El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
Me asomé para mirar la vía. Una guirnalda tejida con cintas de satén azules y blancas se extendía sobre los adoquines de un lado a otro de la calle.
No había flores en marzo.
Acompañado por los gritos y silbidos de sus hermanos, Francesco, con una tímida sonrisa, se acercó para tirar de un único hilo. La guirnalda se abrió por el medio, y él se apresuró a separar las dos mitades el espacio suficiente para permitir el paso del carruaje.
Lo hizo con mucha habilidad; después de todo, tenía práctica. Yo era su tercera esposa. La primera había muerto en el parto, la segunda por las fiebres. Por mi parte, comprendía muy bien sus prisas por abandonar la vida.
Se abrió la reja. Francesco y sus hermanos salieron a caballo, seguidos por dos carros donde viajaban los miembros de la familia. Como mis dos predecesoras, mi carroza nupcial fue hacia el este, hacia la impresionante y enorme cúpula de ladrillos naranja de Santa Maria del Fiore. Una vez más, me asomé a la ventanilla y agradecí la caricia del aire cada vez más frío. Negros nubarrones cubrían el cielo.
Mi padre repitió el viejo refrán: «Una novia mojada es una novia feliz». La creencia popular sostenía que casarse en un día de lluvia traía suerte.
Por fin llegamos a la gran plaza de la catedral. Esperamos en el carruaje mientras Francesco y su familia entraban primero en el baptisterio de San Giovanni, construido sobre un antiguo templo dedicado a Marte. Allí bautizaban y casaban a todos los florentinos de buena cuna.
Me pareció que mi prometido y los suyos tardaban una eternidad en ocupar sus asientos. Yo luchaba por calmar los nervios y calmar las náuseas; cuando ya creía que vomitaría, llegó la señal, y recuperé la compostura con un gran esfuerzo. Zalumma sujetó mi cola mientras bajaba. Mi padre, con un gesto cariñoso, enlazó su brazo al mío.
Pasé con él entre las bellísimas puertas de Ghiberti. Había vivido toda mi vida en la ciudad, y sin embargo solo había estado una vez en el octógono de piedra. Crucé el suelo de mármol adornado con imágenes de grifos y espirales, contemplé las paredes doradas, los soberbios candelabros, y me maravillé con la cúpula revestida en pan de oro.
El sacerdote y Francesco -digno, reverente, cariñoso- esperaban delante del altar de mármol blanco.
El breve recorrido me produjo una confusión de sensaciones: el peso de la larga cola de terciopelo, el resplandor y los destellos de los diamantes, el azul de las mangas, el blanco cegador de la seda abullonada. Los brillantes mosaicos azules, rojos y azafranes de Cristo en el Juicio Final, de los pecadores que ardían en el infierno, atormentados por los demonios.
Mi padre me sujetaba muy fuerte, cada vez más, hasta que Llegó el momento de entregarme. En cuanto lo hizo, se apartó con lágrimas en los ojos.
La misa se me hizo interminable. Me equivoqué al rezar las oraciones que sabía desde la infancia, escuché el sermón del sacerdote sin comprender una palabra. Cuanto más tiempo permanecía de pie, más temía caer desvanecida; cada vez que me arrodillaba, estaba segura de que no podría levantarme.
– ¿Aceptas? -preguntó el sacerdote finalmente.
Francesco olía a romero. Miré su fingida expresión de gentileza, y vi el desagraciado futuro que me esperaba. Vi nacer a mi hijo, envejecer a mi padre. Vi cómo se perdía el recuerdo de Giuliano.
– Sí, quiero -respondí, y me sorprendí al oír la fuerza y la firmeza de mi voz. Quiero, hasta que mi padre muera. Hasta que mi padre muera, y mi hijo y yo podamos escapar.
Apareció un anillo -otro sencillo y delgado anillo de oro- que resplandeció con la luz de las velas. Me iba demasiado justo, pero Francesco me lo puso por la fuerza. No me permití ni siquiera parpadear.
El beso de Francesco fue reservado, tímido. Lo siguieron otros muchos besos de rostros apenas conocidos y muchas palabras murmuradas.
