El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
– ¿Se acuerda de Nochebuena, Wharmby? -preguntó, sin darle importancia.
– Sí, señor-contestó Wharmby, sorprendido.
– ¿Y la noche antes?
Wharmby asintió con la cabeza.
– Sí, señor. ¿En qué puedo ayudarle?
– ¿Quién estuvo en la casa, aquella noche?
– Nadie, señor. Al atardecer la señora Duff salió con la señorita Wade, a un concierto. El señor Rhys fue a cenar a casa de los Kynaston y el señor Duff salió por asuntos de negocios.
– Comprendo. -Notó otra vez el sabor del triunfo-. ¿Y cómo estaban todos ellos cuando regresaron a casa, o la siguiente vez que los vio?
– ¿Que cómo estaban, señor? Bastante normales, si se tiene en cuenta que era Nochebuena.
– ¿Nadie presentaba heridas de ningún tipo? ¿Quizá un accidente de tráfico sin importancia, o algo por el estilo?
– Creo que el señor Duff tenía un rasguño en la cara. Dijo que se lo había hecho una piedra que había salido disparada por un carruaje que iba demasiado deprisa. ¿Por qué, señor? ¿Significa algo eso? ¿Puede… puede ayudar al señor Rhys, señor? -Pese a la curiosidad de su rostro, le miraba con ojos asustados, como si temiera la respuesta. Casi le había dado reparo preguntar.
La actitud de Wharmby desconcertó a Monk. Tal preocupación no encajaba con la imagen que se había formado de Rhys Duff. El mayordomo no daba muestras de estar afectado por la muerte violenta de su patrón. ¿Sería porque quien le afligía ahora era Sylvestra, al imaginar aquella segunda pérdida, casi peor que la primera?
– No lo sé -admitió Monk-. Estoy haciendo cuanto puedo. Es posible que esto contribuya… a atenuar las cosas… un poco. Quizá no sea preciso que moleste a la señora Duff. Si usted dice que esa noche el señor Rhys dijo que iba a cenar a casa de los Kynaston, puedo corroborarlo hablando con ellos. ¿Me daría su dirección?
– Cómo no, señor. Se la apunto enseguida. -Y sin aguardar consentimiento, se esfumó reapareciendo al cabo de un momento para entregarle una cuartilla escrita con exquisita caligrafía.
Monk le dio las gracias y se marchó en busca de otro coche de caballos.
En el domicilio de los Kynaston pidió ver al señor Kynaston.
Fue recibido, a regañadientes, en la biblioteca. El fuego estaba apagado pero las ascuas aún calentaban un poco. Joel Kynaston entró, cerró la puerta y miró a Monk de la cabeza a los pies con manifiesto desagrado. Era un hombre de aspecto muy peculiar, con el pelo abundante y lustroso de color castaño rojizo, la nariz larga y una boca poco corriente. Era de estatura media y de complexión delgada, y en aquel momento parecía más bien impaciente.
– ¿Qué puedo hacer por usted, caballero? -dijo, mostrándose dinámico y eficiente-. El mayordomo me ha informado de que está haciendo averiguaciones sobre Rhys Duff a propósito de su inminente juicio. Todo este asunto me resulta muy molesto. El señor Duff era íntimo amigo mío y su muerte es una terrible tragedia para toda mi familia. Si puedo servir a la justicia, tengo la obligación cívica de hacerlo, eso no lo voy a eludir. Pero debo advertirle, señor, que no abrigo el menor deseo ni intención de verme envuelto en algo qué suponga más daño para la familia Duff, como tampoco para mi familia. ¿Qué es lo que desea de mí?
– ¿El señor Rhys Duff visitó su casa la noche anterior a la Nochebuena, señor Kynaston?
– No tengo ni idea. No me encontraba en casa. ¿Por qué es importante eso? Leighton Duff estaba perfectamente sano y salvo entonces. ¿A qué se debe su interés sobre si Rhys estuvo aquí?
Monk comprendía el deseo de proteger a sus hijos, a quienes era harto probable que supiera involucrados estrecha y trágicamente con la familia Duff. Igual se sentía culpable por no haber advertido su conducta, tal como al parecer había hecho Leighton Duff. Aunque si por azar hubiese sido él quien lo hubiese averiguado en lugar de su amigo, podría haber muerto a palos en Water Lane y Monk estaría haciendo esas mismas preguntas a Leighton Duff. No resultaba difícil ver que el señor Kynaston estaba tenso, a disgusto, y poco dispuesto a que Monk, o cualquier otro, siguiera metiendo el dedo en la llaga. Quizá debía darle alguna explicación.
