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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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Hester pensó en levantarse y marcharse. Tal vez prefería estar solo. Entonces le miró con más detenimiento, percibió la desesperación que ocultaba su rabia, y no pudo marcharse. Se limitó a seguir sentada y esperar, callada e impotente. Así al menos Rhys sabría que le importaba lo suficiente como para permanecer a su lado.

* * *

Ya era última hora de la tarde cuando Rathbone regresó. Le condujeron al comedor, donde Hester y Sylvestra cenaban desganadas, procurando dar cuenta de lo mínimo necesario para no ofender a la cocinera.

Rathbone entró con expresión grave, y ambas dejaron de comer en el acto.

– Buenas noches, Sir Oliver -saludó Sylvestra, con voz ronca-. ¿Es que ha… descubierto algo? ¿Puedo ofrecerle algo para comer? Si le apetece cenar… yo… -Se le quebró la voz y levantó la vista hacia él, muerta de miedo por lo que él iba a decir a continuación.

Rathbone se sentó pero declinó la invitación.

– No, no he descubierto nada nuevo, señora Duff. He ido a hablar con el señor Kynaston, con la esperanza de que arrojara algo de luz sobre lo ocurrido. Tengo entendido que conoce a su familia desde hace veinticinco años. También intenté conocer a sus hijos, los que estuvieron con Rhys en St Giles. Quería formarme una opinión sobre ellos para considerar si era oportuno llamarles a declarar como testigos. De todos modos, me imagino que la acusación lo hará.

Sylvestra tragó saliva y por poco se atraganta.

– Habla en pasado, Sir Oliver, como si lo que dice ya no fuese cierto. ¿Está dando a entender que a Joel Kynaston le… le repugna tanto lo que ha hecho Rhys que no va a… que lo que diga va a… a perjudicar a Rhys?

– No será favorable, señora Duff-dijo Rathbone, con tristeza-. Se lo cuento porque me pregunto si hay algún motivo que a usted le conste para que él adopte esa postura. Según su opinión, Rhys ha ejercido una mala influencia sobre sus hijos, sobre todo en el mayor, Marmaduke, quien a su juicio ha llevado una vida más… -titubeó, buscando la palabra correcta- libertina de la que habría llevado sin el ejemplo y el aliento de Rhys.

Hester estaba asombrada. La arrogancia de Duke Kynaston le había resultado tan patente, con aquella asunción natural del liderazgo, que le era inconcebible que Rhys hubiera influido en él, inclinándose a pensar que más bien había sido al revés. Aunque también era cierto que no había conocido al Rhys de antes del incidente. Apenas conocía a Duke ahora. Lo único que había visto de él eran la fanfarronería y las bravuconadas propias de los chicos de su edad, así como una importante dosis de mala educación para con quien consideraba su inferior, social e intelectualmente hablando.

Miró a Sylvestra para intentar juzgar el alcance de su sorpresa.

– Joel Kynaston es un hombre muy estricto -dijo Sylvestra, meditabunda, sin mirar a Rathbone, con la vista fija en su plato-. Es un ferviente defensor de la autodisciplina, sobre todo entre los jóvenes. La considera el fundamento de un fuerte carácter. El sostén del coraje y el honor y, sin ella, tarde o temprano todo se viene abajo. -Hablaba con prudencia, haciendo patente un convencimiento de años-. Se lo he oído decir tantas veces… Es muy admirado por eso. Puede que a algunos les parezca dureza pero, en su posición, si hiciera excepciones, si se supiera que es indulgente con alguien, invalidaría los principios que defiende. -Parecía abstraída, aunque fruncía levemente el ceño, como si se estuviese concentrando mucho en lo que decía y su discurso surgiera de la memoria más que de la comprensión.

– ¿Y consideraba que Rhys daba mal ejemplo? -preguntó Rathbone, con delicadeza-. ¿No era buen estudiante?

Sylvestra se mostró sorprendida.

