Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » El secreto de Mona Lisa
El secreto de Mona Lisa - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
1 ... 75 76 77 78 79 80 81 82 83 ... 118
Перейти на страницу:

Se sucedieron los brindis, incluido uno muy popular para los recién casados, donde se me deseaba que quedase embarazada en mi noche de bodas. Levanté la copa a mis labios pero los mantuve cerrados; el olor del vino me asqueaba tanto que contuve el aliento.

No comí nada excepto un poco de pan y un trozo pequeño de queso, a pesar de que mi plato estaba lleno. Removí un poco los alimentos con mucha habilidad para que pareciese que había comido algo.

Después de la comida llegó el baile, con música interpretada por un cuarteto contratado por Francesco. Acabada la ceremonia y el banquete sentí un alivio temporal. Estaba exhausta, pero reí, jugué y bailé con mis nuevos sobrinos y sobrinas, y los miré con una recién recuperada añoranza.

En algún momento me volví y vi a mi padre que me observaba con la misma emoción.

Pero cuando el sol comenzó a ponerse los invitados se marcharon, y mi padre se fue a su casa, vacía; incluso Zalumma se había ido. Mi valor se esfumó con la luz.

Me sentía aturdida cuando Francesco me presentó a algunos de sus sirvientes: las doncellas, Isabella y Elena; su ayuda de cámara, Giorgio; la cocinera, Agrippina; una ayudante de cocina, Silvestra, y el cochero Claudio. La mayoría de ellos dormían al otro lado de la cocina, en la planta baja del ala sudoeste, que daba a la parte trasera de la casa. Repetí los nombres en voz alta aun a sabiendas de que no los recordaría; mi corazón latía con demasiada fuerza para escucharlos claramente. Había otros sirvientes a los que no conocí: mozos de cuadra y el encargado de las cuadras, una segunda cocinera que estaba enferma y un chico de los recados.

Elena, una mujer de rostro dulce con los cabellos castaños y la mirada serena de una madonna, nos llevó a Zalumma y a mí escaleras arriba al tercer piso, pasadas las habitaciones de Francesco en el segundo, a unos grandes aposentos que ahora me pertenecían. Con la lámpara en alto, me llevó primero a la habitación de los niños, con su desocupada cuna debajo de una pintura que representaba a una envarada María y a su niño, y al cuarto vacío de la niñera. La habitación estaba tan fría que llegué a la conclusión de que nunca habían encendido la chimenea.

Después fuimos a mi salón, en el que había algunas sillas, una mesa con una lámpara encendida y una estantería con libros adecuados para una dama: poesías de amor, salmos en latín, libros de iniciación a las lenguas clásicas, volúmenes de consejos sobre cómo una señora debía dirigir su casa, cómo comportarse respecto a su marido y a sus invitados, cómo tratar las enfermedades más comunes. Tampoco habían encendido el fuego allí, pero la habitación estaba más caliente, dado que se encontraba dos pisos por encima de la chimenea del comedor, y un piso por encima de las habitaciones de Francesco.

El salón y la habitación de los niños daban a la fachada de la casa, con las ventanas de cara al norte; las habitaciones de Zalumma (que compartía con Elena e Isabella) y las mías daban a la parte de atrás, de cara al sur. Elena nos llevó a las habitaciones de los sirvientes y me permitió echar una rápida ojeada; mi propio dormitorio en mi casa no era tan grande ni estaba tan bien amueblado.

Después cruzamos el pasillo y Elena abrió la puerta de la cámara nupcial, mi cámara.

La habitación era exageradamente femenina. Las paredes blancas, el suelo de mármol crema, rosa, y verde, la repisa de la chimenea y el hogar hechos de granito blanco, que resplandecía a la luz de un gran fuego. Dos delicadas butacas, con los asientos tapizados cubiertos con un brocado verde claro, miraban al fuego; en la pared detrás de ellas había un gran tapiz con dos mujeres que recogían naranjas. La cama estaba cubierta con pétalos de rosa secos y una manta bordada con borlas del mismo terciopelo azul de mi vestido. Cortinas a juego, con vivos de oro, colgaban de un dosel de ébano; las cortinas interiores estaban hechas de tul, muy bien recogidas. Las puertas acristaladas daban al sur y, deduje, a una terraza.

