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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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– Si dos hombres pelean y uno de ellos muere, salvo si puede demostrarse que ha sido por accidente -contestó Rathbone-, se considerará asesinato. Para que sea homicidio involuntario, deberíamos poder demostrar que Leighton Duff tropezó y cayó por casualidad, o que al caer se clavó un arma que portaba, o alguna otra cosa de ese estilo. Me temo que está bastante claro que no pasó nada de eso. Todas las heridas fueron infligidas por puños y botas. Algo que no puede ser considerado accidental.

Wade asintió.

– Eso es lo que me temía. Sir Oliver, ¿no cree que deberíamos seguir esta conversación en privado? Sin duda es muy penoso para la señora Duff oír todo esto.

– No -dijo Sylvestra con dureza-. No pienso quedarme al margen de… ¡algo que afecta a la vida de mi hijo! De todas formas, si son pruebas, las oiré en el juicio. Prefiero enterarme de todo ahora y, al menos, estar preparada.

– Pero Sylvestra, querida…

– No soy una niña a la que tengas que ocultarle la verdad, Corriden. Todo esto va a suceder, por más que me empeñe en ignorarlo y fingir. Por favor, concédeme la dignidad de soportarlo con tanto coraje como sea capaz, en lugar de esconderme.

Wade titubeó, con expresión sombría.

– Por supuesto -dijo Rathbone, con admiración-. Sea cual sea el resultado final, sólo alcanzará la paz de espíritu si sabe que ha hecho cuanto ha podido por ayudarle.

Sylvestra le miró, con ojos agradecidos.

– Así pues, ¿los cargos serán de asesinato, Sir Oliver?

– Sí. Me temo que no hay defensa posible como accidente.

– Y no cabe imaginar que Leighton atacara a Rhys y que éste, en cierto modo, actuara en defensa propia -apostilló Wade, con gravedad-. Puede que Leighton estuviera consternado por la conducta de Rhys pero a lo más que habría llegado habría sido a levantarle la mano. Puede que le diera un golpe, pero ¿dónde está el padre que no castiga a su hijo? Eso no termina en asesinato. No conozco a ningún hijo capaz de devolver el golpe.

– Entonces ¿qué otra defensa puede haber? -preguntó Sylvestra, desesperada. Lanzó una mirada rápida a Hester, y siguió mirando a los hombres-. ¿Qué nos queda? ¿Qué más hay? Sin duda, no serán Arthur y Duke.

– Me temo que no, querida -dijo Wade, bajando la voz-. De haber estado involucrados también presentarían heridas, y no leves, precisamente. Y tanto tú como yo sabemos que no es así. A no ser que la policía encuentre a dos o tres rufianes en St Giles, no hubo nadie más. Y si hubiesen participado en el asunto, no se habrían presentado aquí para acusar a Rhys. -Lanzó un sonoro suspiro-. Me apena mucho decir esto, pero creo que la única defensa creíble es que el equilibrio mental de Rhys se ha visto afectado y que, sencillamente, no está cuerdo. Será el procedimiento que seguirá usted, ¿verdad, Sir Oliver? Conozco a profesionales excelentes a quienes podría convencer para que examinen a Rhys y den su opinión, ante el tribunal, por supuesto.

– La locura no es fácil de demostrar -contestó Rathbone-. Rhys parece muy racional cuando uno habla con él. Es obvio que posee inteligencia y conciencia.

– ¡Por Dios, hombre! -exclamó Wade llevado por la emoción-. Mató a su padre a golpes, ¡y poco faltó para que le costara su propia vida! ¿Cómo va hacer eso alguien en su sano juicio? ¡Tuvieron que pelear como animales! Tuvo que ponerse frenético para… ¡para hacer algo así! Yo vi el cuerpo de Leighton… -Se interrumpió tan bruscamente como había comenzado, con el rostro pálido, los ojos hundidos-. Lo siento, Sylvestra. No tendría que haber dicho eso. No tenías por qué saber…, por qué oírlo de esta manera. ¡Lo siento mucho! Leighton era mi mejor amigo… un hombre a quien admiraba, con quien compartí experiencias que no compartí con nadie más. Que todo haya tenido que terminar así es… ¡devastador!

