El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
Cerca de su cadera derecha, el dobladillo de la túnica estaba apelotonado, las polainas bajadas y la camiseta de lana blanca sobresalía como una bandera.
Me reí suavemente ante aquella visión, y cuando volví a respirar, advertí el fuerte olor a lavanda barata. Lo había advertido algunas veces en el mercado, en las mujeres pintarrajeadas y mal vestidas, de las que Zalumma siempre me había apartado.
Oí en mi mente la voz de Francesco; vi su lujuriosa mirada. «Puta. Ramera.»
Pero desde aquel día yo era una respetable mujer casada.
Era libre.
– No podía dormir -dije apresuradamente-. Pero ahora sí podré. Buenas noches.
– Buenas noches -dijo Francesco con voz somnolienta. Mientras corría escaleras arriba lo oí gemir.
Cuando entré de nuevo en mi habitación cerré la puerta, me apoyé en ella y me reí tan fuerte que desperté a Zalumma.
55
Llegó la primavera, y subió la temperatura. Durante el día abría los ventanales y me sentaba en el balcón. A mi izquierda estaban los establos y el huerto bordeado por setos de lavanda y romero. Justo delante había un jardín con senderos de lajas, laureles jóvenes y bojes cuidadosamente esculpidos. Por la mañana caminaba sola por el jardín, más allá de un rugiente león de piedra; de sus fauces manaba un refrescante chorro de agua que llenaba un aljibe. Más allá de una espaldera curva cubierta con espinosos rosales había un pequeño santuario de la Virgen, que con las manos separadas daba la bienvenida a los peticionarios.
El niño en mi vientre crecía. Para abril había engordado considerablemente; las líneas de mi mandíbula y mis mejillas se suavizaron. La náusea dio paso a un hambre tan insaciable que tenía platos de comida junto a mi cama y a menudo me despertaba durante la noche para comer. Francesco me cuidaba como un padre; cada día le ordenaba a Agrippina que me trajese un cubo de leche, espumosa y todavía caliente de la ubre del animal.
Mi marido nunca me tocaba. Nos comportábamos como distantes pero cordiales conocidos; me daba todo lo que le pedía. No protestó cuando quise que colocasen un catre para Zalumma al pie de mi cama. Pero en cierto modo, yo era su prisionera; ya no podía ir al mercado. Podía asistir a los sermones de Savonarola y, si lo deseaba, ir a la capilla de la familia en la Santissima Annunziata. Las demás salidas requerían el permiso expreso de mi marido.
Francesco y yo generalmente nos veíamos una vez al día, durante la cena. Mi padre cenaba con nosotros. Parecía alegrarse mucho con mi compañía y se entusiasmaba con cualquier mención del bebé. Pero perdía peso, tanto que me preocupé por su salud; cuando se sentaba a la mesa y escuchaba a Francesco, me daba cuenta de que un silencioso sufrimiento lo carcomía. Dudaba que volviese a ser feliz alguna vez.
Tampoco yo, aunque mi vida no se había convertido en el infierno que había temido. Francesco escuchaba la prédica de Savonarola por la mañana, y por la noche visitaba a sus putas; si le preocupaba la discrepancia entre su vida pública y la privada, no lo demostraba. Después de un día de trabajo en la bottega y en el palacio de la Signoria, donde servía como buonomo, disfrutaba de su cena y de su atento público. Mi padre y yo escuchábamos, pero hablábamos muy poco mientras Francesco relataba las noticias del día.
Se habían producido muchos cambios debido a que fray Girolamo había decidido que Dios debía estar profundamente involucrado en el trabajo de la Signoria. Se aprobaron leyes: la sodomía se castigaba con la muerte en la hoguera, los exagerados escotes traían la desgracia pública y se castigaban con una multa. La poesía y el juego fueron declarados ilegales. Los adúlteros temblaban al pensar que podían ser castigados con la lapidación. (Francesco hablaba de ello con mucha seriedad; aunque era un experto en esto.) Los hombres y las mujeres que se atrevían a llevar joyas se arriesgaban a perderlas, porque entonces las calles estaban vigiladas por muchachos leales al fraile y decididos a apoderarse de cualquier riqueza «innecesaria» como una «donación» para la Iglesia. Los ciudadanos se movían furtivamente, preocupados por que algún descuido pudiese llamar la atención sobre ellos, que un comentario casual pudiese ser considerado una prueba de indiferencia hacia Dios.
