El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
Rathbone sonrió, y sus mejillas se sonrojaron un poco.
– Por miss Latterly, señora Duff. Le preocupa mucho la situación de Rhys, tanto si resulta ser culpable como si no. Me ha convencido de que necesita la mejor defensa posible. Si me da su consentimiento, haré cuanto esté en mi mano para que así sea.
Hester notó cómo la sangre afluía a su rostro y apartó la vista, evitando los ojos de Rathbone, por si acaso la miraba. Se había servido de sus sentimientos hacia ella, quizá induciéndolo a error, pues estaba insegura de sus propias emociones. Era culpable, pero no se arrepentía. Volvería a hacer lo mismo. Si no luchaba ella por Rhys, nadie más lo haría.
Sylvestra por fin se calmó, liberando la tensión de sus hombros.
– Gracias, Sir Oliver, tanto por su franqueza como por compadecerse de mi hijo. Me temo que habrá muy pocas personas, si es que hay alguna, que sientan lo mismo por él. Me figuro que… que le verán… como a un monstruo. -Se interrumpió en seco, incapaz de continuar. Aquellas palabras eran demasiado duras, así como demasiado penosas, y aludían a un futuro que se le vendría encima en cuestión de días, ni siquiera semanas. Sería el pan de cada día a partir de ahora. Su mundo cambiaría para siempre.
Hester quería añadir algo, ofrecer consuelo a toda costa, pero hacerlo sería mentir, y todos lo sabían. Cualquier cosa que dijera supondría menospreciar la verdad e implicaría también desconocimiento.
Rathbone se puso en pie.
– Me encargaré de que cuanto pueda decirse en su favor se diga de la forma más elocuente, señora Duff. Ahora me gustaría hablar con Rhys. Si no tiene inconveniente, quisiera que miss Latterly me acompañara arriba.
Sylvestra también se levantó y dio un paso al frente.
Rathbone levantó un poco la mano.
– Por favor, señora Duff, es preciso que lo vea a solas. Lo que ocurre entre abogado y cliente debe ser confidencial. Miss Latterly estará presente en calidad de enfermera, por si se angustia demasiado y necesita su ayuda. Y estará sujeta a las mismas reglas.
Sylvestra se mostró desconcertada, con el rostro lleno de incertidumbre, mirando alternativamente a Rathbone y a Hester.
– Me ocuparé de que no se le moleste más que lo absolutamente imprescindible para averiguar lo que debemos saber -prometió Hester.
– Piensa realmente que… -comenzó Sylvestra, y se le quebró la voz. Tenía miedo. Sus ojos reflejaban el pavor que le provocaba la verdad. Parecía, a punto de pedir a Rathbone que no la desentrañara. Se volvió hacia Hester.
Ésta le sonrió, fingiendo no comprenderla, y se dirigió hacia la puerta.
Condujo a Rathbone arriba y tras llamar a la puerta, por simple cortesía, le hizo pasar al dormitorio.
– Rhys, este señor es Sir Oliver Rathbone. Hablará en su nombre ante el tribunal.
Rhys miró hacia ella, y luego a Rathbone. Estaba tendido boca arriba, recostado sobre varias almohadas tal como lo había dejado Hester, con las manos entablilladas encima del cubrecama. Parecía asustado y tenso.
– ¿Cómo está usted? -saludó Rathbone, sonriendo e inclinando la cabeza, como si Rhys le hubiese contestado con normalidad-. ¿Le importa si me siento?
Rhys asintió y acto seguido miró a Hester.
– ¿Prefiere que me vaya? -preguntó ella-. Puedo ir a la habitación de al lado y acudir en cuanto me avise.
Negó de inmediato con la cabeza y Hester percibió su inquietud, su soledad, la sensación de estar hundiéndose bajo el peso de la confusión que le atormentaba. Se retiró a un rincón de la habitación y tomó asiento.
– Tiene que ser sincero conmigo -comenzó Rathbone-. Todo lo que me diga quedará entre usted y yo, será confidencial si así lo desea. Estoy obligado por ley a actuar sólo en su interés, siempre y cuando no ponga en entredicho mi propia honestidad. No puedo mentir, pero puedo guardar un secreto, y así lo haré si usted me lo pide.
