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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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Los dedos de Anthony encontraron los delicados tirantes de los hombros, que estaban atados en unos lazos flojos. Requirió el menor tirón soltar los nudos, pero una vez que el sedoso tejido se deslizó sobre sus brazos, Anthony perdió todo aire de paciencia y tiró de la prenda hasta que quedó a sus pies, dejándola desnuda por completo bajo su mirada.

Con un gemido jadeante se estiró la camisa, y los botones volaron mientras se la sacaba. Luego necesitó tan sólo unos segundos para despojarse de sus pantalones. Y después, cuando por fin no hubo otra cosa sobre la cama que maravillosa piel, se echó otra vez encima de ella para separarle suavemente las piernas con un musculoso muslo.

– No puedo esperar -dijo con voz ronca-. No voy a poder complacerte como debiera.

Kate solté un gemido enfebrecido mientras le agarraba por las caderas y le atraía hacia su entrada.

– Me complaces -jadeó-. Y no quiero que esperes.

Y en ese momento cesaron las palabras. Anthony soltó un grito primitivo y gutural mientras se hundía en ella, enterrándose por completo con una embestida larga y poderosa. Los ojos de Kate se abrieron del todo, y su boca formó un pequeño «Oh» de sorpresa ante la impresión de su rápida invasión. Pero estaba preparada para él; más que preparada. Algo en aquel ritmo incesante había encendido la pasión en lo más profundo de su ser, hasta el punto de necesitarle con una desesperación que la dejaba sin aliento.

No fueron delicados, y no fueron tiernos. Estaban excitados, sudorosos, hambrientos, y se aferraban el uno al otro como si pudieran conseguir que el tiempo durara eternamente gracias a la fuerza pura de la voluntad. Cuando alcanzaron el clímax, fue fogoso y fue simultáneo, ambos cuerpos se arquearon mientras sus gritos de liberación se fundían en la noche.

Pero cuando estuvieron saciados, enrollados en los brazos del otro, intentando recuperar el control de sus respiraciones fatigosas, Kate cerró los ojos llena de dicha y se rindió a una lasitud abrumadora.

Anthony observó cómo se iba quedando dormida y luego se quedó mirándola en su sueño. Observó la manera en que sus ojos se movían a veces bajo los párpados soñolientos. Calculó el ritmo de su respiración contando las suaves ascensiones y caídas de su pecho. Escuchó cada suspiro, cada sonido entre dientes.

Hay ciertos recuerdos que un hombre quiere grabar en su cerebro, y éste era uno de ellos.

Pero justo cuando estaba seguro de que estaba dormida del todo, ella soltó un gracioso sonido afable mientras se acurrucaba aún más en su abrazo, y agitó con lentitud los párpados hasta abrir los ojos.

– Aún no estás dormido -murmuró, su voz áspera y plácida a causa del sueño.

Él hizo un ademán con la cabeza y se preguntó si la abrazaba con demasiada fuerza. No quería soltarla. No quería soltarla nunca.

– Deberías dormir -dijo Kate.

Él volvió a hacer un gesto afirmativo, pero Anthony no parecía capaz de cerrar los ojos.

Ella bostezó.

– Qué bien…

Anthony le besó la frente con un «Mmm» de conformidad.

Ella arqueó el cuello y le devolvió el beso, de lleno en los labios, y luego se acomodó en las almohadas.

– Espero que estemos siempre así -murmuró, y bostezó otra vez mientras el sueño volvía a apoderarse de ella-. Siempre, eternamente.

Anthony se paralizó.

Siempre.

Ella no podía saber lo que esa palabra significaba para él. ¿Cinco años? ¿Seis? Tal vez siete u ocho.

Eternamente.

Era una palabra que no tenía sentido, algo que no podía comprender, así de sencillo.

De pronto le costó respirar.

La colcha parecía un ladrillo encima de él, y el aire parecía cargado.

Tenía que salir de ahí. Tenía que irse. Tenía que…

Saltó de la cama y, luego, dando un traspiés y ahogándose, buscó con la mano sus ropas, arrojadas al suelo de forma imprudente, y empezó a meter sus extremidades por los agujeros correctos.

– ¿Anthony?

