor Bagwell? -preguntó Anthony a Edwina, con voz cortante mientras se concentraba en desplazar trabajosamente a Kate entre los restos.
– Se ha dado un golpe en la cabeza, pero ya se ha puesto en pie.
– No es nada. ¿Puedo ayudar? -Se oyó una voz masculina preocupada.
Anthony tenía la sensación de que el accidente había sido tanto culpa de Newton como de Bagwell, pero de todos modos el joven era quien llevaba el control de las riendas. Anthony no se sentía inclinado a ser caritativo con él justo en aquel momento.
– Ya le avisaré -dijo cortante antes de volverse a Kate y decir-: Bagwell se encuentra bien.
– No puedo creer que me haya olvidado de preguntar por ellos.
– Estoy seguro de que perdonarán tu lapsus, dadas las circunstancias -dijo Anthony retrocediendo aún más hasta que se encontró casi fuera por completo del carruaje. Ahora Kate estaba colocada en la abertura; sólo haría falta un tirón más, bastante largo y casi seguro doloroso, para sacarla.
– ¿Edwina? ¿Edwina? -llamó Kate-. ¿Estás segura de que no estás herida?
Edwina metió la cara por la abertura.
– Estoy bien -dijo tranquilizadora-. El señor Bagwell salió despedido y yo pude…
Anthony la apartó de un codazo.
– Aprieta los dientes, Kate -ordenó.
– ¿Qué? Me dic… ¡Aaaayyyy!
Con un solo estirón, la sacó por completo del amasijo y los dos aterrizaron en el suelo, respirando con dificultad. Pero mientras la hiperventilación de Anthony era consecuencia del esfuerzo, era evidente que la de Kate respondía a un dolor intenso.
– ¡Santo cielo! -Edwina casi gritó-. ¡Mira su pierna!
Anthony echó un vistazo a Kate y sintió que el estómago se le revolvía. Su pantorrilla estaba torcida y doblada, y era más que obvio que se la había roto. Tragó saliva con nerviosismo en un intento de que no se notara tanto su inquietud. Una pierna se podía componer, cierto, pero también había oído casos de hombres que habían perdido sus extremidades a causa de infecciones y malas atenciones de los médicos.
– ¿Qué le pasa a mi pierna? -preguntó Kate-. Duele, pero… ¡Oh Dios mío!