El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
Lo dejé y señalé las bolitas secas. Los colores eran sorprendentemente uniformes.
– ¿Cómo están hechas? ¿Cómo se usan?
Dejó una copa y llenó otra; mis preguntas le complacían.
– ¿Has visto el ocre, en el pórfido? -Señaló el polvo en la piedra roja -. El mejor ocre se encuentra en las montañas. Lo encontré en el bosque, fuera de Milán. Allí, si escarbas, puedes encontrar vetas de blanco, ocre y ocre rojo de todos los tonos, desde el negro hasta un marrón rojizo claro. El mineral se lava muchas veces, después se muele diversas veces, hasta que es brillante y puro. Luego se mezcla con aceite de lino, o agua, si lo prefieres, y se deja secar. Este negro en particular no es ocre, sino que está hecho de cáscaras de almendras quemadas, que dan un color muy bonito y fácil de usar.
– ¿Y esto? ¿Esto es ocre rojo? -Señalé una bolita rosa.
– ¿El cinabrese? Está hecho de una mezcla de blanco de cal y el más leve tono de ocre rojo. Se usa para lograr el efecto y el color de la piel humana. Cuando estoy preparado para pintar, mezclo una bolita con aceite de lino, tanto como necesite. -Hizo una pausa y me miró con una mirada extrañamente curiosa y tímida-. Sé que tenemos muchas cosas de las que hablar, madonna. Pero esperaba que… -Me dio la copa de vino. Estaba demasiado nerviosa para beber, pero la acepté por cortesía y tomé un sorbo para que él se sintiese cómodo. Bebió un buen trago y dejó la copa-. Esperaba que pudiésemos relajarnos un poco antes de entrar en temas más difíciles. Esperaba que quizá consintieses posar para mí, aunque solo fuese un rato.
– ¿Posar para ti?
– Para tu retrato.
Solté una breve risa de incredulidad.
– ¿De qué serviría? -lo desafié-. Lorenzo está muerto, y Giuliano… -No terminé.
– Sin embargo, quiero finalizar el trabajo.
– Sin duda lo haces por alguna razón ajena al sentimiento de obligación con esos hombres muertos.
No me respondió de inmediato. Volvió el rostro hacia la ventana cubierta, y la luz bañó sus facciones y sus cabellos con un resplandor cremoso. Sus ojos eran claros como el cristal, casi incoloros, llenos de luz.
– Vi a tu madre -dijo.
Habló en voz tan queda que no estaba segura de haberlo oído bien. Levanté la cabeza.
– ¿A qué te refieres? ¿Conociste a mi madre?
– La conocí. Ella y tu… su marido, ser Antonio, a menudo eran invitados al palacio Médicis en aquellos días. Antes de que ella enfermase. Nunca fui presentado a ser Antonio; era muy tímido y solía quedarse en el jardín, o hablaba con los mozos de cuadra. Pero me senté un par de veces junto a tu madre en los banquetes. Hablé con ella a menudo en las fiestas de Carnaval. Como tú, tenía buen ojo para el arte. Lo apreciaba, lo comprendía.
– Sí. -Mi voz era apenas un susurro-. ¿Así que visitaba a menudo el palacio Médicis?
Él asintió con un gesto.
– Lorenzo la quería mucho; como amiga. Le mostró su colección, por supuesto. Respetaba muchísimo sus opiniones. Su familia siempre había sido amiga de los Tornabuoni, la familia de la madre de Lorenzo, y así fue como se conocieron. A través de Lorenzo, por supuesto, conoció a Juliano.
– ¿Alguien sabía que tenía una aventura con él?
– No, madonna. -Entornó los párpados-. Tu madre era una mujer de gran virtud. Sinceramente no creo que ella y Juliano… -Se interrumpió. Para mi sorpresa, se ruborizó.
– ¿Tú no crees que estuvieran… juntos… hasta que…? -Lo incité. No quería avergonzarlo, pero había esperado durante años para saber la verdad acerca de la vida de mi madre.
Alzó la mirada pero no me miró directamente.
