El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
No descubrió nada, salvo que había estado allí antes, y eso ya lo sabía. La comisaría en la que había trabajado lo hacía evidente para todo el mundo.
Comenzó por los burdeles más grandes y prósperos. Si Leighton Duff había ido a St Giles en busca de prostitutas, lo más probable era que lo hubiese hecho allí.
Trabajó hasta pasada la medianoche, preguntando, amenazando, engatusando y coaccionando sin descubrir nada de nada. Si Leighton Duff había estado en alguno de aquellos sitios, o bien las madamas no lo recordaban, o bien mentían para salvaguardar su reputada discreción. Monk se inclinaba por la primera opción. Duff estaba muerto, no tenían por qué tener miedo de contestar a Monk. No había perdido tanto de su antigua personalidad como para no poder sacar información a personas que vivían al borde del delito. Conocía demasiado bien ese equilibrio para no aprovecharlo.
Caminaba por un callejón corto subiendo hacia Regent Street cuando vio a un cochero de pie en la acera charlando con un vendedor de bocadillos. Al doblar la esquina le alcanzó una ráfaga de viento helado.
Monk compró un bocadillo enorme por un penique. Le hincó el diente con gusto. Lo cierto es que era muy sabroso, de pan fresco, con la corteza crujiente y una loncha gruesa de jamón, generosamente aderezado con chutney de ruibarbo.
– Está bueno -dijo, con la boca llena.
– ¿Ya ha encontrado a sus violadores? -preguntó el cochero, levantando las cejas. Tenía unos ojos muy tristes, más bien saltones, de color azul pálido.
– Sí, gracias -contestó Monk, sonriendo-. ¿Lleva mucho tiempo trabajando en esta zona?
– Unos ocho años, ¿por qué?
– Por curiosidad. -Se volvió hacia el vendedor de bocadillos-. ¿Y usted?
– Veinticinco -contestó-. Más o menos.
– ¿Me conoce?
El hombre pestañeó.
– Claro que le conozco. ¿Qué clase de pregunta es esa?
Monk se armó de valor.
– ¿Recuerda una redada en un burdel, hace mucho tiempo, en la que sorprendieron a un magistrado? Cayó rodando por las escaleras y se hizo bastante daño. -Antes de terminar de decirlo el rostro del hombre le dijo que sí. La risa lo arrugó y sus labios soltaron una carcajada.
– ¡Sí! -dijo divertido-. ¡Sí, claro que me acuerdo! Menudo cabrón estaba hecho, el viejo Gutteridge. Encerró tres años a Polly Thorp sólo porque un tipo al que le hizo un servicio dijo que le había robado el dinero, ¡mientras tenía los pantalones bajados! -Volvió a reír, hinchando los carrillos, que le brillaban a la luz de la farola del otro lado de la calle-. Le pillaron bien pillado…, con los pantalones bajados y todo. Dejó la judicatura después de eso. Se le acabó el ir endilgando cuatro años por aquí, cinco años por allá, y la gente lo agradeció. Se oían risas por todo Holy Land; lo que yo le diga. Me enteré de que Runcorn se llevó todos los méritos, aunque yo siempre me dije que eso había sido obra suya, señor Monk. Muchos de por aquí lo pensaron. Sólo que no estuvo presente en el momento de los hechos, por decirlo así.
– ¿Eso cree? -dijo Monk despacio-. Bueno, hace mucho tiempo ya. -Quería cambiar de tema. Se estaba quedando sin saber qué decir. No podía permitirse mostrarse vulnerable ante aquellos hombres. Su habilidad dependía del temor y el respeto que les infundiera. Sacó el retrato de Leighton Duff del bolsillo y se lo mostró al vendedor de bocadillos-. ¿Ha visto a este hombre alguna vez?
El vendedor de bocadillos inclinó un poco el papel hacia la luz de la lejana farola. Meditó unos instantes.
– Sí, era el vejete que liquidaron en Water Lane. Ya me lo enseñó un guindilla, este dibujo. ¿Por qué quiere saberlo?
– Me preguntaba si habría venido por aquí alguna vez antes de esa noche -contestó Monk.
El cochero le miró con curiosidad.
– ¡Eh, espere un momento! -dijo, interviniendo de motu proprio-. Yo lo he visto. No la noche en que lo liquidaron, ésa no, pero le vi antes de eso, como un par de semanas antes, o puede que menos. Fue la noche antes de Nochebuena, ¡de eso me acuerdo! Se lo juro.
