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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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– ¿Es eso lo que utilizarás para la pintura? -pregunté.

Frunció el entrecejo, ligeramente molesto por la interrupción.

– Sí. Necesita unos días para secarse.

– ¿La superficie está hecha solo de yeso?

– Yeso, de un tipo especial. Un gesso sottile, llamado también yeso de París, que he modificado ligeramente. Primero el álamo blanco. Después se le pega un buen lino, para hacer una base para el yeso. Cuando se seca queda liso como el marfil. A continuación transferiré este boceto a la tabla.

– ¿Lo copiarás?

– Soy demasiado perezoso para hacerlo. Pincho el cartone, lo sujeto al panel de yeso y le paso carbón en polvo. De este modo voy mucho más rápido. Después empiezo a pintar. Cosa que haré la próxima vez que nos encontremos si el destino lo permite. -Exhaló un suspiro-. Por favor, bebe un poco más de vino, madonna.

– Intentas emborracharme -dije. Pretendía que fuese una broma, pero cuando lo miré, no sonrió.

– Tenemos suficientes cuestiones difíciles de las que hablar, ¿no crees?

En respuesta, bebí un sorbo de vino. Era un vino barato y un tanto agrio.

– Entonces ¿por qué no hablamos de ellas? Estoy cansada de mostrarme contenta y angelical. -Lo miré-. No me has traído aquí solo para pintar mi retrato o hablar de tiempos felices.

– Muy bien -dijo en tono sombrío-. Dime la verdad, madonna. Te vi con Francesco del Giocondo…

Leonardo iba a decir más pero lo interrumpí.

– ¿Cuándo?

– En el bautismo de tu hijo.

Me había estado observando mientras Salai me dio la nota.

– ¿Lo quieres? -preguntó.

Su tono era amargo. Me ardían las mejillas; miré al suelo de piedra.

Exhaló un suspiro apenas audible; luego su voz se suavizó.

– ¿Estoy equivocado o las relaciones entre vosotros son tensas, al menos por tu parte?

– ¿Cómo lo has sabido?

Mi respuesta pareció complacerlo.

– A través de la observación. Es muy difícil ocultar completamente las emociones. No detecté mucho afecto en tus gestos. No es la primera vez que he adivinado que hay infelicidad entre marido y mujer.

– Yo… -Me sentí culpable. Recordé aquellos horribles días en los que me sacrifiqué a Francesco por el bien de Matteo, cuando permití que me llamase puta-. Mi padre había sido arrestado. Francesco ofreció salvarlo si…

No pude terminar. Él asintió para indicarme que no necesitaba hacerlo.

– Entonces debo preguntarte si todavía eres leal a Giuliano. A los Médicis.

De pronto lo comprendí. Él no tenía modo de saber que me habían obligado a casarme con Francesco; él no podía saber si yo estaba enterada de las intrigas políticas de Francesco, y si las aprobaba.

– ¡Yo nunca traicionaría a Giuliano! Lo amaba… -Apoyé una mano en mi mejilla.

Él permaneció inmóvil delante del caballete, con el carboncillo sobre el dibujo.

– ¿No lo amas todavía?

– Sí. -Las lágrimas escaparon de mis ojos; no hice nada por contenerlas-. Por supuesto que sí. Cuando él murió, no quise seguir viviendo. Me habría suicidado de no haber llevado a su hijo… -Me asusté ante mi involuntaria admisión-. No debes decírselo a nadie, ni siquiera a Salai. Si Francesco llegara a enterase, me lo arrebataría…

– Giuliano… muerto. -Muy lentamente, dejó el carboncillo en la mesa, sin mirarlo-. Muy pocas personas lo saben. La mayoría cree que está vivo.

– No. Francesco me dijo que su cuerpo fue encontrado en el Arno. Los regentes mandaron enterrarlo en secreto fuera de las murallas de la ciudad. Tenían miedo debido a lo que ocurrió con micer Iacopo.

– Entiendo. Esto explica muchas cosas. -Durante un largo e incómodo momento en el que luché para recuperar mi compostura, para suprimir todo el dolor que nunca me había permitido expresar totalmente, él permaneció en silencio. Después dijo muy lentamente-: Entonces todavía eres leal a los Médicis. ¿No te asustaría ayudar a Piero a recuperar Florencia? ¿Sabrás guardar silencio?

