El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
– Que no esté cerrada. -Rogó mientras lo hacía girar. Para su alivio extremo, se movió y la puerta se abrió de par en par.
– ¿Anthony? -llamó. Su voz sonaba suave y vacilante; se percató de que no le gustaba aquel sonido. No estaba acostumbrada a ser suave y vacilante.
No hubo respuesta, de modo que Kate dio otro paso. Las cortinas estaba bien corridas y el tupido terciopelo admitía poca luz. Kate inspeccionó la habitación hasta que sus ojos repararon en la figura de su esposo, repantingado sobre el escritorio, profundamente dormido.
Kate atravesó en silencio la habitación hasta las ventanas y descorrió un poco las cortinas. No quería cegar a Anthony cuando se despertara, pero al mismo tiempo no iba a mantener una conversación tan importante en la oscuridad. Luego regresó hasta el escritorio y le sacudió el hombro con delicadeza.
– ¿Anthony? -susurró-. ¿Anthony?
Su respuesta sonó más como un ronquido que cualquier otra cosa.
Kate frunció el ceño con impaciencia y le sacudió con un poco más de fuerza.
– ¿Anthony? -dijo en voz baja-. Anthon…
– ¿Qqqueccoouuhhnn…? -Se despertó con un movimiento repentino, una ráfaga de palabras incoherentes surgió de sus labios mientras enderezaba el torso de forma brusca.
Kate le observó pestañear intentando encontrar un poco de coherencia. Luego se fijaba en ella.
– Kate -dijo con voz áspera y ronca por el sueño y algo más, tal vez alcohol-. ¿Qué haces aquí?
– ¿Qué haces tú aquí? -replicó ella-. La última vez que me fijé, vivíamos casi a una milla de distancia.
– No quería molestarte -masculló.
Kate no se lo creyó ni por un segundo, pero decidió que no iba a discutir aquella cuestión. En vez de eso, optó por el planteamiento directo y preguntó:
– ¿Por qué te fuiste anoche?
Al prolongado silencio le siguió un suspiro cansino, fatigado. Anthony dijo finalmente:
– Es complicado.
Kate contuvo el impulso de cruzarse de brazos.
– Soy una mujer inteligente -dijo procurando no alterar en nada su voz-. Por lo general soy capaz de entender conceptos complejos.
A Anthony no pareció gustarle su sarcasmo.
– No quiero hablar de esto ahora.
– ¿Cuándo quieres hablar de esto?
– Vete a casa, Kate -dijo con voz suave.
– ¿Tienes planeado venir conmigo?
Anthony soltó un pequeño gemido y se pasó la mano por el pelo. Cristo, parecía un perro con un hueso. Le estallaba la cabeza, su boca sabía a estropajo, lo único que de verdad quería era refrescarse la cara con agua y lavarse los dientes, y ahí estaba su mujer que no dejaba de interrogarle…
– ¿Anthony? – insistió.
Eso era suficiente. Se levantó de forma tan repentina que la silla cayó al suelo con un resonante estruendo.
– Vas a dejar las preguntas al instante -soltó con brusquedad.
La boca de Kate formó una línea recta y enojada. Pero los ojos… Anthony tragó saliva para contrarrestar el ácido sabor de la culpabilidad que le llenó la boca.
Porque los ojos de Kate estaban inundados de dolor.
Y la angustia en el corazón de Anthony se multiplicó por diez.
No estaba preparado. Aún no. No sabía qué hacer con ella. No sabía qué hacer consigo mismo. Toda su vida -o al menos desde que su padre había muerto – había sabido que ciertas cosas eran verdaderas, que ciertas cosas tenían que ser verdaderas. Y ahora Kate iba y ponía su mundo patas arriba.
No había querido amarla. Diablos, no había querido amar a nadie. Era la cosa -la única cosa- que le hacía temer su propia mortalidad. ¿Y qué pasaba con Kate? Había prometido quererla y protegerla. ¿Cómo podía hacerlo y saber en todo momento que tendría que dejarla? Sin duda no podía contarle sus peculiares convicciones. Aparte del hecho de que lo más probable fuera que le tomara por un loco, lo único que conseguiría sería someterla al mismo dolor y temor que le atormentaba. Mejor que siguiera ignorándolo todo.
