El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
A Hester se le ocurrieron un montón de cosas que decir. Quería excusar a Rathbone. Se había comprometido a defender una causa imposible porque ella le había convencido. Le había persuadido para que viera a Rhys y así compartiera la piedad y el instinto de protección que el muchacho le inspiraba. Se sentía culpable por ello, y lo admiraba por no anteponer su reputación, exponiéndola al fracaso que le aguardaba.
Quería que Monk sintiera la misma compasión y aceptara el caso, ¡no por ella, sino por Rhys! Aunque eso no era del todo cierto. También quería que lo aceptara por ella, tal como había hecho Rathbone. Y lo bueno del caso era que se avergonzaría de sí misma si Monk aceptaba.
Ahora bien, lo único que importaba era Rhys. Estaba en juego su vida.
– Estuviste investigando las violaciones -dijo Hester a Monk-. Ahora podrías investigar sobre el propio Rhys y su padre. Descubrir si Leighton Duff sabía lo que estaba haciendo su hijo, y si le siguió para intentar impedírselo.
– No veo que eso pueda servirle de mucho -señaló Monk, con amargura-. ¡Y no se me ocurre nada que pueda servir de algo!
– ¡Pues inténtalo! -gritó de pronto Hester, invadida por la impotencia, la rabia y el dolor-. No creo que Rhys sea malvado ni esté loco. Tiene que haber algo más…, alguna herida, algún…, no sé… ¡algo! ¡No tienes más que buscarlo!
– Te han vencido, Hester -dijo Monk, con sorprendente dulzura-. No sigas luchando. No le hace ningún bien a nadie.
– No, te equivocas… -Quería llorar. Notaba las lágrimas escociéndole en los ojos y la garganta. Era ridículo-. ¡Sólo… inténtalo! ¡Tiene que haber algo más que podamos hacer!
Monk la miró fijamente. No la creía, y ella se daba cuenta. Hundió las manos en los bolsillos.
– De acuerdo, lo intentaré -accedió, negando ligeramente con la cabeza-, aunque no servirá de nada.
– Gracias -intervino Rathbone-. Será mejor que quedarse de brazos cruzados.
Monk suspiró.
– Dejen de mojarme el suelo y cuéntenme lo que sepan…
Capítulo 11
Monk tenía muy claro que cualquier intento de hallar circunstancias atenuantes para explicar la conducta de Rhys Duff estaba condenado al fracaso. Era un muchacho cuya falta de dominio, en primer lugar de sus apetitos y después de su genio, le había llevado de la violación a la acusación de asesinato a la que ahora se enfrentaba. Curiosamente, lo que Monk no le perdonaba eran las palizas. De todos sus crímenes, le parecían el colmo de la violencia gratuita.
Sin embargo, iba a intentarlo, por Hester. Había dicho que lo haría, llevado tal vez por la emoción del momento, y ahora estaba obligado.
Con todo, ése no era el meollo de sus pensamientos mientras se dirigía a St Giles. No conseguía librarse de la expresión de desdén que había visto en los ojos de las personas que le habían conocido antes del accidente y eran partidarias de Runcorn por considerar que se había llevado la peor parte. Runcorn, tal como era ahora, irritaba a Monk como un sarpullido. Era pedante, estrecho de miras, servil. Aunque quizá no siempre había sido así. Cabía imaginar que lo sucedido entre ellos hubiese contribuido a deformar su naturaleza original.
Si alguien hubiese presentado tal argumento como excusa de su propia conducta, lo habría rechazado justamente como eso: una excusa. Otra cosa era que le faltara el coraje, la honestidad o la fuerza necesarios para superarlo. Aunque al juzgar a terceros era capaz de una benevolencia que jamás se concedía a sí mismo.
Se encontraba en Oxford Street avanzando hacia el sur. En breve, el coche de caballos se detendría y él se apearía. Haría el resto del camino a pie, sin saber aún con qué objetivo concreto. El tráfico era denso, llegaban gritos desde todas direcciones, el aire estaba lleno de relinchos de caballo, del traqueteo de los arneses y los silbidos de las ruedas en la lluvia.