A cada lado de la cama había una mesita; en una de ellas había un lavamanos blanco, adornado con flores y lleno con agua de rosas. Encima había un espejo oval. En la otra mesa había una lámpara, una bandeja de plata con uvas pasas, una frasca de vino y una copa de plata.

El mobiliario de la habitación se veía tan flamante, tan como si lo hubiesen hecho para mí, que resultaba difícil creer que yo no fuese la primera propietaria.

Elena me mostró la cadena de hierro que colgaba del techo cerca de la cama; al tirar de ella sonaría una campanilla en las habitaciones de los sirvientes al otro lado del pasillo.

– Gracias -dije a modo de despedida-. Tengo todo lo que necesito, ahora me desvestiré.

La leve sonrisa en sus labios, que no había desaparecido durante nuestro recorrido, no varió. Con la lámpara todavía en la mano, insinuó una reverencia y luego se marchó. Me levanté y escuché el roce de sus escarpines en el mármol y el sonido de una puerta al otro lado del vestíbulo que se abría y se cerraba.

Zalumma me desabrochó las mangas y el corpiño. El incómodo vestido con su pesada cola cayó al suelo y, vestida solo con la resplandeciente camicia, me aparté con un gemido, agotada.

Me senté inquieta a los pies de la cama y miré cómo Zalumma doblaba cuidadosamente las mangas y el vestido, y los dejaba en el estante de un gran armario. Me quitó suavemente la redecilla de diamantes y la guardó en un baúl, junto con mis otras joyas. Después ocupé mi lugar delante del espejo y dejé que me soltase los cabellos. Miré mi reflejo y vi a mi madre, joven, aterrorizada y encinta.

Zalumma también la vio. Levantó suavemente el cepillo y lo bajó; después alisó el pelo con la mano libre. Cada pasada del cepillo era seguida inmediatamente por otra caricia de su mano; quería consolarme, y esta era la única manera que tenía de hacerlo.

Por fin acabó el cepillado. Me volví para mirar a Zalumma; su expresión era un reflejo de la mía: falsamente valiente, dispuesta a alegrar a la otra.

– Si necesitas cualquier cosa… -comenzó.

– Estoy bien.

– … estaré junto a la puerta, esperando.

– ¿Vendrás después? -pregunté. A pesar de mis temores, había advertido que Francesco no había hecho caso de una de mis peticiones: no había un catre para Zalumma. Si bien la costumbre de los ricos imponía que los sirvientes durmiesen separados de sus amos, Zalumma siempre había dormido en un catre cerca de la cama de mi madre, por si tenía un ataque. Tras la muerte de mi madre, la presencia de Zalumma había sido un consuelo para mí. Ahora sería mi único consuelo, en aquella casa sin amor-. Esta habitación es demasiado grande y también lo es la cama; no podré soportar dormir sola.

– Volveré -dijo ella suavemente.

Asentí.

– Te llamaré.

Le di la espalda para que pudiese marcharse.

Francesco llegó un cuarto de hora más tarde. Su llamada fue titubeante, pero cuando no contesté de inmediato, abrió la puerta y gritó mi nombre.

Yo estaba sentada en el escalón de piedra contemplando el fuego, con un brazo alrededor de mis piernas, la mejilla apoyada en las rodillas recogidas, mis pies desnudos apretados sobre el caliente y áspero granito. De haber estado más cerca, el calor me hubiese quemado la piel, pero no podía disipar el frío que me envolvía.

Me levanté y caminé hacia él. Todavía vestido con sus prendas de boda color vino, sonrió dulce, tímidamente, mientras yo me detenía a una distancia de dos brazos.

– La fiesta ha ido muy bien. Creo que nuestros invitados han quedado satisfechos -comentó.

– Sí -respondí.

– ¿Has encontrado satisfactorias tus habitaciones?

– Sí, son mucho más de lo que esperaba.

– Bien. -Hizo una pausa-. Tengo un regalo para ti. -Sacó una bolsa de seda del bolsillo.

Tendí la mano, la cogí. Tiré del cordón con los dedos torpes, entumecidos, como si hubiese estado nadando en agua helada. Francesco se rió suavemente y aflojó el cordón para mí; el contenido cayó en mi mano.

1 ... 75 76 77 78 79 80 81 82 83 ... 118
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)