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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Dos cosas la preocupaban: que en ocasiones experimentara como un secreto placer denegando un salvoconducto, y que en el fondo de su corazón deseara, sin saber exactamente por qué, que Alemania atacara por sorpresa a algún otro país y lo invadiera en tres semanas, como había hecho con Polonia.

Eloy, el "renacuajo", continuaría adscrito hasta nueva orden a la familia Alvear, pues las gestiones realizadas por la Sección Femenina y por Carmen Elgazu en el Norte, para encontrarle parientes, habían fracasado. Se obtuvieron referencias de un individuo de Guernica exiliado en Toulouse, minero de profesión y que "podía ser tío suyo". Pero el supuesto "tío" negó todo parentesco con Eloy.

En vista de ello se aplazó cualquier decisión, tanto más cuanto que el chico se sentía feliz en casa de los Alvear y éstos, aun conscientes de que aquello no podía durar indefinidamente, estaban encantados con él. Incluso la mujer de la limpieza, Claudia, por lo general hosca y callada, sentía por el pequeño viva simpatía, sobre todo porque Eloy, siempre presto a echar mano en la casa, la ayudaba a limpiar los cristales, bajaba el cubo de la basura y quitaba con la escoba las telarañas del techo. Últimamente se había empeñado en hacer las camas… "Pero ¡si no sabes! -reía Carmen Elgazu-. ¡Si luego se nos enredan los pies y no hay quien pegue ojo! Anda, coge el molinillo y muele el café…"

La llegada de Manuel, de Burgos, había constituido un refuerzo para Eloy. Hicieron buenas migas. No tenían mucho que hablar, pues a Manuel le tiraban los libros y a Eloy el fútbol. Pero jugaban juntos al parchís y a las cartas, en espera de que empezasen las clases en el Grupo Escolar San Narciso y se daban alguna que otra vuelta por las márgenes del Ter. A veces Matías, al salir de la oficina, se los encontraba a los dos esperándolo junto a la Cruz de los Caídos, que se había levantado precisamente delante de Telégrafos. Eloy, al verlo, tiraba con brío al aire la boina vasca que Matías le trajo de Bilbao, mientras Manuel sonreía un poco cohibido, como siempre. Matías se emocionaba al acercarse a ellos y a gusto los hubiera invitado a fumar.

Eloy llevaba mucho tiempo pensando en ganar como fuere algo, para contribuir de algún modo al presupuesto hogareño. Y he ahí que tuvo una idea digna del hombrecito que empezaba a ser. El chico, que había regresado del Campamento Onésimo Redondo mucho más crecido, tostado por el sol y con las pecas de la cara mucho más visibles, sin encomendarse a nadie un buen día se fue al Estadio de Vista Alegre y preguntó por el encargado de la conservación del campo de fútbol. Dicho encargado se llamaba Rafa, vivía allí mismo, con su mujer, junto a los vestuarios de los jugadores, y era muy popular y campechano.

Eloy se ofreció para ayudarlo. Entre semana podría ir todas las tardes, una vez terminadas las clases y, por supuesto, los domingos, el día entero. ¡Debía de haber tanto que hacer! Engrasar las botas de los jugadores; inflar los balones; cuidar el césped del terreno de juego…

– Con que me den alguna propina… y de vez en cuando me dejen chutar a puerta, tengo bastante.

Rafa, que no tenía hijos, escuchó al muchacho con divertida atención y finalmente le dijo, riendo:

– ¿Por qué no? Podemos probar.

¡Albricias! ¡Que tocaran las campanas de la Catedral! Eloy se vio milagrosamente convertido en la mascota oficial del Gerona Club de Fútbol.

Rafa añadió, señalando el botiquín:

– Cuando empiece el campeonato, a lo mejor te llevamos incluso en los desplazamientos.

– ¡Sí, sí! -exclamó Eloy-. ¡Una mascota siempre trae suerte!

El gesto del "renacuajo" fue bien recibido en el piso de la Rambla. Ignacio empleó la mitad de su paga en Fronteras en comprarle unas "botas de reglamento" y Carmen Elgazu prometió confeccionarle a su medida una camiseta de jugador con los colores del club gerundense, que eran el rojo y el blanco. "¿Y el pantalón?", inquirió Eloy. "También tendrás tu pantalón, no te preocupes; y tus medias…"

Aquella noche Eloy dormido en la cama que fue de César, soñó que el Gerona Club de Fútbol, gracias a él y a Rafa, ocupaba desde el primer partido el primer puesto de la clasificación.

Septiembre trajo otro problema a la familia. Éste afectaba concretamente a Carmen Elgazu. Los trastornos periódicos de la mujer fueron en este caso extraordinariamente aparatosos. Una terrible hemorragia. Carmen Elgazu pasó veinticuatro horas retorciéndose y con intermitentes desmayos.

