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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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Como siempre, tu ayuda será recordada y adecuadamente recompensada.

Doblé la carta y la dejé de nuevo sobre la mesa, en el lugar donde Francesco guardaba su correspondencia. Me detuve un momento para observar la llave que Isabella le había dado al intruso; ¿pertenecía a mi marido o era un duplicado?

La sostuve en mi mano. Si Francesco la echaba en falta, sería Isabella, y no yo, quien tendría que dar explicaciones.

Después regresé a mi dormitorio. Medio dormida, Zalumma murmuró unas vagas palabras sobre unos ruidos en la planta de abajo.

– No era nada. Sigue durmiendo -dije, y ella se durmió de nuevo.

No me acosté sino que salí al balcón para pensar. El calor era opresivo, y el aire pesado como el agua; al respirar, lo noté pesado en los pulmones, en el corazón.

«…mientras tanto, continúa alentándolo a predicar contra Roma y los arrabbiati.»

Pensé en Francesco, que asistía fielmente a todos los sermones de Savonarola y escuchaba atentamente cada una de las palabras; que regresaba a su lujoso palacio y me colmaba de joyas; que salía cada noche para visitar a sus putas.

«… dispuestos a ocuparse de él como tú hiciste con Pico.»

Pensé en Pico con la copa en las manos, mientras sonreía a Lorenzo; en Pico, pálido y ojeroso. En Francesco, que decía suavemente: «¿Pico? Era uno de los amigos de Lorenzo, ¿no? Dicen que no vivirá mucho más…».

Había creído que el mayor peligro para mí misma y para mi padre era que Francesco descubriese mi relación con los Médicis, que hablase.

«Sería algo terrible para tu padre soportar más sufrimientos. Una cosa terrible, si muriese.»

Creía haber comprendido a mi esposo, y sin embargo, no había comprendido nada.

El mundo era caliente, opresivo, asfixiante. Apoyé la cabeza en las rodillas, pero no pude llorar.

Mi cuerpo se abrió; escuché cómo se derramaba un líquido y me di cuenta de que yo era la fuente. Mi silla, mis piernas, el camisón estaban empapados, y cuando me levanté, sorprendida, sentí un calambre tan violento que creía que me desgarraba.

Grité y me sujeté a la balaustrada. Cuando apareció Zalumma asustada, le dije que llamase a la comadrona.

56

Francesco llamó al niño Matteo Massimo; el nombre de su padre y su abuelo respectivamente. Acepté los nombres sin rechistar; siempre había sabido que no podría llamarlo Giuliano. Me complació saber que Matteo significaba «regalo de Dios». Dios no podía haberme hecho otro mejor.

Matteo era hermoso, y me devolvió el coraje. Sin él no hubiese podido soportar lo que había descubierto en el despacho de mi marido; sin él no hubiese tenido razones para ser valiente. Por su bien, callé lo que sabía, y solo le hablé a Zalumma de la carta; algo necesario dado que ella acabaría por ver la llave que me había guardado, y que Francesco no había mencionado.

Cuando le repetí lo que decía de Pico, ella lo comprendió de inmediato y se persignó asustada.

Matteo fue bautizado al día siguiente de nacer, en San Giovanni, la iglesia donde me había casado por segunda vez. El bautizo formal se celebró dos semanas más tarde, en la Santissima Annunziata, un poco más al norte, en el barrio vecino de San Giovanni. La familia de Francesco tenía allí una capilla privada desde hacía generaciones. La iglesia estaba a un lado de la plaza; el orfanato, el Ospedale de Santa Maria degli Innocenti, se encontraba en el otro. Las preciosas columnatas de los edificios -cada una con el sello de Michelozzo- daban a la calle. Encontré la capilla reconfortante.

Salvo por el crucifijo de bronce de un Cristo angustiado, las paredes encaladas se alzaban desnudas por encima de un altar tallado en madera negra, sujeto a ambos lados por dos candelabros de hierro de la misma altura y el doble de ancho de lo que yo era. El resplandor dorado de las veinticuatro velas luchaba por disminuir la penumbra. La capilla, sin ventanas, olía a polvo, a madera y piedra, a incienso y cera, y resonaba silenciosamente con siglos de oraciones susurradas.