Con mi marido a mi lado, salí a la gran plaza y respiré profundamente. La tarde era gris; la niebla flotaba en el aire. Suave como el vapor que se alza del agua, se posó en mi rostro, pero su tacto era frío.
54
Después nos dirigimos todos a mi nueva casa. Esta vez el carruaje pasó a través de las rejas de hierro negro por una calzada circular de lajas nuevas que nos llevó más allá de un bosquecillo de laureles jóvenes. Las puertas de entrada, de madera con una intrincada talla, eran más altas que cualquiera que hubiese visto antes. A un lado había una gran galería para recibir huéspedes cuando hacía buen tiempo.
El carruaje se detuvo, y Francesco me ayudó a bajar mientras Zalumma se ocupaba de la gran cola de tela que me seguía. Agazapados sobre altos pedestales, una pareja de majestuosos leones de piedra vigilaban el umbral. Pasamos entre ellos y las puertas se abrieron como por arte de magia.
Un sirviente nos llevó hasta una habitación a nuestra izquierda: un enorme salón, con las paredes de un blanco prístino, y un suelo de resplandeciente mármol pálido con incrustaciones negras de diseño clásico. Más allá, pasada una arcada, había un comedor; la larga mesa estaba totalmente cubierta por fuentes llenas de comida. El tamaño de la habitación era más adecuado para un príncipe y su séquito que para nuestro reducido grupo. La chimenea del comedor no alcanzaba a disipar el helor. Era un lugar frío y formal.
Mi nuevo marido era un hombre muy rico.
Yo había vivido hasta entonces en una casa que tenía más de un siglo de antigüedad, con un interior de paredes oscuras y muebles sencillos. Estaba acostumbrada a suelos de piedra desnivelados, gastados por el paso de generaciones, a escaleras que se hundían en el centro, a puertas cuyos bordes estaban oscurecidos por el roce de innumerables manos.
Aquella casa apenas había sido habitada durante una década; los suelos estaban perfectamente nivelados, suaves y brillantes, con puertas sin marcas que tenían bisagras y cerrojos de reluciente metal. No me gustaba en absoluto.
Ninguno de los parientes de mi padre había querido venir desde el campo, pero los hermanos de Francesco habían traído a sus esposas e hijos con ellos. Una vez que su familia entró con nosotros, junto con los hijos del tío Lauro, la habitación pareció menos vacía, aunque las conversaciones resonaban en las paredes. Cuando sirvieron el vino se escucharon risas fuertes y estrepitosas.
La costumbre disponía que yo montase un caballo blanco para dirigirme a mi boda, y después regresara a pie a la casa de mi padre, donde pasaría la noche sola y casta. El matrimonio no sería consumado hasta la segunda noche, después de un día de festejos.
Pero no respeté la costumbre ni en mi primera boda ni en la segunda. No monté un caballo blanco, tampoco regresé a pie a la casa de mi padre, una decisión que se había tomado debido a tres factores: había tenido fiebre la semana anterior y aún estaba débil, el tiempo era inclemente y yo estaba embarazada. Esto último no se dijo abiertamente, pero mi cintura se había ensanchado tanto que era obvio para la mayoría. Solo causó una preocupación pasajera, porque los compromisos formales de matrimonio eran considerados tan vinculantes como la propia boda. Muchas novias florentinas tenían que ensanchar su vestido antes de cabalgar a San Giovanni, y nadie pensaba mal de ellas por eso.
Saludé a más invitados: los regentes y los bounomini, los pares de Francesco. Muy pronto sirvieron el banquete de bodas, que Savonarola seguro que habría criticado por sus excesos: un cordero asado, dos cerdos, tres gansos y un cisne, innumerables faisanes, algunos conejos y varias docenas de pescados, sopa, tartas y golosinas, seis tipos diferentes de pasta con caldo, quesos, nueces y frutos secos.
El olor de la comida casi me hizo vomitar. Sin embargo, sonreí hasta que me dolieron las mejillas. Me dijeron un centenar de veces que era la novia más hermosa que se había visto nunca en Florencia. Respondí sin prestar atención, siempre dando la respuesta cortés y adecuada, aunque sin significado alguno.