Matías decidió:

– Hay que ir al especialista. Esto no me gusta.

La palabra "especialista" no le hacía ninguna gracia a Carmen Elgazu, pero comprendió que no cabía otro remedio.

El decano de la ginecología gerundense era el doctor Pedro Morell, al que Matías había saludado en un par de ocasiones. Matías, desde Telégrafos, le llamó por teléfono pidiéndole consulta.

– ¿Cuántos años tiene su mujer? -le preguntó el doctor.

– Cuarenta y siete.

– Vengan mañana a las cuatro.

Al día siguiente, a las cuatro en punto, el doctor Morell, hombre muy conocido en Gerona porque había ayudado a nacer a media ciudad, los recibió en su despacho, en cuyas paredes colgaban, además de un crucifijo, una serie de diplomas y algunos grabados con temática de Maternidad.

El doctor Morell, con su bata blanca, sometió a Carmen Elgazu a un previo y minucioso interrogatorio. Pese a la discreción de sus preguntas, Carmen Elgazu se sentía incómoda y en más de una ocasión se le colorearon las mejillas. De pronto, el doctor Morell se levantó y la invitó a pasar a la sala de reconocimiento.

– Vamos a ver esto… -dijo-. Vamos a ver.

Invitó también a Matías, pero éste dijo:

– Si no le importa, yo esperaré aquí… -Al quedarse solo, el hombre encendió un pitillo y se acercó a la ventana, desde la cual se veía gotear la fuente de la plaza.

La revisión, realizada a conciencia, fue exhaustiva, y a su término el doctor y Carmen Elgazu regresaron al despacho. El doctor tomó asiento. Era hombre que no se andaba con tapujos.

– Eso no está claro -explicó, dirigiéndose a Matías-. Le daré a su esposa unas medicinas. Luego le haré otra revisión y decidiremos.

Carmen Elgazu palideció.

– ¿Decidiremos?

– Sí -confirmó el doctor Morell-. Según lo que veamos, habrá que intervenir. ¿Ha perdido usted peso?

– Sí, un poco…

El doctor les explicó que podría muy bien tratarse de una intervención sin importancia. "Pero ahora es prematuro para diagnosticar".

Matías se quedó estupefacto. "Según lo que veamos, habrá que intervenir…" El hombre no se atrevió a formular ninguna otra pregunta. En cuanto al doctor Morell, los vio azorados, pero hizo un gesto que significaba: "La cosa está así". Y arrancando con mucha pericia la hoja de un bloc, se puso a escribir la receta.

Matías y Carmen Elgazu salieron de la consulta cogidos del brazo. A los pocos pasos procuraron enderezar la espalda, para no parecer unos viejos.

– ¿Qué significa esto? -preguntó Carmen Elgazu, rompiendo el silencio.

Matías procuró reaccionar.

– No lo sé, Carmen… -Luego añadió-: Pero acuérdate de que ha dicho que todo depende de la próxima revisión.

Al cruzar el Puente de Piedra, Carmen Elgazu se paró repentinamente.

– Creo -dijo- que deberíamos hacer una novena a Santa Teresita del Niño Jesús…

Matías se detuvo a su vez, tocándose el sombrero. Y comentó:

– ¿A Santa Teresita? No creo que sea la más indicada para este asunto…

CAPÍTULO XXII

Llegó el mes de octubre y con él las primeras ráfagas de frío, atenuadas por los nubarrones y por algún que otro chubasco. Según el Calendario del Payés, que el Gobernador gustaba de consultar, el invierno sería duro. "Va a ser una lástima, porque mucha gente no tiene estufa siquiera. Un braserillo y gracias". Mosén Alberto publicó en Amanecer una admirable "Alabanza al Creador", el cual con tanta sabiduría había ordenado el ciclo anual de las cuatro estaciones. "El otoño invita a reflexionar. Es melancólico y compensa de la excesiva vehemencia del verano". A su vez, 'La Voz de Alerta' escribió una "Ventana al mundo" refiriéndose a una leyenda pirenaica según la cual en otoño los gigantes de las montañas velaban para que, en medio del trabajo reanudado, hubiera paz en los hogares. "En otoño las familias se reagrupan y el hombre se siente invadido por una fuerza positiva que lo impulsa a realizar sus proyectos". El general Sánchez Bravo, que leía asiduamente esta sección de 'La Voz de Alerta', comentó: "El alcalde tiene talento. Seguro que se ha inventado esa leyenda de los gigantes, pero no importa. Lo de los proyectos es una realidad. Anoche se me ocurrió que deberíamos construir en la ciudad unos cuarteles nuevos, confortables".

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