– Lo sé -dijo Sylvestra en voz baja-. No tienes por qué disculparte, Corriden. Comprendo tu rabia y tu aflicción. -Miró a Rathbone-. Sir Oliver, pienso que el doctor Wade tal vez tenga razón. Le quedaré muy agradecida si concentra sus esfuerzos en la búsqueda de pruebas, testimonios, que den consistencia al desequilibrio mental de Rhys. Quizá hubo síntomas anteriores y no supimos verlos. Por favor, recurra a los mejores médicos. Me han informado de que dispongo de recursos para hacer frente a estos gastos. Es… -rió de manera entrecortada, con pesar-. Resulta ridículo que esté empleando el dinero que nos dejó Leighton para defender al hijo que le mató. Si esto no es una locura, no sé muy bien qué será. ¡Y no obstante tengo que hacerlo! Por favor, Sir Oliver…

– Haré cuanto pueda -prometió Rathbone-. ¡Aunque no podré ir más allá de lo demostrable! Ahora estoy convencido de que querrá visitar a su paciente, doctor Wade, y yo quisiera retirarme a reflexionar sobre los siguientes pasos a dar.

– Por supuesto -convino Wade, en seguida. Se volvió hacia Hester-. Y usted, miss Latterly ha demostrado una fuerza y un coraje extraordinarios en todo este asunto. Ha trabajado sin tregua por el bienestar de Rhys. Nadie habría podido hacer más; de hecho, dudo que nadie hubiese hecho tanto. Esta noche velaré yo a Rhys. Por favor, tómese un poco de tiempo para descansar, quizá le apetezca emplearlo haciendo algo que la entretenga. La señora Duff y yo ya nos arreglaremos aquí, se lo prometo.

– Gracias -aceptó Hester, algo dubitativa No acababa de tener claro lo de separarse de Rhys. Saltaba a la vista que Sylvestra no podía hallar mejor consuelo que el de Wade. Y ardía en deseos de acompañar a Rathbone a convencer a Monk para que aceptara el caso. Confiaba plenamente en las dotes persuasorias de Rathbone pero, aun así, quería estar presente. Seguro que habría algo, un pensamiento, una emoción, de los que pudiera echar mano-. Muchas gracias. Es muy considerado por su parte. -Miró a Sylvestra, para comprobar que estaba de acuerdo.

– Por favor… -agregó Sylvestra.

No había más que hablar. Hester les dio las buenas noches y se volvió para salir con Rathbone.

* * *

– ¿Qué? -dijo Monk, incrédulo, de pie en mitad de la habitación de cara a Hester y Rathbone. Era muy tarde, el fuego estaba casi apagado y fuera llovía a cántaros. Los abrigos de Rathbone y Hester goteaban sobre la alfombra, pese a que habían venido desde Ebury Street en coche de caballos.

– Investigue el caso para ver si hay alguna prueba que pueda atenuar lo que hizo Rhys -repitió Rathbone.

– ¿Por qué, por el amor de Dios? -inquirió Monk, mirando a Rathbone y evitando los ojos de Hester-. ¿No está bastante claro lo que ocurrió?

– No, no lo está -dijo Rathbone, con paciencia-. Me he comprometido a defenderlo, y no puedo comenzar hasta que conozca todos los detalles que pueda…

– ¡No podrá de ningún modo! -interrumpió Monk-. ¡Es tan indefendible como cualquier acto humano pueda serlo! Lo único que puede decir para procurar que no lo ahorquen es que está loco. Cosa que tal vez sea cierta.

– No es cierta -repuso Rathbone, manteniendo la calma no sin dificultad. Hester lo notó en los músculos de su mandíbula y en la forma de estar de pie. Hablaba sin levantar la voz-. Desde cualquier punto de vista legal, es perfectamente racional y no presenta síntomas de padecer delirios. Si se niega a aceptar el caso alegando que le horroriza y le consterna, dígalo claramente. No tendré más remedio que aceptarlo. -Él tampoco miraba a Hester. Estaba enojado, acaso empeñado en provocar una respuesta que no deseaba.

Monk advirtió su aspereza. Se volvió para mirar a Hester.

– Supongo que ha sido idea tuya implicarlo en esto.

– Le he pedido que defienda a Rhys -repuso ella.

La aceptación de Rathbone y la negativa de Monk colgaban en el aire, como una espada que les separara.

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