– Al contrario, era un estudiante excelente. Pero no son sólo los estudios académicos lo que apasiona a Joel, ante todo está la valía moral. Su colegio goza de muy buena reputación, y se debe en gran medida a su propio ejemplo. -Se miró las manos-. A veces pienso que espera demasiado de los chicos, olvidando que no pueden tener la fuerza de carácter que cabe esperar en un hombre hecho y derecho. No comprende la necesidad que tienen los jóvenes de descubrir los límites por sí mismos. Rhys era… un explorador… del pensamiento, me refiero. Al menos… -De pronto se vino abajo, los labios le temblaban-. No estoy segura de lo que quiero decir. -Tragó saliva y recobró la compostura haciendo un enorme esfuerzo-. Lo siento. Sé que mi marido sentía un profundo respeto por Joel Kynaston. Creía que era un hombre excepcional. -Se apresuró, como si temiera ser interrumpida-. No me sorprendería que Joel sintiera su muerte en lo más profundo de su ser y no pudiera perdonar a nadie que haya tenido algo que ver con el asunto. Lo siento, Sir Oliver, pero si quiere encontrar a alguien que nos ayude, tendrá que buscar en otro lugar.

Antes de que Rathbone le contestara, se abrió la puerta y entró Corriden Wade. Se le veía muy preocupado, con el rostro demacrado, como si hubiese dormido poco, y su tensión se hizo palpable antes de que dijera nada. Miró a Rathbone con sorpresa y algo de inquietud.

Sylvestra se levantó de inmediato y fue a su encuentro con expresión de alivio y esperanza.

– Corriden, él es Sir Oliver Rathbone, a quien he contratado para que defienda a Rhys. Estamos buscando cualquier cosa que pueda servirnos. Ha hablado con Joel, pero según parece opina que Rhys era una mala influencia para Arthur y Duke y, siendo la clase de hombre que es, sólo es capaz de decir la verdad. Supongo que eso debería merecer mi admiración y, si se tratara de otra persona, sería la primera en aplaudirlo. -Se mordió el labio-. Cosa que demuestra lo hipócrita que soy, ¡porque ahora no puedo hacerlo! Desearía con todo mi corazón que cediera un poco, ¡aun a riesgo de ser menos honorable! ¿No es espantoso que diga esto? ¡Jamás pensé que llegaría el día en que diría algo así! Estarás avergonzado de mí.

Wade la rodeó con el brazo.

– Nunca, querida. Es muy humano que tu deseo sea proteger a quienes amas, sobre todo cuando no hay nadie más que vaya a hacerlo. Eres su madre. No podría esperar menos de ti. -Echó un vistazo a Rathbone, más allá de Sylvestra-. ¿Cómo está usted, Sir? Soy Corriden Wade, el médico de la familia, y actualmente Rhys está a mi cargo en lo que a sus necesidades físicas se refiere. -Inclinó la cabeza hacia Hester-. Y al de miss Latterly, por supuesto. Se ha portado de maravilla con él.

Rathbone, que se había puesto en pie al hacerlo Sylvestra, se acercó e hizo una reverencia para responder a la presentación de Wade.

– ¿Cómo está usted, doctor Wade? Me alegra mucho que haya venido. Es posible que precisemos de su ayuda como facultativo cuando llegue el momento. Tengo entendido que conoce a Rhys desde hace mucho.

– Desde que era un crío -contestó Wade. Parecía preocupado, como si temiera lo que Rathbone fuese a preguntarle-. Deseo con más ganas de las que pueda imaginar ofrecer un testimonio que sirva para atenuar esta terrible tragedia, aunque hasta ahora no se me ha ocurrido nada. -Aún tenía un brazo apoyado en el de Sylvestra-¿En qué basará su defensa, Sir Oliver?

– Todavía no sé lo bastante como para decirlo -repuso Rathbone, con habilidad. Si tenía tanto miedo como le parecía a Hester, su disimulo era soberbio. A juicio de ella, probablemente estaba asustado. Había una rigidez en su forma de estar, de pie, un titubeo en su voz que ella ya había observado con anterioridad, en los peores momentos de algunos casos del pasado, cuando parecía que no había escapatoria al desastre, ninguna otra solución más que la tragedia y el fracaso.

– ¿Qué más quiere saber? -preguntó Wade-. La señora Duff me ha contado lo que cree la policía: que Rhys había frecuentado la compañía de mujeres de la calle, el elemento más bajo de nuestra sociedad, que actuó con violencia en esas relaciones, y que Leighton llegó a sospecharlo. Cuando le siguió y le recriminó su conducta, pelearon. Rhys resultó herido, como ya sabe, y Leighton, quizá por ser un hombre de más edad, pillado por sorpresa, murió. ¿Sirve como defensa argumentar que la pelea no pretendía llegar tan lejos, y que la muerte fue accidental? -Se mostró un tanto dubitativo mientras lo decía.

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