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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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La respuesta consistía en ver si alguien de St Giles reconocía a Leighton Duff situándolo en otras noches que no fuesen la de su muerte. ¿Le conocerían en los burdeles? En cualquier caso, sería de vista. Un hombre tan sofisticado y mundano era muy poco probable que empleara su verdadero nombre. La sociedad sabía perfectamente que muchos caballeros se entregaban al placer en sitios como aquel, pero otra cosa era verse sorprendido en el intento. La reputación de uno se resentía, a veces en gran medida.

Se detuvo bruscamente, poco faltó para que tropezara con el bordillo y se cayera. Con tal brutalidad le sobrevino el recuerdo, que casi perdió el equilibrio. Por supuesto, un hombre podía arruinar su carrera, convertirse en el hazmerreír de la sociedad, no tanto por sus debilidades carnales como por el absurdo de ser sorprendido en una situación ridícula. Su dignidad se hacía añicos para siempre. Sus subordinados se reían de él, perdiéndole el respeto. Uno ya no podía seguir ejerciendo su autoridad.

¿Por qué pensaba en la autoridad?

Un hombre que asaba castañas en un brasero le miraba con curiosidad. Una muchacha pasó riendo hacia la calle principal, acarreando una bolsa con ambas manos.

Un magistrado. Se trataba de un magistrado a quien una redada policial había sorprendido en un burdel. Estaba acostado con una chica insolente y gorda de unos catorce años. Cuando la policía irrumpió en el lugar, salió corriendo de la habitación con los pantalones por las rodillas, el pelo revuelto, olvidando las gafas, tropezó y cayó rodando por las escaleras, aterrizando a los pies del oficial de policía, con la camisa en la cabeza, dejando muy poco margen para la imaginación. Monk no estuvo presente. Se lo habían contado después, y rió hasta que le saltaron las lágrimas y le dolieron las costillas.

¿Por qué se acordaba de eso ahora? Seguía siendo divertido pero había algo injusto en ello.

¿Por qué? ¿Por qué tendría Monk que sentirse culpable? Aquel hombre era un hipócrita; sentenciaba a mujeres por un crimen del que él mismo era inductor, por vender bienes que a todas luces él compraba.

No obstante, la sensación de pesar le acompañó mientras torcía a la izquierda y volvía a cruzar la calle. De manera inconsciente se estaba dirigiendo hacia uno de los burdeles más grandes que conocía. ¿Lo hacía para preguntar sobre Leighton Duff? ¿O era allí donde había tenido lugar la redada? ¿Por qué iba la policía a irrumpir en un burdel de St Giles o «Holy Land»? Estaba plagado de establecimientos de ese tipo y a nadie le importaba. Tuvo que haber alguna otra razón, un robo, una falsificación, tal vez algo más serio, como un secuestro o hasta un asesinato. Eso justificaría la irrupción policial sin previo aviso.

Se cruzó con un hombre que acarreaba un atado de bastones de paseo, abriéndose camino por los callejones hacia la calle principal, donde se dedicaría a venderlos. Un mendigo buscó refugio en un portal para resguardarse de la lluvia. Sin ninguna razón especial, Monk le dio tres peniques.

Sería más inteligente ir a la comisaría y pedir a Evan una copia del retrato de Leighton Duff. Miles de hombres encajaban en su descripción. Sería una tarea extremadamente tediosa peinar St Giles en busca de alguien que hubiese visto a Leighton Duff y le reconociera, pero no tenía otro sitio por donde empezar. Y sólo faltaban uno o dos días para que se iniciara el juicio.

Ahora bien, mientras estuviera en St Giles debía aprovechar para ver si lograba reconstruir la historia que había vivido allí con Runcorn. Eso era lo que más necesitaba saber. Vida Hopgood estaba satisfecha. Esbozando una sonrisa, pensó en su rostro cuando le contó lo de Rhys Duff y sus amigos. No podía decirse que fuese perfecto que Arthur y Duke Kynaston quedaran libres de culpa, pero aquel no tenía por qué ser el resultado final. Era poco probable que volvieran por Seven Dials, y si lo hacían se encontrarían con una recepción de lo más desagradable. ¿Quizá Monk debería advertirles? Igual les salvaba la vida, cosa que tampoco le quitaba el sueño, aunque de paso libraría a su conciencia de la mancha de ser cómplice de asesinato si resultaban ser tan tontos como para no hacerle caso.

