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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Hermosa complejidad… Porque no todo el mundo creía que el otoño fuera tan positivo para el hombre. Ahí estaba el doctor Andújar, quien tenía constancia, gracias a su especialidad, de que el tránsito del verano al invierno convulsionaba dramáticamente a gran número de personas. El doctor Andújar había ejercido durante siete años en Santiago de Compostela -donde se encontraba cuando aceptó el nombramiento de director del Manicomio de Gerona- y sabía por experiencia que al llegar octubre acudirían matemáticamente a su consulta una serie de pacientes implorando su ayuda. "Doctor… vuelvo a estar muy mal. Otra vez la angustia". "Doctor, no sé lo que me pasa. Otra vez aquella tristeza…" "Doctor, si no me ayuda usted, no sé si voy a poder resistir".

El doctor Andújar comprobó, en aquel mes de octubre, que Gerona, pese al equilibrio del paisaje, no era una excepción. En el Manicomio los internados sufrieron crisis muy fuertes, siendo lo peor que el establecimiento era lóbrego hasta extremos inimaginables. Aparte de la gran cantidad de enfermos -ochocientos- y de la promiscuidad en que se veían obligados a vivir, los patios eran raquíticos y la indumentaria de los pacientes daba grima. "¡Ochocientos! -había exclamado el doctor Andújar, el día en que el doctor Chaos le cedió el sillón de director-. ¡Y esos camastros! ¡Y esos comedores colectivos!". El doctor Andújar hubiera deseado un pabellón especial para cada dolencia, jardines holgados y mucha higiene.

El doctor Chaos, condiscípulo del doctor Andújar en la Facultad, sabiéndose responsable de que su amigo se encontrase en Gerona, le dijo:

– De todos modos, en mis cartas te pinté con pelos y señales cómo era esto…

– ¡Oh, desde luego! No te acuso a ti…

Tal vez el doctor Andújar consiguiera mejorar las cosas… Porque su personalidad era, tal como intuyera Ignacio, fuerte. Lo era tanto, que el hombre estaba destinado a marcar huella en la ciudad.

El doctor Chaos había dicho de éclass="underline" "Es un hombre cabal, ejemplar". No cabía mejor descripción. Nacido en Zamora, hijo de médico, el doctor Andújar, apenas llegado a Gerona con su esposa ¡y sus ocho hijos! -instalándose en el enorme piso que había pertenecido precisamente al coronel Muñoz-, demostró interesarse vivamente por todos los problemas relacionados de uno u otro modo con el sufrimiento. Su teoría era que debajo de las apariencias en todas partes existía, y no sólo en la estación otoñal, un mundo doliente. "El dolor forma parte de la vida. En cada hogar y en cada individuo se esconde la aflicción y es deber de todos mitigarla en lo que nos sea posible".

El doctor Andújar tenía cuarenta y seis años y una salud de hierro. Pelo abundante, frente ancha, ojos muy negros, la psiquiatría lo había atraído desde el primer curso de la carrera.

Vestía siempre trajes severos. Al hablar con los enfermos apenas si gesticulaba, por lo que sus palabras iban saliendo de su boca con una gran carga de autoridad. Tenía las cejas muy pobladas y cuando se reía la nuez le subía y le bajaba, lo que divertía mucho a sus ocho hijos. Su esposa, Elisa, no contaba en su mundo profesional. Era muy "madre" y nada más. Llevaba años sin leer siquiera el periódico y nadie comprendía que el doctor Andújar pudiera conversar con ella. En cambio, su hija mayor, Gracia Andújar -de quien Mateo había hecho mención-, era su secretaria, su enfermera, su colaboradora insustituible. Gracia tenía dieciséis años, había terminado el Bachillerato, pese a lo cual no se cortó la trenza única que llevaba, linda trenza que bastó para que Esther dijera: "Por fin una nota alegre en las calles gerundenses".

No dejaba de ser paradójico que el doctor Chaos y el doctor Andújar sintieran una amistad recíproca tan sólida, pues eran tan distintos como pudieran serlo Alfonso Estrada y el señor Carlos Grote. El doctor Chaos, como es sabido, creía que la religión y sus derivados eran cómodas soluciones inventadas por el hombre, desvalido e ignorante. El doctor Andújar, por el contrario, era creyente a machamartillo. En todas partes -incluyendo la locura- veía la presencia de un Ser Todopoderoso. De ahí que se uniese fervorosamente a los Viáticos y que nada lo hiciera tan feliz como asistir a la Santa Misa los domingos, con toda su familia, ocupando dos bancos de la iglesia.

Ahora, en Gerona, en aquel otoño gris que en opinión del profesor Civil era el color que mejor le iba a la ciudad, los dos hombres, al rememorar sus tiempos estudiantiles, recordaron que ya por entonces, en la Facultad, sobre todo al salir de la sala de disección, habían discutido largamente sobre el particular. Y advirtieron que los años transcurridos no habían hecho más que reforzar el criterio de cada uno. En efecto, el doctor Chaos le confesó a su amigo que cada vez que realizaba una autopsia se afianzaba en su convicción de que no existía sino el cuerpo, lo biológico. En cambio, el doctor Andújar manifestó que a él le ocurría lo contrario: ante la muerte sentía, casi de manera palpable, cómo al paralizarse el corazón se escapaba de cada hombre algo que no tenía nada que ver ni con los músculos ni con los vasos sanguíneos: un soplo de existencia superior.

Esta disparidad conceptual abarcaba los campos más diversos. Era muy raro que estuvieran de acuerdo en algo. ¡Nunca olvidarían la obligada cena protocolaria que, en honor del doctor Andújar, a la llegada de éste, organizó en su casa el Gobernador! Se tocaron toda suerte de temas -cierta posible semejanza entre Gerona y Santiago de Compostela; el carácter español; la guerra civil…- y la discrepancia fue continua. Hasta el punto que María del Mar dijo: "Me recuerdan ustedes a Pablito y a Cristina. Se adoran; pero son el gato y el ratón". A lo que el doctor Chaos contestó: "Sí, algo hay de eso. Pero que conste que aquí el ratón soy yo".

El doctor Chaos dijo esto porque en el fondo de su corazón envidiaba a su amigo: sereno, cabeza de familia, aficionado al canto gregoriano, sin apetencias malsanas…

Éste era, por supuesto, el tema concreto sobre el que las divergencias de los dos colegas adquirían evidente patetismo: el de la deformación sexual que afectaba al doctor Chaos. En efecto, nadie mejor que el doctor Andújar conocía el asunto. Y su tesis, defendida también desde los tiempos estudiantiles, era que el doctor Chaos hubiera podido dominarse, corregirse y encauzar su inclinación hasta conseguir interesarse por el sexo contrario. El doctor Chaos lo negó siempre, con una firmeza que casi causaba espanto. No creía en la posibilidad de autodominio, y mucho menos en su caso. "Ya en el período de la lactancia me repugnaba el pecho de mi madre. Y, por supuesto, a los cuatro años arañaba a mis hermanas y a todas las niñas de mi edad".

Ahora, con motivo de su reencuentro, el doctor Andújar le preguntó:

– Pero ¿no has evolucionado nada en todo este tiempo? ¿No se ha operado en ti ningún cambio?

– Ninguno -le contestó el doctor Chaos-. Sigo en las mismas. Persiguiendo como un estúpido al primer adolescente que se me ponga a tiro. ¡Ya estoy acostumbrado, claro! Pero me disgusta que la cosa haya empezado a trascender en la ciudad…

La noble cabeza del doctor Andújar se movió preocupadamente. Esto último no le gustó ni pizca.

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