El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
Era un broche de mujer. Uno grande hecho con un granate del tamaño de una bellota, rodeado por aljófares y montado en plata.
– Es una tradición familiar -explicó Francesco, súbitamente incómodo. Ocultó las manos detrás de la espalda-. Perteneció a mi madre… y a mi abuela.
La gema era opaca, sin nada destacable, excepto por el hecho de que era muy antigua. Una mancha negra rodeaba cada una de las perlas, a pesar de que el broche había sido pulido recientemente.
«Una tradición -pensé-. Para todas sus esposas.»
– Gracias -dije secamente, y me preparé para la crueldad que sin duda seguiría.
Pero entonces ocurrió algo impensable y notable; la expresión de Francesco se volvió amable, casi aburrida. Reprimió un bostezo.
– Es un placer -manifestó displicente-. Bueno. -Miró en derredor torpemente, y sonrió de nuevo-. Estoy seguro de que ha sido un día agotador para ti. Te veré mañana. Buenas noches.
Lo miré incrédula. Se le veía molesto, ansioso por irse.
– Buenas noches -respondí.
Se marchó. Me apresuré a dejar el broche, apoyé la oreja en la puerta cerrada y escuché cómo caminaba por el vestíbulo y bajaba los escalones. En cuanto estuve segura de que se había marchado, abrí la puerta para llamar a Zalumma; me sobresalté al ver que ya estaba allí.
Su mirada estaba fija en la oscura escalera.
– ¿Volverá? -susurró.
– No. -La hice entrar en la habitación.
Aflojó la mandíbula; abrió mucha la boca y los ojos.
– ¿Qué ha pasado?
– Nada. -Darme cuenta de que aquella noche por fin acababa me abrumó; me sentí súbitamente exhausta, y apenas conseguí llegar a la cama antes de que me cedieran las piernas. Me senté, con la espalda apoyada en el duro cabezal de madera, con las piernas separadas, y sin darme cuenta recogí un pétalo de rosa y lo manoseé. Zalumma cogió la frasca de vino, llenó la copa de plata y me la dio. Su aroma me resultó sorprendentemente tentador, dado que hacía unos instantes me había sentido tan enferma. Bebí un sorbo y lo saboreé; era un vino delicioso, de la misma calidad que cualquiera de los servidos por los Médicis.
Por primera vez aquel día, me relajé lo suficiente para fijarme en ella. Estaba de pie junto a la cama, con el entrecejo fruncido, y me observaba atentamente para asegurarse de que el vino me sentaba bien. Se la veía atractiva; su preocupación por mí había hecho que perdiese peso, y sus pómulos resaltaban debajo de sus ojos rasgados. Había peinado sus cabellos negros azabache en apretadas trenzas que le enmarcaban el rostro, y el resto de la cabeza se lo cubría con un velo de seda color crema; su vestido era de lana marrón con un vivo color dorado.
– ¿Qué ha dicho? -preguntó cuando no pudo soportar más mi silencio.
– Me ha dado un regalo. -Hice un gesto hacia el broche, que había dejado sobre la mesilla de noche-. Me ha dado un regalo y ha dicho que seguramente debía de estar cansada; después se ha excusado.
Zalumma miró el broche.
– Está loco.
– Quizá esté enfermo. Quizá le han cansado tantos preparativos. Mira la cama. -Su mirada se fijó en la colcha de terciopelo bordado y en las cortinas a juego-. Ha hecho todo esto para mí.
– Es lo menos que podía hacer -afirmó ella en tono áspero.
Bebí cautelosamente otro sorbo de vino y me di cuenta de que estaba hambrienta. Miré el plato de uvas pasas a mi lado y fruncí el entrecejo. Los sirvientes creían que estaría ahíta después de un día de fiesta y las habían dejado como unos bocados dulces para disfrutar con el vino; aún no sabían que no me gustaban las pasas.
Zalumma se dio cuenta de inmediato.
– ¿Tienes hambre? Hoy no has comido.
– Me apetece un poco de pan y queso.
– Iré a buscarlo.
– Trae otra copa para ti, y lo que te apetezca. No quiero comer sola. -Francesco lo consideraría impropio, pero no me importó. Estaba ebria de alivio y, a pesar del cansancio, de pronto estaba de humor para una pequeña fiesta. Durante al menos una noche me libraría de las brutales atenciones de Francesco.