Llegó a la comisaría y encontró a Evan, que ahora llevaba otro caso.

– ¿Puedes prestarme los retratos de Rhys y Leighton Duff? -preguntó, una vez en el minúsculo despacho de Evan. Éste se sorprendió.

– ¿Para qué? ¿No se ha dado por satisfecha Vida Hopgood?

– Sí. Esto no es para ella. -Preferiría con mucho no tener que contar a Evan que estaba tratando de salvar a Rhys Duff, que trabajaba en contra del caso que Evan había construido.

– ¿Pues para quién? -Evan le observó con detenimiento, con sus brillantes ojos color avellana.

Tarde o temprano Evan se enteraría de que Rathbone había aceptado la defensa. Evan testificaría en el juicio y entonces lo sabría, si no antes.

– Para Rathbone -contestó Monk con parquedad-. Le gustaría saber más acerca de lo que pasó antes de la noche del crimen.

Evan le miraba fijamente. No había enojo en su expresión, ninguna muestra de sentirse traicionado. Es más, se diría que sentía alivio.

– Quieres decir que Hester ha convencido a Rathbone para que defienda a Rhys y que tú trabajas en ello -dijo Evan, con un tono que parecía traslucir satisfacción.

A Monk le picó en lo más vivo que Evan supusiera que estaba trabajando para Hester, y más en una causa perdida como aquella. Pero lo peor es que era cierto. Arremetía contra molinos de viento, como un loco de atar. Aquello no se correspondía con su personalidad, con cuanto sabía acerca de sí mismo, y consistía en aliviar el dolor de Hester cuando viera que declaraban a Rhys Duff culpable de un crimen por el que sería ahorcado, siéndole del todo imposible ofrecerle siquiera el más leve consuelo. Al reconocer su dolor, le dieron retortijones en el estómago. Sólo con eso bastaba para que odiara a Rhys Duff y sus egoístas y obsesivos apetitos, su crueldad, su estupidez y su ciega violencia.

– Estoy trabajando para Rathbone -espetó a Evan-. Es una absoluta pérdida de tiempo, pero si no lo hago encontrará a otro, haciendo gastar más dinero de la cuenta a la pobre señora Duff, por no mencionar su pesar. Si existe una mujer que no merezca más carga de la que ya soporta, ¡sin duda es ella!

Evan no discutió. Monk hubiese preferido que lo hiciera. Aquello era una evasiva y Monk supo que Evan lo sabía. En cambio, se limitó a volverse hacia el cajón de su escritorio con un amago de sonrisa y un ligero encogimiento de hombros, para darle los dos retratos.

– Necesito que me los devuelvas cuando ya no los utilices por si hay que presentarlos como pruebas.

– Gracias -dijo Monk, con menos cortesía de la que Evan merecía. Los dobló cuidadosamente y se los metió en el bolsillo. Se despidió de Evan y salió de la comisaría a toda prisa. Preferiría que Runcorn no supiese que había estado allí. Lo último que quería era tropezarse con él por casualidad.

El día se presentaba largo y frío, y el anochecer sería el mejor momento para encontrar personas que estuvieran por ahí a horas en las que cabía la posibilidad de que hubiesen visto a Rhys o a Leighton Duff o, ya puestos, a alguno de los Kynaston. Enojado por tanta impotencia, con los pies mojados y entumecido de frío, se encaminó una vez más hacia St Giles, deteniéndose en una taberna para comer empanada caliente con patatas y cebolla, y una ración de budín de huevo.

Pasó varias horas en el barrio, preguntando y buscando, caminando por los callejones y adentrándose en los pasajes, subiendo y bajando escaleras, internándose en la parte antigua, intacta desde hacía generaciones. El agua goteaba desde los aleros podridos, las piedras estaban pegajosas, la madera crujía, las puertas colgaban torcidas, pero a su paso las cerraban de golpe. La gente se movía por delante y por detrás de él como si fuesen sombras. En un momento dado, todo le era extraño, atemorizador y amargo, y al siguiente creía reconocer algo. Doblaba una esquina y veía exactamente lo que esperaba ver, una puerta con grandes tachuelas de hierro cuyo dibujo podría reseguir con los ojos cerrados.

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