Rhys asintió.
– Lo mismo sirve para miss Latterly.
Rhys le miraba fijamente.
– ¿Sabe qué sucedió la noche en que mataron a su padre?
Rhys se estremeció y dio la impresión de encogerse, pero no apartó sus ojos del rostro de Rathbone, y asintió despacio.
– Bien. Ya sé que sólo puede indicar «sí» o «no». Yo le haré preguntas y, si puede contestarlas así, hágalo. Si no puede, espere y se las plantearé de otra manera. -Titubeó sólo un instante-. ¿Fue con sus amigos, Arthur y Duke Kynaston, al barrio de St Giles y, una vez allí, emplearon los servicios de prostitutas?
Rhys se mordió el labio, y luego asintió, con un leve rubor en las mejillas.
– ¿En alguna ocasión lastimó a alguna de esas mujeres, o peleó con ellas, aunque fuese de manera fortuita?
Rhys negó violentamente con la cabeza.
– ¿Lo hicieron Arthur o Duke Kynaston?
Rhys permaneció quieto.
– ¿Sabe si lo hicieron o no?
Rhys negó con la cabeza.
– ¿También fue con ellos a Seven Dials?
Rhys asintió muy despacio, con aire vacilante.
– ¿Desea añadir algo? -preguntó Rathbone-. ¿Fueron con frecuencia?
Rhys negó con la cabeza.
– ¿Sólo unas pocas veces?
Asintió.
– ¿Lastimaron a alguna mujer, allí?
Volvió a negar con la cabeza, bruscamente, con expresión airada.
– ¿Su padre iba con usted?
Rhys abrió mucho los ojos, asombrado.
– No -contestó Rathbone a su propia pregunta-. Pero ¿sabía que usted iba allí y no lo aprobaba?
Rhys asintió, torciendo la boca con una amarga sonrisa, llena de rabia, dolor y una tremenda frustración. Intentó hablar, los músculos del cuello se le hacían un nudo, sacudía la cabeza.
Hester se levantó de un salto de su butaca y acto seguido se dio cuenta de que no debía interrumpir. Corría el riesgo de protegerle en ese momento en detrimento de su porvenir. Rathbone debía enterarse de cuanto pudiera, por doloroso que fuese.
– ¿Discutieron sobre ese asunto? -prosiguió Rathbone.
Rhys asintió despacio.
– ¿Aquí, en casa?
Asintió.
– ¿Y cuando fueron a St Giles la noche de su muerte?
Otra vez el movimiento brusco y violento de negación, y la sacudida hacia delante como si fuese a reír, de haber podido hacerlo.
– ¿Discutieron por alguna otra cosa?
Los ojos de Rhys se llenaron de lágrimas y comenzó a golpear la colcha con sus manos rotas, con el cuerpo presa de un dolor interno mucho mayor que el que tenían que hacerle los huesos.
Rathbone se volvió hacia Hester, con el semblante demudado.
Ella se aproximó.
– ¡Rhys! -dijo con severidad. Se sentó en la cama y le asió ambas muñecas, tratando de obligarle a permanecer quieto, pero tenía los músculos tan tensos que no lo logró. Tenía más fuerza de lo que esperaba, y todo su cuerpo era presa de la emoción-. ¡Rhys!-volvió a exclamar, en tono apremiante-. ¡Ya basta! Se le moverán los huesos otra vez. Ya sé que piensa que le da igual, ¡pero no es verdad! Por favor…
Rhys fue abriendo los puños despacio, con las mejillas bañadas en lágrimas. Miró a Hester y luego se volvió, de modo que ella sólo podía verle la nuca.
– Rhys -dijo con firmeza-. ¿Mató a su padre?
Hubo un largo silencio. Ni Hester ni Rathbone se movieron. Entonces, lentamente, Rhys volvió a mirarla fijamente y negó con la cabeza.
– Pero ¿sabe quién lo hizo? -insistió.