– ¿Estás segura, madonna?
Hice un chasquido con la lengua al oír su pregunta y le hice un gesto para que se fuese.
Mientras ella estaba ausente, me senté con los ojos cerrados. Me sentía inmensamente agradecida de encontrarme sola en mi segunda noche de bodas; no había querido profanar la memoria de la primera. En voz alta le prometí a Giuliano: «Le diré a tu hijo todo lo que sé de ti, le hablaré de tu bondad, y de la de tu padre. Le hablaré de tu tío; mi padre. Le enseñaré todo lo que sé del amor y la bondad».
Vi a Giuliano sonriéndome, arrodillado en el suelo de la capilla después de cortar la guirnalda de flores.
Yo también sonreí. Cuando Zalumma apareció en la puerta con una bandeja en la mano, aún mantenía la sonrisa. En la bandeja había tres tipos de queso y una hogaza de pan; me alegró ver que había traído una segunda copa.
– ¿Te sientes mejor? -dijo ella complacida-. Nunca había visto una cocina igual. Cualquiera hubiese creído que hoy esperaban a un regimiento. -Sin embargo detecté algo más en su tono de voz.
– ¿Qué pasa? -pregunté. Sabía que había descubierto algo, había visto algo-. ¿Qué ha ocurrido?
Apartó cuidadosamente la lámpara y dejó la bandeja en mi mesilla de noche.
– Ser Francesco -contestó intrigada-. Cuando he bajado a la cocina, he visto lámparas frente a la puerta principal y he oído voces de hombre.
– ¿Qué has oído?
– Me he acercado a la ventana; como no llevaba ninguna vela, no me han visto. Un mozo de cuadra abría la verja. Ser Francesco iba montado solo. Hablaba con el muchacho. Creo que le decía cuándo debía esperar su regreso. No dejaba de mirar en derredor como si le preocupase que alguien pudiera verlo.
– Se ha marchado -manifesté en voz baja, mientras intentaba descubrir qué podía significar. Quizá debería haberme preocupado, pero estaba demasiado feliz de que se hubiese ido-. No importa -afirmé-. Toma -le tendí la frasca-, bebe y come conmigo. He sobrevivido a la primera noche aquí.
Comimos y bebimos. Cuando estuvimos cansadas, insistí en que Zalumma se acostase a mi lado. Como esclava, la incomodaba tomarse la libertad de yacer en la cama de su dueña; no quería que nadie creyese que había olvidado cuál era su lugar, y sabía que Isabella y Elena se darían cuenta si no había dormido en su cama en las habitaciones de los sirvientes. Pero al final se quedó dormida.
Yo también dormité durante un rato. Soñé que estaba en la casa equivocada, con el hombre equivocado; un dolor me despertó. Me senté y vi a Zalumma que roncaba suavemente a mi lado, aún vestida con su prenda de lana, con el velo torcido; el fuego en la chimenea se había reducido a rescoldos.
Entonces vi con toda claridad que estaba realmente casada con Francesco, que Giuliano estaba muerto, que nada cambiaría aquellos hechos. Supe que iba a echarme a llorar y no quería ser vista o escuchada.
Me deslicé de la cama y, temblando de frío, salí silenciosamente de la habitación, cerré la puerta y bajé hasta media escalera; luego me senté en un escalón.
Antes de que pudiese soltar el primer sollozo, un sonido me detuvo; unos pasos torpes venían hacia mí. Una luz amarilla oscilaba mucho más abajo, y luego gradualmente alumbró la pared como una mancha que se extiende.
Supe antes de que él apareciese que se trataba de mi marido. Tambaleante, se detuvo para orientarse en el rellano del segundo piso, solo unos escalones más abajo de donde yo estaba.
– Francesco -dije suavemente. No quise decirlo en voz alta; no quería ser descubierta, y mucho menos por él.
Pero me oyó y me miró sorprendido.
– Lisa -chapurreó. Estaba muy borracho; sostuvo en alto la lámpara y me miró con los ojos entrecerrados. Llevaba el mantello negro desarreglado. Al alzar la lámpara, el faldón se deslizó hacia abajo y dejó a la vista la túnica y las polainas nupciales.