– Sí, a ambas preguntas. Haría lo que fuese, siempre que no causase ningún daño a mi hijo Matteo. -Me enjugué las lágrimas y lo miré. Su mirada reflejaba preocupación, pero el muro entre nosotros comenzaba a desmoronarse.

Comprendí que hasta ese momento él no lo había sabido. Él desconocía que yo sabía que Giuliano estaba muerto. Quizá me había creído capaz de traicionarlo, de casarme con Francesco cuando yo aún pensaba que mi primer marido estaba vivo. Sin embargo, se había mostrado cordial; incluso me había pedido posar.

– Créeme cuando digo que comprendo tu preocupación por tu hijo. Nunca te pediré que hagas nada que lo ponga en peligro directamente. -Hizo una pausa-. Me sorprendió un poco recibir tu carta -dijo en tono suave, compadeciéndose de mis lágrimas-. Tenía razones para creer que habías perecido la noche en que los hermanos Médicis escaparon de Florencia. Yo no conocía tu escritura. Así que no respondí. Más tarde, cuando me enteré de que te habías casado con Francesco del Giocondo…

– Leí la carta que dejó caer Salai -lo interrumpí-. La que iba dirigida a mi marido. Hasta aquella noche, yo no tenía ni idea de que estaba compinchado con Savonarola. Ni siquiera sabía quién le había enviado la carta.

Lo observé. Él continuaba mirándome con una peculiar intensidad; quería creerme, pero algo se lo impedía.

– Es verdad -dijo casi para sí mismo-. Cuando viste a Salai en el bautizo, podrías haberle dicho a tu marido que él había cogido la carta de su mesa. Pero al parecer no lo has hecho.

– Por supuesto que no. ¿Qué quieres que haga? Me has traído aquí por alguna razón.

– Piero de Médicis quiere hablar contigo -respondió.

Lo miré atónita.

– ¿Piero? ¿Piero está aquí?

– Tiene la intención de retomar la ciudad, y necesita tu ayuda. ¿La tendrá?

– Por supuesto.

Se apartó del caballete y se acercó a mí.

– Bien. Ve a la catedral dentro de tres días, exactamente al mediodía. Él se reunirá contigo en la sacristía norte.

Lo pensé unos momentos.

– Una mujer sola en la sacristía… Los sacerdotes sospecharán. Si me ven esperando allí…

– Los sacerdotes saben qué hacer. Diles que Gian Giacomo te envía. Ellos te llevarán a un pasaje secreto accesible solo desde la sacristía.

– ¿Por qué Piero no te dice sencillamente que me transmitas su mensaje? ¿Por qué se arriesga a reunirse conmigo?

– No soy más que un agente, madonna. No pretendo comprenderlo.

Se levantó y llamó a Salai, luego me despidió con una inclinación. Salai me vendó los ojos de nuevo, y me llevaron de regreso a la Santissima Annunziata del mismo modo que me habían traído.

Zalumma me esperaba en mis habitaciones. Pero yo no era tan tonta como para intentar ocultar mi inquietud; ella adivinaría mi encuentro con Leonardo con toda seguridad. Leía en mí como en un libro abierto. Pero yo ya había decidido por su bien no compartir ningún detalle. Antes de que yo pudiese hablar, ella dijo en voz muy baja para que nadie más de los que estaban cerca pudiesen oírlo:

– Sé que has ido a encontrarte con alguien, y que está relacionado con la carta que encontró el intruso. No me corresponde a mí hacer preguntas. Pero estoy aquí. Te ayudaré en lo que pueda. Dame las órdenes que quieras.

Le cogí las manos y la besé como si fuese mi hermana y no mi esclava. Pero no le dije nada de Leonardo o de Piero; esa información podía costarle la cabeza.

Aunque también podía costarme la mía. Fui a la habitación de los niños y me senté mucho rato con Matteo en mis brazos, pasé mi mano sobre la tierna y vulnerable piel de su coronilla, por los mechones de sus finísimos cabellos. Besé su suave mejilla, que olía a leche y a jabón.

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