Levantó la cabeza de golpe. Kate se estaba incorporando en la cama, entre bostezos. Incluso bajo la luz mortecina, distinguió que su mirada era confusa. Y le dolió.

– ¿Estás bien?

Le hizo un gesto cortante de asentimiento.

– Entonces ¿por qué intentas meter la pierna por la manga de la camisa?

Bajó la vista y soltó una maldición que nunca antes había considerado siquiera pronunciar ante una dama. Con otro improperio exquisito, hizo una bola con la ofensiva pieza de lino, que acabó arrojada al suelo en una masa arrugada. Se detuvo apenas un segundo antes de dar un tirón a sus pantalones.

– ¿A dónde vas? -pregunté con ansia Kate.

– Tengo que salir -gruñó.

– ¿Ahora?

No respondió porque no sabía cómo contestar.

– ¿Anthony? -salió de la cama y se le acercó con un brazo estirado, pero, justo una milésima de segundo antes de que su mano le tocara la mejilla, él se resistió y se tambaleó hacia atrás hasta darse con la espalda en el poste de la cama. Vio el dolor en el rostro de Kate, el dolor por su rechazo, pero sabía que si ella le tocaba con ternura estaría perdido.

– Maldición -espetó-. ¿Dónde diablos tengo las camisas?

– En tu ropero -respondió ella nerviosa-. Donde están siempre.

Se apartó para ir a buscar una camisa limpia, incapaz de soportar el sonido de su voz. Dijera lo que dijera, él no dejaba de oír «siempre» y «eternamente».

Y eso le estaba matando.

Cuando salió del vestidor, con la levita y los zapatos en los lugares correctos del cuerpo, Kate estaba de pie y recorría el cuarto de un lado a otro, toqueteando con ansia la amplia faja azul de su bata.

– Tengo que salir -dijo él en tono apagado.

Ella no hizo ni un sonido, y Anthony creía que era lo que prefería en aquel momento, pero se encontró allí de pie, esperando a que ella hablara, incapaz de moverse hasta que ella lo hiciera.

– ¿Cuándo regresarás? -preguntó por fin.

– Mañana.

– Está… bien.

Él asintió con la cabeza.

– No puedo estar aquí -soltó-. Tengo que irme.

Kate tragó saliva con nerviosismo.

– Sí -dijo, con voz dolorosamente baja-, ya lo has dicho.

Y luego, sin una mirada atrás y sin ninguna pista de a dónde ir, se marchó.

Kate se acercó despacio hasta la cama y se la quedó mirando. En cierto modo, no parecía correcto meterse sola en el lecho, echar las colchas alrededor de una y acurrucarse. Pensó que debería llorar, pero ninguna lágrima escoció sus ojos. De modo que se fue hasta la ventana, descorrió los cortinajes y se quedó mirando, sorprendida por su propio rezo en voz baja pidiendo una tormenta.

Anthony se había ido, y aunque estaba segura de que regresaría en cuerpo, no estaba tan segura de que lo hiciera en espíritu. Y se percató de que necesitaba algo -necesitaba la tormenta- para demostrarse que podía ser fuerte, por sí sola y para sí sola.

No quería estar a solas, pero seguramente no tendría otra opcion en aquella cuestión. Anthony parecía decidido a mantener las distancias. Había en su interior demonios, y se temía que eran demonios a los que él jamás se decidiría a hacer frente en su presencia.

Pero si su destino era estar sola, incluso con un marido a su lado, entonces juraba que sería fuerte en su soledad.

La debilidad, pensó mientras dejaba que su frente descansara sobre el liso y frío vidrio de la ventana, nunca llevaba a ningún lado.

Anthony no recordaba haber cruzado aturdido la casa, pero de algún modo se encontró en la calle, bajando a trompicones la escalera de la entrada, resbaladiza a causa de la leve niebla suspendida en el aire. Cruzó la calle sin la menor idea de a dónde iba, tan sólo sabía que necesitaba alejarse. Pero cuando llegó a la acera de enfrente, alguna voz dentro de él le obligó a alzar la vista hacia la ventana de su dormitorio.

No debería haberla visto, fue su estúpido pensamiento. Debería haber estado en la cama o las cortinas deberían haber estado corridas o él para entonces debería haber estado ya camino a su club.

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