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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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Esta vez se negó a contestar siquiera con una mirada.

Hester se volvió hacia Rathbone.

– De acuerdo, por ahora -concedió él, poniéndose en pie-. Pensaré qué es lo que debemos hacer. Procure descansar y recobrarse tanto como pueda. Necesitará todas sus fuerzas cuando llegue el momento. Haré cuanto esté en mi mano para ayudarle, se lo prometo.

Rhys le miró sin pestañear y Rathbone le sostuvo la mirada unos instantes antes de dedicarle una sonrisa discreta, no ya de esperanza sino de afecto, y salir de la habitación.

En el descansillo esperó a que Hester se reuniera con él y cerrara la puerta.

– Gracias -dijo Hester, sin más.

– Puede que me haya mostrado algo impetuoso -reconoció, encogiendo un poco los hombros, en voz muy baja para que sólo ella le oyera.

A Hester se le cayó el alma a los pies. Por un momento se había permitido abrigar esperanzas. Ahora se daba cuenta de hasta qué punto confiaba en él, de lo profunda que era su confianza respecto a su capacidad para conseguir hasta lo imposible. Había sido injusta haciéndole asumir una carga tan pesada. Había visto una y mil veces a la gente hacer lo mismo con los médicos, quienes se debatían bajo el peso de una esperanza vana, y después con la consecuente desesperación, mezclada con el sentimiento de culpa. Ahora ella le había hecho lo mismo a Rathbone, debido a lo mucho que le preocupaba Rhys.

– Lo siento -dijo con humildad-. Me consta que tal vez nada pueda hacerse.

– Algo habrá -repuso Rathbone, frunciendo un poco el ceño como si algo le desconcertara-. Me ha dejado confundido. He entrado ahí convencido de su culpabilidad por pruebas más o menos circunstanciales, y ahora que he hablado con él, no sé qué pensar. Ni siquiera sé qué otras posibilidades puede haber. ¿Por qué no contesta a la pregunta de quién mató a su padre, si no lo hizo él? ¿Por qué no nos cuenta cuál fue el motivo de su discusión? ¡Ya has visto la cara que ha puesto cuando se lo he preguntado!

Hester no tenía ninguna sugerencia que hacer. Había pasado noches enteras en vela devanándose los sesos buscando esas mismas respuestas.

– Lo único que se me ocurre es que encubre a alguien -dijo en voz baja-. Y las únicas personas a quienes encubriría son sus amigos íntimos o su familia. No logro imaginarme a Arthur Kynaston haciendo esto, y el único pariente que está aquí es su madre.

– ¿Qué sabes sobre su madre? -preguntó Rathbone, echando un vistazo hacia el vestíbulo al oír unos pasos que lo atravesaban y se perdían en dirección a la puerta que comunicaba con las dependencias del servicio-. ¿Es concebible que haya hecho algo por lo que Rhys esté dispuesto a sufrir lo que sea con tal de protegerla?

Hester titubeó. En un principio, pensó en negar siquiera la posibilidad. Recordaba con demasiada viveza el enojo de Rhys para con Sylvestra, su regocijo al lastimarla. ¡Cómo iba a estar defendiéndola! Luego cayó en la cuenta de que ni el odio ni el amor solían manifestarse de un modo diáfano. Era posible que la amara y la detestara al mismo tiempo, que supiera algo que jamás revelaría, pese a despreciarla por ello.

– No lo sé -dijo en voz alta-. Cuanto más lo pienso, menos segura estoy. Pero no tengo la menor idea.

Rathbone la miraba con suma atención.

– ¿No la tienes?

– ¡No! Claro que no. ¡Si supiese algo, te lo contaría!

Rathbone asintió con la cabeza.

– En ese caso, si queremos ayudar a Rhys, tendremos que averiguar más de lo que sabemos ahora. Puesto que él no nos puede decir nada, y me imagino que la señora Duff tampoco podrá o no querrá hacerlo, tendremos que emplear otros medios. -Esbozó una sonrisa divertida-. No conozco a nadie más adecuado que Monk, si se aviene a colaborar y la señora Duff está dispuesta a aceptarlo.

– ¿Cómo iba a negarse? -dijo Hester, temiendo mientras lo decía que Sylvestra se opusiera-. Quiero decir…, salvo… sin dar a entender que hay algo aún peor que ocultar.