– Verá, creo posible que la pelea de la noche en que murió el señor Duff no fuese la primera con su hijo a propósito de su conducta -respondió Monk-. Hay indicios de que se vieron y discutieron acaloradamente la noche antes de Nochebuena. Me gustaría saber si eso es cierto.
– No comprendo por qué -dijo Kynaston, frunciendo el ceño-. Me parece obvio lo que ocurrió. Leighton se dio cuenta de lo que estaba haciendo Rhys, de que su conducta era a todas luces inaceptable, algo indigno de un caballero. Había perdido el control de su temperamento y sus caprichos, convirtiendo su debilidad en auténtico vicio. Su padre le siguió e intentó convencerle, a lo que Rhys reaccionó con maliciosa rabia, atacándole…, con las consecuencias que conocemos de sobra.
– ¿Tenía Rhys mal carácter, señor Kynaston?
– Me temo que sí. De niño lo mantenía a raya. Nunca se le permitió perder los estribos mientras estuvo a mi cargo. Lo que le dejaran hacer en casa, naturalmente, no lo sé. Aunque su padre me confió que estaba preocupado por él. No deseo hablar mal de una pobre mujer que, Dios lo sabe bien, carga con más pesar del que nadie debería soportar jamás, pero la señora Duff ha consentido al muchacho como si aún fuese un crío y su carácter, como era de esperar, se ha resentido.
– Comprendo. ¿Hay alguien a quien pueda preguntar si Rhys estuvo aquí esa noche?
– Puede preguntárselo a mi esposa, supongo. Estaba en casa, y creo que mis hijos también.
Monk estaba desconcertado pero no hasta el punto de perder la compostura. Cabía la posibilidad de que Rhys hubiese ido solo en esa ocasión. Como también era probable que Kynaston se equivocara por completo.
– Gracias -aceptó Monk, inseguro de que la palabra de la señora Kynaston le bastara. En cuanto Kynaston se volvió hacia la puerta, Monk se dispuso a seguirle.
Kynaston se detuvo.
– Me está pisando los talones, Monk. Preferiría que esperase aquí, yo iré a preguntar a mi esposa y volveré con su respuesta.
– Como quiera -convino Monk-. En tal caso deberé informar a Sir Oliver de que no se me ha permitido hablar con la señora Kynaston en persona, y quizá sienta la necesidad de llamarla a testificar en el juicio. -Le miró fríamente de hito en hito-. No obstante, si yo hablara con ella, quizá sería suficiente.
Kynaston se envaró.
– ¡No me gusta que me amenacen, señor Monk!
– A nadie le gusta -dijo Monk, con una sonrisa poco convincente-, pero la mayoría hacemos caso.
Kynaston le observó detenidamente, sopesando su temple y testarudez; después giró sobre los talones y abrió la marcha.
Monk se sorprendió al ver a Fidelis Kynaston. No tenía ninguna idea preconcebida de la mujer de Kynaston, pero aquella mujer de tan extraordinaria compostura, con el rostro asimétrico y una voz serena y encantadora, le pilló completamente desprevenido. Su calma interior le fascinó.
– Éste es el señor Monk -dijo Kynaston con sequedad, sin mirarle-. Insiste en hacerte una pregunta sobre Rhys Duff. Deberías contestarle.
– ¿Cómo está usted, señor Monk? -saludó con amabilidad. A diferencia de su marido, su rostro transmitía tristeza en lugar de tensión o enojo. Quizá no era en absoluto consciente de la participación de sus hijos en el crimen, o del tipo de conducta que lo había propiciado. No sería extraño que Kynaston la hubiese protegido de esa realidad, en ese caso sería un hombre más admirable de lo que Monk había supuesto. Sin embargo, al observar el rostro de Fidelis podía apreciarse que su compostura ocultaba un penoso conocimiento y que su serena mirada emanaba de años de autodominio respecto a las más tristes desgracias. ¿Era concebible que ambos lo supieran y que, no obstante, se protegieran mutuamente, sin compartir jamás la tragedia?