Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
Como es lógico, el doctor Gregorio Lascasas conocía ya a Agustín Lago. Y cabe decir que lo tenía en el mejor de los conceptos. Desde el primer momento valoró debidamente que viviera en una modesta pensión y que llevara almidonado el cuello de la camisa. Vio en él algo incontaminado y profundo. De suerte que estaba seguro de que nada incorrecto habría germinado en su cabeza.
La entrevista, que tuvo lugar en Palacio, lo convenció de que no se había equivocado. A medida que el inspector hablaba, el señor obispo iba repitiendo para sí: "Exacto. Perfecto". Cuando la materia rozaba la religión el doctor Gregorio Lascasas no podía menos de acariciarse el pectoral y asentir complacido. "Realmente -seguía diciéndose- es consolador oír a un seglar hablando de ese modo".
Todo estaba perfectamente claro. Según Agustín Lago, era natural que circularan rumores de toda índole. Pero los cabos estaban bien atados y todo cuanto se hiciera sería fruto de la meditación. "Evidentemente, el sueldo de los maestros era insuficiente y constituía un serio problema. También era de lamentar la falta de viviendas, especialmente para los maestros casados y la ínfima calidad del material escolar. Pero nada de esto dependía de la Inspección Provincial. Lo único que ésta podía hacer era enviar obstinadamente informes a Madrid". "Lo importante era que los alumnos estudiasen, que aprendiesen y que formasen sólidamente su carácter. Debía exigírseles mucho, pues el mundo evolucionaba de forma tal que el futuro pertenecería a los estudiosos. Ahí existía cierta desavenencia con los objetivos de la Falange, que concedía importancia primordial a la política. Pero era de prever que todo se encauzaría de la mejor manera". "Habría que proceder de tal suerte que los alumnos se convenciesen de que el mejor modo de servir a Dios era precisamente trabajar. Trabajar y, por supuesto, orar… El conflicto se plantearía de forma distinta en los colegios religiosos y en los colegios laicos; de ahí que se haría necesario un control constante de la labor realizada…" "Y desde luego, por encima de todo, habría que inculcar a los niños el sentido de responsabilidad, del autodominio y la finura de conciencia". Etcétera.
Las palabras de Agustín Lago, su rigor conceptual, sus ademanes mesurados y, sobre todo, el conocimiento sólido que demostró poseer de lo que el doctor Gregorio Lascasas llamaba "los esquemas evangélicos", causaron en el señor obispo tal impresión que éste, olvidándose de pronto del tema de la enseñanza, proyectó toda su atención hacia su interlocutor, cuya manga hueca, flotante, le descansaba sobre la rodilla.
– Dígame, hijo mío… -habló el prelado, llevándose los índices a los labios como si quisiera besarlos-. ¿A qué se debe su formación? ¿Ha cursado usted estudios teológicos o ha estado en algún noviciado?
Agustín Lago, sin querer, como le ocurría tan a menudo, sintió que se le teñían las mejillas. Luego negó con la cabeza.
– No, Ilustrísima. Pero pertenezco al Opus Dei.
– ¡Caramba! -exclamó, sorprendido, el señor obispo-. ¿Pertenece usted… a la Obra de Dios?
– Exactamente.
El señor obispo semicerró los ojos, de suerte que éstos se le convirtieron en dos líneas horizontales debajo de las cejas.
– Interesante, interesante… -repitió-. ¿Sabe usted que en Zaragoza tuve ocasión de conocer, antes de la guerra, a su fundador, el padre Escrivá?
Agustín Lago expresó intensa alegría.
– ¡No, no lo sabía! -Luego añadió, en tono natural-: Un hombre extraordinario, ¿verdad?
El señor obispo afirmó con la cabeza.
– Duro… y afectuoso. Bonita combinación… -Hubo un silencio, pues Agustín Lago se había colocado a la expectativa. El señor obispo rompió dicho silencio preguntando-: Y dígame… ¿Qué ha sido del padre Escrivá? Durante la guerra corrió la voz de que había muerto…
Agustín Lago no acertó a disimular su emoción.