– Lo plantearé de tal manera que le resultará extremadamente difícil rehusar -prometió-. También me gustaría hablar con Arthur y Duke Kynaston. ¿Qué puedes decirme a propósito de ellos?

– Me cuesta trabajo creer que Arthur tenga un papel protagonista en este asunto -dijo, con toda sinceridad-. Es un chico honesto, de una franqueza que me desarma. Su hermano mayor, Marmaduke, es harina de otro costal. -Se mordió el labio-. Me resulta mucho más fácil imaginar qué reaccionara violentamente ante un desafío o una crítica, y sin duda lo haría si creyera estar en peligro. Tiene una lengua muy afilada y bien dispuesta a herir al prójimo. -La honestidad le obligó a seguir hablando-. Aunque ha venido a visitar a Rhys, y es obvio que no estuvo envuelto en una pelea del calibre de la que mató a Leighton Duff y dejó a Rhys en tan lamentable estado. ¡Ojalá pudiera decir lo contrario!

Rathbone sonrió.

– De eso me doy perfecta cuenta, querida, se te nota en la voz. No obstante, iré a visitarles. Por algún lugar tengo que empezar, aparte de contratar a Monk. Quizá será mejor que bajemos a reunimos con la señora Duff y que la tranquilicemos diciéndole que nos ponemos manos a la obra y que vamos a presentar batalla sin amedrentarnos.

* * *

Rathbone así lo hizo, y pidió permiso a Sylvestra para contratar a alguien que intentara esclarecer los acontecimientos con vistas a ayudar a Rhys, no sólo en busca de pruebas incriminatorias, como había hecho la policía. Expuso su solicitud de tal manera que Sylvestra no tuvo más remedio que aceptar para que no pareciera que abandonaba a Rhys a su suerte o que tenía algo que ocultar. También le pidió la dirección de la familia Kynaston y ella le explicó que Joel Kynaston conocía a Rhys desde que era niño, y que estaba segura de que le ofrecería toda la ayuda que estuviera en su mano.

Cuando Rathbone ya había salido, Sylvestra se volvió hacia Hester con el rostro pálido y tenso.

– ¿Cree que podrá hacer algo, miss Latterly? ¿O nos estamos empeñando en una batalla perdida de antemano porque no hacerlo sería un acto de cobardía, una traición al coraje y al sentido del honor que tanto admiramos? Por favor, conteste con franqueza. Ahora preferiría saber la verdad. El momento de las mentiras piadosas, por más bienintencionadas que sean, ya pasó. Necesito saber la verdad para tomar las decisiones adecuadas.

– No lo sé -dijo Hester con sinceridad-. Nadie puede saberlo hasta que se vea la causa y se dicte sentencia. He presenciado muchos juicios, y muchos de ellos han terminado de la forma más inesperada. No hay que rendirse hasta agotar todas las posibilidades. Aún estamos muy lejos de ese punto. Créame, si hay alguien capaz de atenuar hasta las peores circunstancias, ése es sin duda Sir Oliver.

El rostro de Sylvestra se suavizó al sonreír,, aunque la tristeza no se borró de sus ojos.

– Le tiene mucho cariño, ¿verdad? -Apenas fue una pregunta.

Hester notó que se le encendía el semblante.

– Sí… sí, tengo un gran concepto de él. -Sus palabras sonaron forzadas y absurdas, poco entusiastas, y Rathbone merecía algo mejor. Pero la sombra de Monk planeaba demasiado nítida en su mente para permitir que Sylvestra sacara conclusiones erróneas, tal como parecía estar haciendo. Tampoco era de extrañar. El de Oliver había sido un gesto encantador y delicado por su parte, algo que apuntaba hacia el futuro, en un mundo que para Sylvestra era todo oscuridad y violencia, donde ya no había sitio para la paz y la esperanza que había conocido hasta entonces.

– Yo… -comenzó Hester-, le tengo en alta estima.

Sylvestra tenía demasiado tacto para insistir y Hester se disculpó, con la excusa de subir a ver cómo seguía Rhys.

Le encontró tendido tal como lo había dejado, mirando al techo con los ojos muy abiertos. Se sentó en la cama.

– No nos rendiremos -dijo en voz baja.

Él la miró, escrutando su rostro, torció el gesto con enojo y se volvió.

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