Vivíamos en el miedo.
Mientras tanto, el Señor dispuso que Florencia ya no debía ser gobernada por los ricos. Él prefería un Gran Consejo al estilo de Venecia, y si no se creaba uno, destruiría la ciudad. Por lo visto, a la madre de Dios también le interesaba la política. Se le apareció al fraile y le habló elocuentemente en toscano de la necesidad de la reforma.
Savonarola comenzó a predicar con vehemencia contra Roma y contra el escandaloso comportamiento del papa Alejandro, que había llevado a su amante adolescente a vivir con él en el Vaticano.
Francesco me enseñó un nuevo vocablo: arrabbiati, los perros rabiosos. Estos eran los hombres que atacaban a Savonarola, que decían que un fraile no debía meterse en política. Francesco solo mostraba desdén hacia ellos.
Mi padre, que una vez había sido un claro partidario del fraile, ahora sonreía débilmente o fruncía el entrecejo en los momentos adecuados, pero decía muy poco. La pasión lo había abandonado, aunque iba con Francesco a escuchar los sermones de Savonarola.
Hablar del profeta me enojaba. Sus sermones excluían a las mujeres -dado que hablaba principalmente de asuntos políticos- excepto los sábados, cuando predicaba directamente a los miembros del sexo débil. Yo estaba obligada a asistir; después de todo mi marido era un buonomo. Zalumma y yo nos sentábamos y escuchábamos en rígido silencio.
Pero en ocasiones yo hablaba con Dios. Lo había perdonado, hasta cierto punto, después de la curación de mi padre. Pero solo rezaba en la capilla familiar en la Santissima Annunziata, donde me sentía cómoda. Me gustaba que fuese vieja, pequeña y sencilla.
Durante ese tiempo, el rey Carlos de Francia llegó a Nápoles, donde acabó por ser derrotado. Su ejército volvió sobre sus pasos hacia el norte, atravesó de nuevo Roma sin impedimentos, hasta que por fin llegó a unos dos días de marcha de Florencia.
Savonarola nos advirtió a todos que debíamos arrepentimos, de lo contrario Dios, encarnado en Carlos, nos destruiría. Al mismo tiempo, el fraile fue a Siena, escuchó la confesión de Carlos, le dio la comunión y lo amenazó con la ira de Dios si no nos entregaba Pisa.
Carlos no dijo nada del tema; Savonarola regresó a casa sin una respuesta, y los florentinos nos sentimos cada vez más ansiosos mientras los franceses permanecían en Siena.
Sin embargo, yo no me preocupaba. Me sentaba en mi balcón y miraba cómo crecían las azucenas.
En mayo, una inundación destrozó todos los trigales en las riberas del Arno. Una señal del desagrado de Dios, dijo el profeta; si no nos arrepentíamos, Él enviaría a Carlos. Contemplé cómo crecían los laureles y se agitaban sus hojas plateadas con el viento, y cómo se inclinaban con la lluvia.
En junio admiré las rosas, intensamente rojas contra el verde oscuro; aspiré su perfume traído por la brisa. El agua fluía de la boca del león con un sereno y repetitivo gorgoteo.
Agosto fue tórrido y yo me sentía mal. No podía dormir a causa del calor, los movimientos del bebé y el dolor de espalda. Me sentía incómoda acostada, sentada o incluso levantada; ya no me podía ver los pies, no podía quitarme los escarpines, apenas podía levantarme de la cama o de la silla, mi anillo de bodas me apretaba tanto que me dolía el dedo. Zalumma me lo enjabonó generosamente, y cuando finalmente consiguió quitármelo solté un grito.
Zalumma y yo hacíamos nuestras cuentas. Esperábamos que el bebé naciese la primera o la segunda semana del mes. Para la última semana, Zalumma se sentía feliz -la tardanza del nacimiento convencería todavía más a Francesco de que el bebé era suyo-, pero yo me sentía demasiado desesperada para apreciar mi buena fortuna.