– Sí, eso se dijo… Pero por suerte no fue así. Ocurrió que los rojos mataron a una persona creyendo que era él… Pero, como le digo, resultó falso. El padre Escrivá entró en Madrid con las fuerzas nacionales, en el primer camión de una de las caravanas que regresaban a la capital… Y allí está ahora.
El doctor Gregorio Lascasas estornudó inoportunamente -¡ah, las corrientes de aire de Palacio!- y luego preguntó a su visitante, sacándose el pañuelo de la bocamanga:
– Y usted… ¿está en contacto con él?
– Pues sí. Le escribo de vez en cuando… y él me contesta.
El señor obispo se sonó, procurando no hacer ruido.
– De todos modos, no tienen ustedes personalidad jurídica, ¿verdad?
– No, no la tenemos… ¡Somos tan pocos! Al terminar la guerra quedamos tan desconectados unos de otros, que en un momento dado creí que me había quedado solo, que yo era el Opus Dei.
El señor obispo dobló el pañuelo y lo devolvió a su lugar habitual.
– La Obra de Dios… -repitió-. Conozco el regimiento…
– ¿Lo conoce usted? -preguntó Agustín Lago, interesado.
– Sí, claro… Leen ustedes un pequeño libro de meditación, titulado Calino; no viven en comunidad; siguen ejerciendo su profesión; respetan por encima de todo la libertad personal… ¿Me he equivocado en algo?
– En nada -respondió Agustín Lago, sin poder ocultar su asombro-. El resumen es perfecto.
El señor obispo, inesperadamente, se ajustó con gracia el solideo, que se le había desplazado un poco, y mudando de expresión añadió:
– Hijo mío, yo no veo ahí más que dos peligros… Primero, el que supone no vivir en comunidad. ¡Las tentaciones son tantas! Y luego, ese respeto a la libertad personal… Me parece muy arriesgado. ¿O no lo cree usted así?
Agustín Lago no supo qué contestar. Los ojos del señor obispo se habían convertido de nuevo en dos líneas horizontales.
– No sé, Ilustrísima… Los seglares…
– ¡Oh, sí, me consta que su propósito es recto! Pero en la práctica… -El doctor Gregorio Lascasas endureció, quizás involuntariamente, el tono de su voz-. No debemos olvidar que fue el propio Jesús quien dijo: "Yo soy la vid y vosotros los sarmientos".
Mil argumentos se agolparon en la mente de Agustín Lago. Titubeó un momento y por fin dijo:
– Creo, Ilustrísima, que no existe conflicto. Se puede ser sarmiento en medio del mundo. Uno de los pensamientos de Camino dice: "¡Qué grande cosa es ser un pequeño tornillo!".
El señor obispo reaccionó con simpatía y sonrió.
– Sí, ya sé. Y hay otro pensamiento que dice: "Tú y tus hermanos, unidas vuestras voluntades para cumplir la de Dios, seréis capaces de vencer todos los obstáculos".
Agustín Lago enmudeció. Sin duda el señor obispo estaba al corriente. Experimentó una mezcla de temor y de halago. Sonriendo a su vez dijo:
– Estoy dispuesto a dar testimonio de que me siento a gusto uniendo mi voluntad a la de los demás… Confío en que mi conducta merecerá la aprobación de Su Ilustrísima.
– Eso está bien. Voy a darle mi bendición para que tenga siempre presente lo que acaba de decir.
Agustín Lago se sorprendió, pues las palabras del señor obispo parecían indicar que éste daba por terminada la entrevista.
Así era, en efecto. El doctor Gregorio Lascasas se había levantado y al hacerlo su figura se agigantó increíblemente.
Agustín Lago se levantó también, con cierta rigidez, como si todavía estuviera en el ejército; y acto seguido comprendió que no le cabía más remedio que hincar la rodilla. Así lo hizo.
El señor obispo lo bendijo y le dio a besar el anillo.
– Vaya usted con Dios, amigo mío. Sea perseverante en su maravilloso plan escolar… Y de vez en cuando, venga a verme.
El doctor Gregorio Lascasas acompañó a Agustín Lago hasta la puerta. El inspector inclinó repetidamente la cabeza y desapareció.