Monk notó que el cuerpo se le tensaba y que el corazón empezaba a latirle con fuerza. Percibía un aroma de triunfo.
– ¿La noche antes de Nochebuena estuvo aquí, en St Giles?
– ¡Sí! ¿No se lo acabo de decir? Iba descompuesto, el tío, como si se hubiese peleado. La cara manchada de sangre, tenía, y también las mangas.
Monk tragó saliva.
– Piénselo bien. ¿Está seguro?
– Sí, claro que estoy seguro. Las orejas, ¿sabe? -Miró a Monk con una sonrisa-. Me gustan las orejas. Las orejas siempre son distintas. ¿Se había fijado en eso?
– Sí, por supuesto. ¿Y qué es lo que recuerda tan bien de las orejas de este hombre? -preguntó, mientras levantaba la mano ante el dibujo para ocultar las orejas.
– Largas -dijo el cochero sin titubeos-. Largas y delgadas, con el lóbulo grande. Aparte la mano y mire. Verá que no me equivoco.
Monk obedeció. El hombre tenía razón.
– ¿Y la sangre? ¿Vio si estaba herido? -No quería preguntarlo. Faltó poco para que no lo hiciera. Aquello lo desmentía todo. El caso se le iba de entre las manos.
– No, sólo sangre. No tenía por qué ser suya. Podría ser la de otro. Parecía como borracho, iba tambaleándose un poco, pero la mar de contento, como si acabara de ganar algo. Así que igual hubo alguien que se llevó la peor parte, ¿eh?
– Es posible. ¿Iba solo? ¿Vio a alguien más? -¿Habría estado Rhys con él, o le habría dejado donde hubiese tenido lugar la pelea? Aquel testimonio era demasiado bueno para ser verdad. ¡Quizá después de todo sería capaz de llevarle algo a Hester! O, mejor dicho, a Rathbone.
– Vi a otro -dijo el cochero, meditabundo-.
Pero no sabría decirle quién era. Sólo vi una sombra. Alto, más bien, y flacucho, aunque no es fácil decirlo, llevaba un buen abrigo. Tapa mucho un buen abrigo.
– Alto… y delgado -dijo Monk, despacio-. ¿Y su cara? ¿Era moreno o rubio? ¿Joven o viejo? -¿Cuan probable era que se tratara de Rhys?-. ¿También iba herido?
– ¡No me atosigue! -protestó el cochero-. Sólo puedo contestar una cosa cada vez.
– ¿Le vio la cara? -preguntó Monk, controlándose con dificultad.
– A medias.
– ¿Moreno o rubio?
– Moreno. Muy moreno.
Monk tragó saliva.
– ¿Y pudo ver si iba herido?
– Pues sí, ahora que lo pienso, también llevaba sangre encima. Tampoco mucha, hasta donde yo vi. Pero sí, iba hecho una piltrafa. Diría que el abrigo estaba desgarrado, y parecía mojado. ¿Por qué, jefe? ¿Qué importa eso ahora? Ya lo ha pillado, ¿no?
– Sí. Sólo trato de poner un poco de orden en las pruebas que verá el tribunal. ¿Está convencido de la fecha?
– Sí, ya se lo he dicho.
– Gracias. Me ha sido de gran ayuda. Ahora hágame el favor de llevarme a Ebury Street. Y tome otro bocadillo. -Dio tres peniques al vendedor de bocadillos y cogió dos-. Tome uno también usted -agregó, alegremente-. Son muy buenos. -Le dio uno al cochero y saltó a bordo de una zancada. Lo único que lamentaba era no tener nada para el caballo.
En Ebury Street se apeó y pagó al cochero, a quien dio las gracias de nuevo, subió los escalones y llamó a la puerta. Cuando Wharmby la abrió, tan adusto como siempre, Monk pidió ver a la señora Duff.
– Lo lamento, señor, pero la señora Duff no recibe en este momento -dijo Wharmby, con firmeza.
– Por favor, hágale saber que trabajo para Sir Oliver Rathbone y que debo hacerle una pregunta relacionada con el caso -repuso Monk, con el mismo estoicismo-. Es importante que reciba una respuesta para seguir avanzando. Es por el bien del señor Duff.
– Sí, señor, se lo diré. -Titubeó. No había más que decir y, sin embargo, no se movió.
Monk aguardó. Tenía ganas de meterle prisa, pero temía que si se mostraba demasiado directo rompería el hechizo del momento y saldría perdiendo.