El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
Para el uno de septiembre, me mostraba desagradable con todos, incluida Zalumma. No bajaba a cenar; Francesco me enviaba pequeños regalos, pero yo estaba demasiado irritada para agradecérselos.
Aquella semana, una noche muy calurosa, me desperté bruscamente, dominada por una extraña alarma. Sudaba. Había hecho una bola con mi camisón y lo había puesto debajo de la almohada; la empapada sábana de lino se apretaba tanto contra mi barriga que veía los movimientos del bebé.
Me levanté torpemente y me puse la bata. Zalumma roncaba suavemente en su catre. Me moví con toda la ligereza que me permitía mi estado y salí discretamente de la habitación. Tenía sed y pensé en ir a la planta baja, donde se estaba más fresco, y beber un poco de agua. Mis ojos se habían acostumbrado a la falta de luz, así que no llevaba ninguna vela.
Mientras comenzaba a bajar la escalera, vi que una luz se acercaba desde la dirección opuesta; supuse que era Francesco. Como buena esposa, me volví con la intención de regresar a mi dormitorio discretamente; pero una risa femenina hizo que me detuviese, que pegase mi espalda a la pared para mantener mi cuerpo fuera del arco de luz, y mirar hacia abajo.
En el rellano inferior estaba Isabella -la joven y bonita Isabella- vestida con una camisa de lino blanco, con una llave en una mano y una vela en la otra. Se echaba hacia atrás sujeta por un hombre que le pasaba los brazos por debajo de los pechos, la apretaba contra él y luego hundía el rostro en el cuello de la muchacha. Mientras la besaba, ella intentó contener la risa; y al no conseguirlo, él la hizo callar. Ella se apartó para abrir la puerta de la habitación de mi marido. Una lámpara encendida esperaba su regreso.
Francesco con Isabella, pensé. Él había regresado una o dos horas más temprano; quizá una de sus putas había enfermado, porque sus hábitos eran muy previsibles. No estaba en absoluto sorprendida ni ofendida por sus coqueteos, aunque me sentía un tanto decepcionada con Isabella.
Pero el hombre que alzó el rostro no era mi marido.
Solo tuve un atisbo de su faz, de su sonrisa, antes de que cogiese la llave de la mano de Isabella. Tenía los cabellos oscuros, y quizá mi edad, unos dieciséis. Nunca lo había visto antes. ¿Isabella había dejado entrar a un ladrón?
Permanecí inmóvil salvo por las patadas del bebé. Por algún motivo que aún no entiendo, no le tenía miedo.
Isabella se volvió para darle un beso apasionado; mientras la muchacha lo dejaba para bajar la escalera y llevarse la vela, él le dio una palmadita en el culo. Después entró solo en las habitaciones de Francesco, guiado por la lámpara que estaba encendida en el interior.
Escuché sus pisadas desconocidas. Con toda la torpe gracia de que fui capaz, bajé silenciosamente la escalera y dejé atrás al intruso que había entrado en el despacho de mi esposo.
Fui hasta el fogón de la cocina, cogí un gran atizador de hierro y volví a subir la escalera silenciosamente hasta el despacho de Francesco.
Permanecí oculta en las sombras, mientras observaba al desconocido que estaba delante de la mesa de Francesco, donde había dejado la lámpara encendida que había traído del dormitorio. El cajón estaba abierto, y la llave colocada a su lado. El intruso había desplegado un trozo de papel y lo miraba con el entrecejo fruncido; su boca se movía para articular en silencio las palabras mientras leía. Era un joven apuesto, con una nariz larga y fuerte, y los ojos resaltados por unas pestañas negro azabache; los rizos castaño oscuro enmarcaban el óvalo de su rostro. Vestía las prendas de un artesano: una túnica gris que le llegaba hasta las rodillas y unas polainas negras remendadas. Si hubiese cogido las alhajas de mi marido, nuestro oro o plata, o cualquier cosa de valor, yo habría llamado a los sirvientes. Pero a él solo le interesaba lo que leía.
No me vio hasta que salí de las sombras y le pregunté:
– ¿Qué haces?