Debía centrar su atención en Rhys Duff. ¿Qué podía buscar? ¿Qué constituiría una circunstancia atenuante? La tesis del accidente era insostenible. Tuvo que haber sido una pelea deliberada y prolongada, librada hasta que ambos hombres fueron incapaces siquiera de moverse. ¿Provocación? Aquello era concebible para Leighton Duff, por la rabia y el dolor de descubrir lo que había hecho su hijo. No resultaba concebible a la inversa.
Salvo si había algo más, otra pelea que llegó a su punto culminante en Water Lane. ¿Acaso eso justificaría algo? ¿Existían circunstancias que permitieran comprender una violencia tal que terminara en asesinato? No se las imaginaba. Leighton Duff no había muerto de un golpe en la cabeza, que podría haber sido fruto de una trágica pérdida de control. Había muerto apaleado, golpe tras golpe.
El coche se detuvo, Monk se apeó, pagó al cochero y se encaminó bajo la lluvia hacia el primer callejón. El olor a suciedad empezaba a resultarle familiar, así como la grisácea estrechez de los edificios, las paredes combadas y vencidas, la sensación de derrumbe inminente cuando crujía la madera. El viento batía los marcos sueltos y silbaba entre los cristales rotos.
«Holy Land» era así veinte años atrás, sólo que más peligroso. Se levantó el cuello del abrigo y hundió las manos en los bolsillos. No valía la pena intentar esquivar los charcos; las alcantarillas rebosaban por todas partes. La única solución consistía en guardar unas botas viejas expresamente para aquellos menesteres.
¿Qué había impulsado a Leighton Duff a seguir a su hijo aquella noche en concreto? ¿Habría encontrado algo que, con una horrible impresión, le hiciera caer en la cuenta de lo que estaba haciendo el chico? ¿Qué podía ser y por qué no lo había encontrado Evan? ¿Lo habría destruido Leighton Duff, o se lo habría llevado consigo para enfrentarse a Rhys? En tal caso, ¿por qué no lo habían encontrado entre sus objetos personales? Rhys no se había marchado. ¿Se lo habrían llevado Arthur o Duke Kynaston para luego destruirlo?
¿O tal cosa no existía y Leighton Duff ya lo sabía de antes, o cuanto menos lo sospechaba? ¿Qué le había decidido a seguir a Rhys aquella noche?
¿Cabía pensar que le hubiese seguido en otra ocasión?
Cruzó un patio angosto con una herrería en el otro extremo. El calor que desprendía el horno se propagaba a una distancia considerable, mezclado, con el olor a fuego, a metal candente, a cuero mojado y sudor de caballo.
Se le ocurrió una idea nueva mientras apretaba el paso para evitar que el calor le atrapara. ¿Y si Leighton Duff también frecuentaba a las prostitutas y era así como se había enterado de la conducta de Rhys? Puestos a considerar la cuestión, ¿cómo se había enterado? ¿Rhys había regresado a casa herido, viéndose obligado a explicar a su padre a qué se debían las manchas de sangre, los arañazos y los moretones? Seguramente, no. Sin duda gozaba de la suficiente intimidad como para que no resultara necesario dar esa explicación ni ninguna otra más simple. Bastaba con que le quitara importancia diciendo que se había enardecido en un combate de boxeo, o alegando un accidente hípico, una refriega callejera, una caída, mil cosas. Debería comprobar con Sylvestra Duff si había sucedido algo por el estilo.
¿Y qué pasaría si Leighton Duff hubiese estado allí por su cuenta, tal vez para pasar el rato con una prostituta en concreto? Eso explicaría que se hubiera enterado de la presencia de Rhys en St Giles, así como de la serie de violaciones y palizas; y quizás explicaría también parte de la rabia de Rhys al ser castigado por su padre. Semejante hipocresía, a sus ojos, bastaría para enfurecerle.
Y para rematar el asunto, el estar al corriente de la asociación de su padre con tales mujeres, ¿explicaba su propia violencia hacia las prostitutas, una sensación de violación de su familia, sobre todo de su madre? Eso podría considerarse el principio de alguna clase de atenuante…, suponiendo que fuese verdad…, y demostrable.