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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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Me llevaron a un paso más tranquilo durante unos momentos, por un suelo áspero de arena. Había pasado por delante de suficientes tiendas de artistas como para reconocer los olores acres del aceite de lino hirviendo y la cal. Me hicieron sentarme en una silla de respaldo bajo. En un tono ufano y contento, el Diablo se dirigió a una tercera persona, lo bastante fuerte para que pudiese entender cada una de sus palabras.

– Pide y se te dará.

– ¿Me traerás lo que te pedí?

– Si debo… Después, ¿cuánto tiempo tendré para mí?

– No nos des más de media hora, para estar seguros. -La voz era masculina-. Asegúrate de que no nos pasemos de tiempo.

Al oír aquella voz, levanté las manos para buscar la venda y quitármela.

El Diablo ya se había ido, sus pisadas sonaban en el pasillo. El hombre estaba de pie delante de mí, y tendía la mano para coger el trozo de tela al mismo tiempo que yo me la quitaba. Iba bien afeitado, con los ondulados y brillantes cabellos largos hasta los hombros, peinados con raya al medio. Él también vestía el hábito de un siervo de María.

Por un instante no lo reconocí. Sin la barba, la barbilla, inesperadamente puntiaguda, destacaba notablemente; los pómulos y el mentón eran más pronunciados, el rastro de barba que brillaba con la luz difusa era prácticamente plateada. Aún era apuesto; de haber sido sus facciones más perfectas -los ojos menos hundidos, el puente de la nariz menos prominente, el labio superior menos sobresaliente-, hubiese sido casi bello. Leonardo sonrió amablemente al ver mi confusión, lo que hizo más visibles las arrugas en las comisuras de sus ojos gris claro.

Quité la lana de mis oídos y dije su nombre. Instintivamente me levanté. Verlo evocó imágenes de mi Giuliano, de Lorenzo. Recordé su carta a Giuliano, advirtiéndole de las intenciones del duque de Milán, y me sentí agradecida. Quería abrazarlo como a un querido amigo, como a un miembro de la familia.

Él sentía lo mismo. Lo vi en su brillante aunque insegura sonrisa, en sus brazos, que colgaban decididamente a los lados pero tensos por el deseo de levantarse, tocar, abrazar. De haber sido capaz, habría llevado sus dedos a mi cara y habría leído sus contornos. Me amaba, aunque yo no entendía por qué.

Detrás de él había una ventana cubierta con un trozo de lona, cortada con las dimensiones precisas de la abertura, colgada de una vara y sujeta a cuerdas que servían como poleas para subirla y bajarla. En ese momento la lona estaba subida y dejaba a la vista una gruesa capa de papel aceitado; lo bastante opaco para ocultar toda visión y lo bastante transparente para permitir el paso de una suave luz amarilla.

– Por favor, siéntate -dijo. Luego me señaló un taburete-. ¿Puedo?

Cuando asentí lo arrastró sobre la piedra y se sentó frente a mí.

A su espalda había un caballete con una gran plancha de madera; me incliné hacia delante y vi un trozo de papel color crema doblado sobre la parte superior de la tabla y fijado al caballete para que no cayera. A la izquierda del caballete, una lámpara ardía sobre una pequeña mesa donde estaban desparramados trozos de carboncillo y diversas plumas de gallina. En el suelo había un cesto con huevos, una botella de aceite y unos cuantos trapos manchados.

– Madonna Lisa -dijo cálidamente. El severo negro de la túnica enfatizaba sus hundidas mejillas-. Ha pasado mucho tiempo. -De pronto se mostró extrañamente reservado. La sonrisa se esfumó; su tono se hizo más formal-. Por favor, perdona el secretismo. Te protege tanto a ti como a nosotros. Espero que Salai no te haya asustado.

Salai: pequeño diablo. El mote perfecto. Solté una breve risa.

– No. No mucho.

Él se alegró al ver mi expresión divertida.

