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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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– ¿No crees que puedo ayudarte? -le dijo-. Si así fuera, daría por bien empleada mi venida a Gerona y todo lo que aquí pueda ocurrirme.

– No, no lo creo. Todo lo que he intentado ha sido inútil -El doctor Chaos, advirtiendo que su amigo se disponía a insistir, lo atajó diciendo-: Además, ¿a qué perder el tiempo conmigo? Ochocientas almas, como tú dirías, esperan de ti en el Manicomio… Es bastante, ¿no te parece?

El doctor Andújar negó con la cabeza.

– No, no es bastante. Acepta la responsabilidad de lo que voy a decirte: el alma que aquí más me interesa es la tuya…

El doctor Chaos se colocó a la defensiva. Si algo detestaba eran los sermones moralizantes. Por descontado sabía que su amigo no caería en el error de teorizar, como si tratara con un párvulo. Sabía también que el doctor Andújar era realmente capaz de amar y que su intención era siempre recta. Pero ¡la carga que él llevaba era tan pesada… y tan irremediable! Los dos hombres se encontraban en el despacho rector del Manicomio, cuyo gran ventanal daba al patio en que paseaban las mujeres. Habían estado observándolas un buen rato. Algunas enfermas, andaluzas, llevaban una flor en el pelo; otras rezaban el rosario; la mujer del Responsable exhibía como siempre su pancarta, pancarta que ahora decía: "Soy feliz".

– ¿No comprendes, amigo Andújar, que si eso que tú llamas alma existiera, los instintos se le someterían como mi perro, Goering, se somete a mí?

De nuevo el doctor Andújar negó con la cabeza.

– El planteamiento es falso, y tú lo sabes. Para someter los instintos hay que luchar; y si tu perro te obedece es porque lo miras a veces con ternura, otras veces con autoridad. Ese Ser Supremo, en el que yo creo, organizó el juego de este modo: debemos merecernos la paz interior. No quiso que nuestra victoria fuese un regalo sin mérito alguno por nuestra parte. Eso lo reservó para los ángeles, pese a lo cual alguno se le rebeló…

El doctor Chaos, alto y elegante, permaneció inmóvil en su butaca. Hubiera querido sonreír, como algunas de las enfermas que se paseaban por el patio; pero no pudo. Toda su existencia fracasada se le convirtió en presente. Detrás del doctor Andújar, en la pared, había un gran crucifijo que de pronto le produjo intensa angustia.

– Extraño Ser Supremo el tuyo, que se complace en hacernos débiles y nos ordena que lleguemos a ser dueños de nosotros mismos. Cuando en tu casa contemplas a tus hijos, ¿te entretienes también con ese género de experimentos? Tengo la sospecha de que lo que procuras es facilitarles el camino.

– También Dios nos lo facilita, aunque en apariencia no sea así. Conoces la frase evangélica: "No os abandonaré". Los creyentes palpamos a diario el influjo de lo sobrenatural. Sin esa fuerza nadie alcanzaría los diez años de edad. Todos sucumbiríamos antes. Nuestro primer acto es llorar; pero luego descubrimos que el mundo puede ser bello. De mis hijos, precisamente he aprendido esto. Los veo crecer y te juro que el espectáculo es un milagro constante.

– ¿Y si uno de tus hijos te hubiera nacido anormal?

– Procuraría aceptarlo, como se acepta un rayo. Y no olvides que a menudo los anormales son los que con mayor clarividencia ven a Dios.

– La teoría es fascinante… ¡Dejad que los dementes, que los lisiados, que los homosexuales como el doctor Chaos se acerquen a Mí!

– Exacto. Suena a falso, ¿verdad? Parece una blasfemia. Pero lo bueno de las blasfemias es que son oraciones al revés.

– ¿Entonces, cuando siento asco de ser como soy y miro con ira a los demás y al retrato de mi madre, estoy rezando?

– En cierto modo, así es. El diablo, que es la criatura que más apasionadamente cree en Dios, cuando blasfema no reza, porque él no aspira ya a perfeccionarse, ni puede rectificar; pero el hombre, sí. Al hombre Dios le permite que dude, para que vaya convenciéndose de que todo lo que no sea Él es absurdo.

