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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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– Sí que lo sé, y no, al parecer no presentan heridas. -Comprendió lo que estaba pensando-. ¡Aunque eso sólo los convierte en cobardes!

– Me temo que tienes razón pero ¿hay alguien que viera a los tres muchachos en Seven Dials o que los relacione con violaciones anteriores?

– No, que yo sepa.

– ¿Y hay pruebas para demostrar que esas violaciones no fueron casualidad, cometidas por distintas personas? Deben producirse muchas violaciones en Londres cada semana.

– No creo que muchas las lleven a cabo tres hombres juntos, que respondan a la descripción de uno alto y delgado, otro de estatura media y otro esbelto, los tres con apariencia de caballeros, que llegaban y se marchaban en coche de caballos -contestó sombríamente.

Rathbone suspiró.

– Das la impresión de creer que es culpable, Hester. ¿Es así?

No quería contestar. Ahora que le planteaban la cuestión de un modo tan directo, y que veía la mirada inteligente y sutil de Rathbone, quien no le permitiría eludirla, y a quien no podía mentir, debía tomar una decisión.

Él aguardó.

– Dice que no lo hizo -contestó muy despacio, eligiendo con cuidado las palabras-. No estoy segura de qué es lo que recuerda. Le asusta, le horroriza. Pienso que, quizá, cuando dice eso, dice lo que desearía que fuese verdad. Tal vez no llegue a saberlo.

– Pero crees que, por la razón que fuera, cometió el acto -dijo Rathbone.

– Sí… sí, creo que sí. No puedo evitarlo.

– Entonces, ¿qué quieres que haga?

– Ayudarle… Yo… -Cayó en la cuenta de que se estaba dejando llevar por la emoción más que por la razón, no sólo en lo que concernía a Rhys, sino en su súplica a Rathbone. Pese a todo, no podía dejar de hacerlo, aun siendo consciente de ello-. Por favor, Oliver. Yo no sé lo que ocurrió, ni por qué se permitió caer en una situación tan desesperada. Yo… No se me ocurre qué alegar como atenuante… No sé qué puede haber, pero debo creer que hay algo. -Miró su rostro, siempre tan despierto y a veces frío, que ahora le devolvía una mirada de lo más afable.

Hester se obligó a pensar en Rhys, en su terror, su impotencia.

– Puede que no sea justicia lo que pido, quizá sólo piedad. Necesita que alguien hable por él… -Soltó una risita lastimosa-. ¡En sentido literal! No creo que sea pura malicia. He pasado muchas horas con él, en la intimidad. He presenciado su dolor. Si hizo esas cosas, tiene que haber una razón, al menos una causa, ¡algo que lo explique! Quiero decir…

– Quieres decir locura -terminó Rathbone en su lugar.

– No, no es eso…

– Sí, sí que lo es, querida. -Su voz era muy paciente, procuraba no hacerle más daño que el indispensable-. Un muchacho no viola y pega a mujeres que no conoce, para luego matar a su padre porque le ha descubierto, si está cuerdo en el sentido que cualquier hombre o mujer corriente daría al término. Lo que ya no sé es si la ley establecerá la misma distinción y, a decir verdad, lo dudo mucho. -Sus ojos rebosaban tristeza-. Es muy concreta en su definición de la locura, y el hecho de que Rhys atacara a su padre indica que sabía que la violencia contra esas mujeres estaba mal, y eso es lo que el tribunal tomará en consideración. Sabía lo que estaba haciendo, y eso es un factor determinante.

– ¡Pero tiene que haber algo más! -exclamó Hester desesperada-. ¡No puedo darme por vencida así! Llevo con él demasiado tiempo…

Rathbone se puso de pie y rodeó el escritorio hacia ella.

– Entonces deja que haga los preparativos para que lo vea por mí mismo, siempre y cuando la señora Duff desee que le represente…

– ¡No es menor de edad! -dijo acalorada, levantándose a su vez-. ¡Será si él lo desea!

Rathbone sonrió con atribulado afecto.

– Querida Hester, si no puede hablar ni escribir, ni tiene una ocupación, no sólo está en muy malas condiciones para defenderse, sino que carecerá de recursos económicos.

– ¡Su padre era rico! ¡Sin duda ese aspecto estará resuelto! -protestó.

– No, si mató a su padre, Hester. Lo sabes tan bien como yo. Si le condenan por ese crimen, no puede heredar.

Estaba hecha una furia.