Él se detuvo, levantó la barbilla sorprendido, y cuando se volvió para mirarme, el papel escapó de sus dedos. Milagrosamente conseguí atraparlo en el aire antes de que llegase al suelo.
Él se movió como si fuese a quitármelo, pero yo levanté el atizador amenazadoramente. Vio mi arma, y en sus labios carnosos se formó una sonrisa. Había lujuria en ella, y diversión. Como yo, no tenía miedo; y, como yo, sabía que solo necesitaba moverse unos pocos pasos hacia atrás para empuñar el atizador que estaba junto al hogar apagado. Le echó una rápida mirada y luego descartó la idea.
– Mona Lisa. -Su tono fue el de alguien sorprendido al encontrarse en un lugar inesperado con un amigo al que conoce muy bien. Parecía un pobre aprendiz, y su hablar era el de un vendedor.
– ¿Quién eres? -pregunté.
– El mismísimo diablo. -Su sonrisa no desapareció; su mirada se volvió divertida y desafiante, como si yo fuese la intrusa y no él. Era un ladrón atrevido y alegre.
– ¿Cómo sabes mi nombre?
– Tu marido regresará a casa pronto. Tendría que marcharme, ¿no te parece? De lo contrario ambos estaríamos metidos en un lío. Es demasiado pronto para que te sorprendan en camisón con un joven. -Miró el atizador, decidió que yo no lo usaría, y tendió la mano para coger el papel que yo sujetaba-. Tu llegada ha sido inoportuna. Debería haber tenido un momento más esta carta en mi poder, por favor, solo un minuto; luego te la devolveré y me marcharé. Si pudieses fingir que nunca me has visto…
Sus dedos rozaron el papel. Estaba a punto de quitármelo; tomé una decisión.
– ¡Socorro! -grité-. ¡Un ladrón, un ladrón!
Su sonrisa se hizo más amplia; sus dientes blancos tenían una ligera separación entre los incisivos. No hizo -como había esperado- ningún otro intento de apoderarse de la carta; en cambio, su mirada brillante reflejó que aprobaba mi táctica.
Grité de nuevo.
– En ese caso te diré adiós -dijo él, y corrió escaleras abajo con un paso sorprendentemente ligero.
Lo seguí con toda la rapidez que me permitió mi corpulencia y le vi abrir la puerta principal. La dejó abierta. Yo contemplé su oscura silueta mientras corría por el camino y desaparecía en la noche.
Estaba absolutamente perpleja y llena de curiosidad. Cuando Claudio y Agrippina respondieron a mi llamada, yo había doblado el papel y lo había deslizado debajo de mi brazo de forma que quedase totalmente oculto en los pliegues de mi camisón.
Cuando aparecieron, jadeantes y asustados, les dije:
– Seguramente estaba soñando. Creí que había alguien aquí… pero me equivoqué.
Sacudieron sus cabezas cuando los envié de regreso a sus habitaciones; Claudio murmuró algo acerca de las mujeres embarazadas.
En cuanto se fueron, regresé arriba al despacho de Francesco y acerqué el papel a la lámpara. Era efectivamente una carta, doblada en tercios y con el sello de lacre negro roto. La escritura se inclinaba ostensiblemente a la derecha, y los trazos eran gruesos como si alguien hubiese ejercido una gran presión en la pluma. El papel se veía gastado, como si hubiese recorrido un largo camino.
Tus preocupaciones acerca de la retribución de Alejandro son infundadas; la excomunión es un mero rumor. Cuando se convierta en algo más, lo utilizaremos a nuestro favor.
Mientras tanto, continúa alentándolo a predicar contra Roma y los arrabbiati. Envíame los nombres de todos los bigi…
Los bigi. Los grises. Así se llamaba a un grupo de hombres, generalmente mayores y bien establecidos, que apoyaban a los Médicis. Había oído antes ese término, en boca de mi marido y de mi padre.
… pero no hagas nada más; un golpe ahora sería prematuro. Estoy investigando los planes de Piero para una invasión. Por ahora se ha instalado en Roma, y he encontrado allí agentes que están dispuestos a ocuparse de él como tú hiciste con Pico. Si lo conseguimos, los bigi ya no representarán ninguna amenaza.