– En ese caso no hay más que hablar. Estoy salvado. Porque a mí me parece absurdo todo; incluso que te esté escuchando desde esta butaca sin haberte pegado ya un diabólico puñetazo.

El doctor Chaos dijo esto último… ¡sonriendo! Por fin lo había conseguido. La recta intención de su amigo el doctor Andújar, el calor que éste había puesto en sus palabras, habían logrado tan bella mutación. ¡Ah, qué inteligente, qué santo, qué ingenuo se le aparecía ahora su condiscípulo de la Facultad!

El doctor Andújar sonrió también. Afuera, las enfermas seguían paseando.

– Estarás pensando que debería llevar sotana, ¿no es eso?

– ¡Quia! -El doctor Chaos se levantó-. La bata blanca te sienta de maravilla. Es el uniforme de la inocencia.

– Perdona -contestó el doctor Andújar, levantándose a su vez-, pero lo inocente es ser médico y no aceptar que existe el misterio.

– Yo no niego que exista el misterio -replicó el doctor Chaos, pasándose la mano por la frente-. Lo que niego es que tú sepas dónde está.

El doctor Andújar avanzó un paso y se colocó frente a su amigo.

– Pues lo sé, querido Chaos. El misterio está en que yo me encuentre en Gerona… y en que tú no me hayas pegado efectivamente un puñetazo.

Avanzaron hacia la puerta. El doctor Chaos tenía ganas de suspirar, pero no lo hizo. Ahora, de espaldas al crucifijo, se sentía mejor. Infinitamente triste, pero con una sensación de sosiego.

– ¿Cuánto le debo por la visita, doctor? -preguntó, volviendo ligeramente la cabeza.

El doctor Andújar hizo un mohín cómico. Luego dijo:

– Ahí en el vestíbulo está mi hija Gracia, que es quien lleva las cuentas. Entiéndase con ella.

– De acuerdo. Y muchas gracias…

El doctor Chaos salió y abandonó el Manicomio. Fuera, el otoño obtenía también de los árboles bellas mutaciones. El otoño era positivo, como afirmaban 'La Voz de Alerta' y el general Sánchez Bravo. Invitaba a hacer proyectos… Y era complejo.

CAPÍTULO XXIII

El acontecimiento más importante ocurrido en aquel mes de octubre, además del comienzo del campeonato de fútbol, fue la apertura del curso escolar. Algunas personas, como el profesor Civil, recordaban que David y Olga, antes de 1936, habían tenido originales ideas pedagógicas -utilizar pizarras de color verde, hacer visitas colectivas a fábricas y talleres, etcétera-, por desgracia adulteradas a la postre por la endiablada política. ¿Cuál iba a ser el plan actual? En resumidas cuentas, ¿qué rumbo imprimiría a la Enseñanza el inspector Agustín Lago?

Los comentarios eran de este tenor:

– Por fin podremos mandar nuestros críos a la escuela con la seguridad de que no les cantarán las alabanzas de Lenin.

– Sí, pero ahora nos iremos al lado opuesto. Supongo que el que no se sepa de corrido los discursos de José Antonio, suspenso hasta septiembre.

– ¡No seas exagerado!

– Pues yo he oído decir que se hará mucho deporte, mucho músculo.

– Eso me parece bien.

El señor Grote aseguró que en Barcelona, en algunos colegios de monjas, las alumnas ricas entrarían por una puerta y las pobres por otra; Galindo dio por cierto que los maestros cobrarían como máximo doscientas cincuenta pesetas mensuales, lo que los obligaría a llevar siempre la misma corbata; el profesor Civil sospechaba que los libros de texto, condicionados por el clima ideológico reinante, serían mediocres; la Torre de Babel calculó que, entre las vacaciones de verano, de Navidad, de Semana Santa y las festividades religiosas y patrióticas, los días hábiles de clase quedarían reducidos a menos de un semestre.

Cabe decir que la persona más interesada en conocer la verdad de la cuestión, más incluso que el Gobernador, era el señor obispo. El señor obispo no se fiaba de habladurías y sabía que del "plan" que hubiera trazado Agustín Lago dependían muchas cosas. Así que, para saber a qué atenerse, unos días antes de que se abrieran las puertas de las escuelas, mandó llamar al inspector con el propósito de obtener de él un informe detallado y directo.

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