– ¿Insinúas que no puede tener una defensa como Dios manda porque si resulta culpable no podrá pagar? ¡Eso es monstruoso! -Estaba tan enfadada que por poco se atraganta-. Es…

Rathbone le puso ambas manos sobre los hombros, asiéndola con tanta firmeza que se vio obligada a mirarle.

– ¡No he dicho eso, Hester! Pensaba que me conocías lo suficiente como para suponer que no sólo trabajo por dinero…

Hester tragó saliva. Le sobraban motivos para estar avergonzada. Había venido para suplicarle que aceptara un caso imposible, sabiendo que se saldría con la suya.

– Lo siento.

– No obstante, procuro trabajar dentro de los márgenes que establece la ley -concluyó-. Dadas las circunstancias, antes debo hablar con su madre. -Torció los labios con auténtico buen humor-. Aunque me figuro que contigo en la casa, y sin duda a cargo de todo, podré contar con su cooperación.

Hester se sonrojó.

– Gracias, Oliver.

A modo de respuesta, éste emitió un gruñido de aquiescencia.

* * *

Era media tarde cuando Rathbone llegó a Ebury Street. Hester había informado a Sylvestra de que como mínimo estaba dispuesto a considerar el caso, y Sylvestra, en su confusión y desdicha, no había tenido nada que objetar. Había consultado con su abogado, un hombre muy afable, experto en cuestiones de propiedad, herencias y finanzas, pero que desconocía por completo el derecho penal. Le pareció bien contratar a cualquier letrado que le recomendaran y que estuviera dispuesto a defender una causa tan poco prometedora.

– Sir Oliver Rathbone -anunció el mayordomo, y Rathbone entró en el salón de las visitas casi pisándole los talones. Iba tan elegante como siempre, con la soltura de quien es consciente de su propio poder y no siente ninguna necesidad de impresionar al prójimo.

– ¿Cómo está usted, señora Duff? -saludó, con una leve sonrisa-. Miss Latterly.

– ¿Cómo está usted, Sir Oliver? -contestó Sylvestra, con una encomiable serenidad que sin duda no sentía-. Le agradezco mucho que haya venido. No estoy muy segura de que pueda hacer algo por mi hijo. Miss Latterly habla muy bien de usted, pero mucho me temo que la nuestra es una causa perdida. Por favor, siéntese -agregó, indicando la butaca que tenía enfrente.

Hester se sentó en el sofá, un poco apartada de ellos, pero de modo que pudiera ver la cara de ambos.

– Uno no siempre sabe cómo será una defensa hasta que comienza, señora Duff -contestó con calma-. ¿Debo suponer que desea que su hijo cuente con todo el apoyo posible, dadas las trágicas circunstancias en que se encuentra? -La miró con paciencia y amabilidad, como si su pregunta no revistiera mayor importancia, sin presionarla.

– Sí… -dijo Sylvestra despacio-. Sí, por supuesto. Yo… -Su rostro mantenía la compostura, pero las ojeras y las arrugas en la comisura de sus labios hacían patente que le costaba un gran esfuerzo. Sería inconcebible que no fuese así.

Rathbone sonrió de inmediato.

– Naturalmente, todavía no acierta a saber qué puede hacerse. Debo admitir que yo tampoco, aunque no es nada inusual. Sea cual sea la verdad del asunto, debemos procurar, en la medida de lo posible, velar por la justicia y la compasión. Esto sólo es posible si al señor Duff lo representa alguien que luche por él con la misma firmeza que si lo considerara una persona de valía, capaz de abrigar esperanzas y sentir dolor, y merecedora de una oportunidad para justificar sus actos.

Sylvestra frunció el ceño.

– Debo decir que con sus palabras ya está abogando por él de forma brillante, Sir Oliver. Me sería imposible no estar de acuerdo con cuanto acaba de decir. Nadie podría. -Permanecía sentada inmóvil, pese a la emoción que la desgarraba interiormente. Su dominio de sí misma era extraordinario, una facultad aprendida a lo largo de los años y que ahora ponía en práctica-. Lo que me desconcierta es por qué desea usted representar a mi hijo -prosiguió-. Y es obvio por su presencia aquí, y eso sin mencionar sus palabras, que no me equivoco. Como también lo es que no es usted un muchacho ansioso por hacer carrera y ganarse una reputación… Y suponiendo que así fuese, tampoco elegiría este caso. También dudo que ande tan escaso de trabajo como para aceptar el primer caso que le presenten. ¿Por qué acepta el de mi hijo, Sir Oliver?

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