Desde el nacimiento de mi hijo, me había mantenido alejada de Francesco; mi odio, mi disgusto y mi miedo eran tan grandes que apenas podía mirarlo. Su conducta no sufrió ningún cambio -solícito y amable-, pero ahora, cuando lo observaba, veía en él a un hombre capaz del asesinato de Pico y quizá del de Lorenzo. Veía a un hombre que había ayudado a destronar a Piero, y por tanto había colaborado en la muerte de mi Giuliano.

Había intentado que mi devoción maternal borrase cualquier consideración acerca de los oscuros tratos de mi marido con Savonarola, como si el olvido pudiese proteger mágicamente a Matteo de ellos. Lo había intentado; pero mientras estaba sentada en la capilla y sonreía a mi hijo, sentí asco al notar que Francesco estaba a mi lado.

El tío Lauro y Giovanna fueron los padrinos. Matteo era un niño extremadamente risueño; durmió durante la mayor parte de la ceremonia, y cuando se despertó, lo hizo sonriendo. Yo permanecí sentada, aún cansada después del largo parto, y observé con alegría cómo mi padre sostenía al bebé y Lauro respondía por él.

Después, mientras mi padre llevaba orgulloso a su nieto por el pasillo y los demás lo seguían, hice una pausa para recibir la fe de bautismo de manos del sacerdote. Era un hombre joven y nervioso; su voz se había quebrado varias veces durante la ceremonia. Cuando cogí la fe de bautismo, no la soltó, sino que miró subrepticiamente a los demás; tras ver que estaban absortos con el bebé, me susurró:

– Esta noche. Lee esto; esta noche, cuando estés sola.

Retrocedí. Luego me miré las manos. Me había dado algo más que un único pergamino; debajo había colocado un trozo de papel, muy bien doblado.

Convencida de que estaba loco, me alejé rápidamente para seguir a los demás.

En el exterior, en la plaza, cuando casi me había reunido con ellos, un joven monje se cruzó en mi camino. Llevaba las prendas negras de los siervos de María, la orden monástica cuyo convento estaba ahí mismo, en la Santissima Annunziata. Llevaba la capucha levantada, por lo que la frente y los ojos quedaban en la sombra; en el brazo llevaba una cesta llena de huevos. Al pasar a su lado dijo en voz baja:

– Un niño hermoso, Mona.

Me volví para sonreírle, y me encontré mirando la expresión burlona del propio Diablo.

– Tú -susurré.

Visiblemente complacido por que lo reconociera, levantó el rostro, y la luz mostró la risa en sus ojos, atemperada por la ansiedad de que mi marido pudiese darse cuenta.

– Esta noche -dijo suavemente-. A solas. -Después dio media vuelta y se alejó a paso rápido.

Me reuní con los demás, que hablaban rodeando a Matteo. Antes de que Francesco volviese a su trabajo, mi marido apartó la mirada de su supuesto hijo para preguntarme con mirada amable y ausente:

– ¿Quién era ese?

– Nadie -respondí, y me acerqué a él. Mantuve la fe de bautismo bien sujeta en la mano para asegurarme que ocultaba totalmente la nota secreta-. Nadie en absoluto.

No le hablé a nadie de la nota; ni siquiera a Zalumma. Pero cuando ella bajó al mediodía para comer con los demás sirvientes y me dejó sola con Matteo en el balcón, desdoblé el trozo de papel. El sol era inclemente en un cielo despejado por completo, pero no podía esperar, ni tampoco veía ninguna razón para hacerlo. Matteo yacía cómodo, tibio y suave, contra mi cuerpo ¿Me atrevería a meterme en más intrigas? Cuando miré el papel, una exclamación de disgusto escapó de mis labios. Estaba en blanco, absolutamente en blanco. El Diablo me había gastado una broma que no tenía la menor gracia. De haber estado encendido el fuego, lo hubiese arrojado a las llamas. Pero contuve mi enfado, alisé los pliegues y lo guardé en un cajón. Lo utilizaría para escribir alguna carta, dado que era de buena calidad, bien cortado y muy blanco.

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