– La noche anterior a que Juliano fuese asesinado, la vi en la vía di Gori, delante del palacio Médicis. Ella iba a verlo; estaba radiante de alegría, muy feliz. La luz era muy suave, muy agradable. Era el ocaso, y ella salió de las sombras. Yo… -Su voz se apagó; se sentía abrumado por tener que transmitir lo que había visto, algo extraordinario y fugaz-. No había ninguna dureza de líneas, ninguna limitación entre su piel y el aire que la rodeaba. Emergió de las sombras y sin embargo no se alejaba de ellas, ni tampoco del cielo, de la calle o de los edificios. Parecía como si… estuviese fuera del tiempo. Fue un momento sorprendente. Parecía más que una mujer. Era una Madonna, un ángel. La luz era… increíble. -Se detuvo; su tono se volvió práctico-. Debes perdonarme por estas divagaciones sin sentido.
– No son divagaciones. Suenan a poesía.
– Tú sabes qué hermosa era.
– Sí.
– Imagínatela cien veces más hermosa. Imagínatela iluminada desde el interior. Deseaba tanto pintarla, pero… Juliano fue asesinado. Después Anna Lucrezia cayó enferma.
– No estaba enferma -repliqué-. Su esposo no podía engendrar hijos. Él la pegó cuando supo que estaba embarazada. -Me resultó extraño hablar de mi padre de una forma distante, fría, cuando lo quería a pesar de todos sus pecados.
Los ojos de Leonardo brillaron con furia y dolor, como si se hubiese golpeado a sí mismo.
– Así que lo sabía.
– Siempre lo supo.
Tardó un momento en recuperarse.
– Lo lamento. Aquella noche, había decidido pintar a tu madre. Quería capturar aquella hermosa esencia y mostrarla como un ser feliz. Tal como se veía entonces, cuando iba a ver a Juliano, no como quedó después. Tenía un brillo natural, y tú también lo tienes, madonna Lisa. La veo a ella en ti. Si se me permitiese reproducirlo… Sé que es terriblemente difícil para ti posar ahora, pero he aprendido lo caprichoso que puede ser el destino. Ella estaba con Juliano aquella noche; era feliz. Al día siguiente, él ya no estaba. ¿Quién sabe dónde estaremos tú o yo mañana?
Leonardo podría haber dicho más para apoyar su petición, pero yo lo silencié apoyando una mano en su antebrazo.
– ¿Dónde quieres que me siente?
Me dejó mirar un boceto al carboncillo colocado en un caballete, el cartone, como lo llamó él. Estaba hecho a partir del dibujo realizado en el jardín de Santo Spirito, el día después del funeral de Lorenzo. Yo ya no miraba al artista por encima de mi hombro, como había hecho en el dibujo a punta seca; ahora aparecía todo mi rostro, mirando directamente al espectador, con mis hombros y el cuerpo ligeramente vueltos. Ahora ya no era solo una cabeza con la mínima insinuación de los hombros y un tocado; tenía cabellos, largos y sueltos como los de una muchacha. Tenía un escote que hubiese provocado las iras de los militantes de Savonarola. Tenía manos, y se veía el suficiente cuerpo para demostrar que me encontraba sentada.
Mientras estaba de pie junto a Leonardo, observando el dibujo en el caballete, él me miró, soltó una pequeña exclamación de disgusto y de inmediato cogió la pluma de gallina de la pequeña mesa y con mucha suavidad la pasó por encima del papel. El borde de la pluma se oscureció; desapareció el carbón de debajo.
– Siéntate -dijo angustiado-. La barbilla. Debo hacerla bien.
Me senté. Con la pluma todavía en la mano, me siguió y, con meticuloso fastidio, me acomodó de la siguiente manera: la barbilla perfectamente recta, sin inclinarla hacia arriba o hacia abajo, la cabeza vuelta en un ángulo preciso y apartada de mi cuerpo. De momento, la posición de mis manos no le importó. Me dio mi copa de vino e insistió en que bebiera un par de sorbos antes de comenzar.
Me senté en silencio mientras él acababa de borrar su error; después cogió el carboncillo atado a una varilla de madera y con un hábil y fluido movimiento corrigió la barbilla. Luego me miró y comparó mi nariz con la del dibujo; hizo lo mismo con mi ojo derecho, el izquierdo, cada ceja, y mi nariz. Empecé a impacientarme y dejé vagar mi mirada: se posó en la pared cercana al caballete, en un pequeño panel de madera que había sido pintado con yeso y ahora estaba secándose. A su lado había un afilado trozo de madera que evidentemente había sido utilizado para alisar el panel.