¿Y no sería todavía mejor que ella ni tan siquiera le amara?
Anthony desconocía la respuesta, así de sencillo. Y necesitaba más tiempo. Y no podía pensar si ella estaba ahí, de pie delante de él, con aquellos ojos llenos de dolor, estudiando su rostro. Y…
– Vete -soltó con voz entrecortada-. Simplemente, vete.
– No -dijo ella con una determinación tranquila que hizo que la quisiera aún más-. No hasta que me cuentes qué es lo que te tiene trastornado.
Anthony salió de detrás del escritorio y la cogió por el brazo.
– No puedo estar contigo en este momento -dijo con aspereza, evitando sus ojos-. Mañana. Te veré mañana. O al día siguiente.
– Anthony…
– Necesito tiempo para pensar.
– ¿Sobre qué? -chilló ella.
– No me lo pongas más difícil…
– ¿Cómo puede ser todavía más difícil? -preguntó ella-. Ni siquiera sé de lo que estás hablando.
– Sólo necesito unos pocos días -dijo, y le sonó como un eco. Unos pocos días para pensar. Para adivinar qué iba a hacer, cómo iba a vivir su vida.
Pero ella se dio la vuelta para mirarle de frente, le puso la mano en la mejilla y le tocó con una ternura que hizo que a él le doliera el corazón.
– Anthony -susurró-, por favor…
Él era incapaz de articular palabra, de proferir sonido alguno. Kate deslizó la mano hasta su nuca, y luego se fue aproximando… más… y más… y él no pudo resistirse. La deseaba tanto, deseaba sentir su cuerpo apretado contra el suyo, saborear la suave sal de su piel. Quería olerla, tocarla, oír el sonido áspero de su respiración en su oído.
Los labios de ella le tocaron, suaves, buscándole, y su lengua le hizo un cosquilleo en la comisura de la boca. Sería tan fácil perderse en ella, tumbarse sobre la alfombra y…
– ¡No! -La palabra surgió desgarrada de su garganta y, por Dios, no tenía idea de que fuera a pronunciarla.
– No -repitió y la apartó-. Ahora no.
– Pero…
No se la merecía. No ahora. Aún no. No hasta que entendiera cómo iba a vivir el resto de la vida. Y si ello suponía el negarse la única cosa que podría salvarle, pues que así fuera.
– Vete -ordenó con una voz que sonó un poco más dura de lo que era su intención-. Vete ahora. Te veré más tarde.
Y esta vez ella se marchó.
Se fue sin volver la vista atrás.
Y Anthony, que acababa de aprender lo que era amar, aprendió lo que era morirse por dentro.
A la mañana siguiente, Anthony estaba borracho. Por la tarde, tenía resaca.
La cabeza le estallaba, le zumbaban los oídos, y sus hermanos, a quienes les había sorprendido descubrirle en tal estado en su club, hablaban demasiado y demasiado alto.
Anthony se tapó las orejas con las manos y gruñó. Todo el mundo hablaba demasiado alto.
– ¿Le ha echado Kate de casa? -preguntó Colin mientras cogía una nuez de la gran fuente de peltre situada en medio de la mesa.
La cascó con un resonante crujido.
Anthony levantó la cabeza lo justo para fulminarle con la mirada.
Benedict observaba a su hermano con las cejas levantadas y un vago atisbo de sonrisita.
– Decididamente, le ha echado de casa -le dijo a Colin-. Pásame una de esas nueces, ¿quieres?
Colin se la arrojó por encima de la mesa.
– ¿También quieres el cascanueces?
Benedict negó con la cabeza y puso una mueca mientras sostenía un libro voluminoso, encuadernado en cuero.
– Es mucho más satisfactorio machacarlas.
– Ni se te ocurra -ladró Anthony mientras sacaba veloz la mano para agarrar el libro.
– Tienes un poco sensibles los oídos esta tarde, ¿verdad?
Si Anthony hubiera tenido una pistola, les habría disparado a los dos, y al cuerno el ruido.