– Gian Giacomo es su nombre de pila, pero no le sienta bien. Ese chico es incorregible. Era un chiquillo de la calle hace varios años. He hecho todo lo posible por educarlo. Ha aprendido a leer, aunque mal, y es un aprendiz de artista pasable. Sin embargo, algunas veces me desespera no lograr enseñarle unos modos más civilizados. Pero es leal hasta la muerte, y por lo tanto muy útil. -Su tono se hizo bondadoso-. Te veo bien, madonna. La maternidad te favorece. Salai dice que tienes un hijo precioso.

– Matteo, sí. -Me ruboricé.

– Un bonito nombre. ¿Está sano?

– ¡Mucho! -No pude contener mi entusiasmo-. No para de comer, y quiere más y más. Siempre se está moviendo, excepto cuando duerme.

– ¿Se parece a ti?

– Eso creo. Ahora sus ojos son azules, como ágatas, pero estoy segura de que se oscurecerán muy pronto. También tiene mucho pelo, muy suave, con pequeños rizos; si meto el dedo así y lo retuerzo se forma un gran rizo… -Tartamudeé al interrumpirme. Los ojos de Francesco eran azul hielo, sus cabellos bastante lacios. Casi había admitido que su hijo se parecía a su padre: con el cabello rizado y los ojos que, ciertamente, serían oscuros. Había estado a punto de describir el precioso hoyuelo en su mejilla: el hoyuelo de Giuliano. Mi tono se enfrió-. Me parece que sabes mucho de mí y de mi marido. ¿Estás de nuevo en Florencia? Creía que estabas en la corte de Ludovico en Milán.

– Lo estoy -dijo. Su expresión era indescifrable-. Pero he venido a Florencia por un tiempo, de vacaciones.

– Me has traído hasta aquí con todo este secretismo porque…

No me respondió porque Salai llegó con una bandeja cargada con vino, queso y nueces. Leonardo se levantó, cogió la bandeja y despidió a su ayudante. Llevó la bandeja hasta una larga y estrecha mesa que abarcaba casi toda la extensión de la pared detrás de nosotros. Tuvo dificultades para encontrar un lugar donde dejarla.

Me volví, dispuesta a ofrecerle ayuda, pero me sentí tan fascinada por lo que vi que me levanté y fui a investigar. Sobre la mesa había niveles y trozos de madera con largos y afilados bordes; montones de pieles grises y blancas de armiño, con agujeros donde los pelos habían sido arrancados, uno a uno, y que ahora estaban dispuestos en pequeños montones junto a unas tijeras. También había pilas de plumas -las más grandes y oscuras eran de buitre, las más blancas de ganso, las más pequeñas y delicadas de tórtola- y unas cerdas duras de cerdo. En el extremo más lejano había un cubo de madera, manchado con cal y cubierto con una tela; el suelo a su alrededor estaba salpicado con yeso. Cerca, en pulcras y cuidadosas hileras, pequeñas pieles enrolladas de color -blanco, negro, amarillo siena, rosa fuerte- estaban secándose sobre una tela junto a un gran mortero y que contenía unas pequeños pepitas de brillante malaquita. También había un gran trozo de piedra roja sobre la que había una pila de polvo amarillo marrón oscuro, una piedra de amolar del tamaño de una palma y una delgada espátula de madera con un borde afilado. También vi varios pinceles en diversas etapas de elaboración, como una pluma de buitre con la punta cortada. Un grueso manojo de cerdas habían sido cuidadosamente insertadas en la abertura y atadas prolijamente con un cordel encerado. Había varios trozos de madera muy delgados con la punta aguzada; una de ellas había sido insertada en el cañón de la pluma para que pudiese soportar la presión de la mano de un artista.

«Este es el estudio de un pintor», me dije encantada.

Leonardo había dejado la bandeja y me observaba con expresión divertida, mientras servía vino en una copa.

– Es solo temporal. El de Milán es mucho más bonito. Por favor adelante, toca todo lo que quieras.

Contuve el aliento. Cogí un pincel a medio acabar al que le faltaba el mango. Estaba hecho con la pluma de una tórtola; el creador había insertado cuidadosamente piel blanca de armiño, pelo a pelo, en la pluma cortada y afilada; terminaba en una punta muy aguzada. Toqué la sedosa punta con el dedo y sonreí. Era un instrumento para pintar los detalles más finos: un cabello, una pestaña.

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