Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
Pilar lo pasaba estupendamente con Alfonso, quien se había matriculado libre en Filosofía y Letras. Alfonso era bien plantado, aficionado a la música -tocaba con mucho estilo el piano- y era además un conversador nato. Tal vez aludiera con exagerada frecuencia el tema religioso, del que Pilar estaba un poco harta, por culpa de Carmen Elgazu; pero lo hacía con alegría. Lo sorprendente en él era que "creía en fantasmas". Dicho de otro modo, le fascinaba todo lo que contuviera misterio, desde los fenómenos físicos hasta las leyendas de la selva o de su oponente, el desierto. Seguro que en Rusia, en el lago Baikal, hubiera gozado lo suyo. En los ratos de calma en la oficina gustaba de hablarle a Pilar de la posible vida en Marte y, sobre todo, de contarle relatos terroríficos, con abundancia de castillos ingleses, apariciones, rayos y pisadas misteriosas de gente muerta hacía años. El muchacho sabía crear la atmósfera a propósito con sólo cuatro palabras y un ademán; y si se producía un apagón, lo cual era frecuente, se apresuraba a encender placentero un par de velas. También le gustaba hablar de quiromancia y de los efectos de las drogas. "¿No serás espiritista, como el Responsable?", le preguntaba Pilar. "Pues casi…", le contestaba Alfonso, cuya susurrante voz hizo que en el frente le llamasen Sordina. Por supuesto, el muchacho admitía que el padre Forteza lo había influido en esa dirección, si bien aseguraba que, en honor a la verdad, había empezado a aficionarse a esas cosas en los parapetos, en las noches de guardia. "En el frente, de noche, se ve lo invisible y se oye el silencio, ¿comprendes? Además, mi hermano, Sebastián, está convencido de que los peces tienen su lenguaje y su mundo. ¡Sí, sí, ríete! ¡Ay, me da pena que sólo creáis en lo que se puede retratar…!".
Pilar le escuchaba, divertida.
– Y a todo esto, ¿por qué no te echas novia? Asunción estaría dispuesta a creer todo esto que me cuentas y mucho más… Alfonso Estrada hacía un gesto expresivo y rehuía el tema. No se sabia si era por Asunción en particular o por las mujeres en general.
– Eso es lo que no me gusta de vosotros, los congregantes -apostrofaba Pilar-. Habláis de cualquier cosa, hasta de fantasmas, pero no de chicas. ¿Os asustamos o qué?
– ¿Asustarnos? -Alfonso se reía-. Me afeito con Gillette, como Mateo…
– El día que me cuentes un chistecito verde, me lo creeré… Alfonso Estrada era querido por todo el mundo, gracias a su exquisita corrección. El padre Forteza no era el único en augurarle un gran porvenir.
En la Delegación de Abastecimientos y Transportes, donde Pilar trabajaba por las tardes, el ambiente era muy otro. La tarea le resultó allí mucho más fácil a la muchacha, pues a petición propia la destinaron a "Cartillas de Racionamiento", donde ya estuvo en la época 'roja', a las órdenes de la Torre de Babel. "Está visto -comentó- que he de ser yo quien distribuya los víveres de la ciudad".
Su jefe en este Servicio era precisamente Carlos Grote, el chismoso contertulio de Matías. Pilar lo llamaba La Gaceta de la Ciudad. Pero también se encontraba a gusto con él, porque era hombre muy cariñoso y porque demostraba sentir por Matías un gran respeto. A Pilar la llamaba "hija". "Cualquier cosa que te ocurra, hija, ya sabes". "Descuide, señor Grote. Pero no creo que me ocurra nada".
El señor Grote era lo más opuesto a Alfonso Estrada que pudiera imaginarse. Pese a ser isleño -"de Santa Cruz y no de las Palmas", concretaba siempre-, no sentía la menor inclinación por lo misterioso. "Las cosas son o no son", era su lema. Fue socialista toda su vida y creía, como Antonio Casal, que la sociedad giraba en torno a la economía y a la lucha de clases. Meticuloso en extremo, controlaba las "Cartillas de Racionamiento" como el señor obispo su fichero sacerdotal. "Esos endiablados apellidos catalanes… -murmuraba siempre-. Con lo fácil que es escribir López o Ramírez".
El señor Grote descubrió que los chismorrees, que tan mal le sentaban a Galindo en el Café Nacional, hacían por el contrario las delicias de Pilar. Así que cada tarde se traía su ración para la muchacha. "¿Sabes que el Gobernador le ha traído como regalo a Pablito, su hijo, una armónica? Será para ver si le calma un poco los nervios…" "¡Menuda sesión de póquer anoche en el Casino! Tu amigo -o tu camarada, si lo prefieres- Miguel Rosselló, perdió hasta la camisa". "Oye, Pilar… ¿Por qué no le dices a mosén Falcó que haga un poco la vista gorda en la censura de películas? Se ha puesto en un plan… Nadie tiene la culpa de que no haya besado nunca a una mujer…"
Un día el señor Grote entró en el despacho de Pilar con cara de circunstancias y le dijo a la chica:
– Pilar, hoy te traigo la noticia del siglo…
– ¿Qué pasa? Algo del doctor Chaos, como si lo viera…
– Te equivocas… Se trata de tu hermano César.
Pilar se quedó clavada en la silla y miró a su jefe con asombro casi cómico.
– ¡No te alarmes, mujer! Y no me preguntes cómo me he enterado… Lo sé de buena tinta, y basta -Pilar se mantuvo a la expectativa-. Se trata de ese asunto de la beatificación…
Pilar levantó la cabeza y su expresión recordó la del director de la Gerona Jazz, el popular Damián, cuando hacía un solo de trompeta.
– Pero, ¡señor Grote! ¡No sé de lo que está usted hablando!
El señor Grote se frotó con gusto las manos.
– Escúchame, hija… y me lo agradecerás. En esos expedientes hay un defensor: no se sabe todavía quién será. Pero hay también un acusador, llamado "abogado del diablo", que se encarga de buscarle los defectos al encausado. ¿Empiezas a comprender? Pues ahí está: en el caso de César, el "abogado del diablo" será mosén. Alberto…
Pilar se quedó estupefacta y la información más bien le pareció un cuento digno de Alfonso Estrada. Sin embargo, ¡lo malo, o lo bueno, que tenía el señor Grote, era que sus chismes acostumbraban a ser ciertos! Ahora bien, ¿a qué hablar de defectos tratándose de César? ¿Qué defectos pudo tener su hermano? ¿Y por qué sería precisamente mosén Alberto el encargado de buscárselos?
– El obispo lo ha elegido a él, hija… Tiene miga, ¿no? Pilar acabó mordiéndose varias uñas a un tiempo y exclamando:
– Aquí, señor Grote, no hay más "abogado del diablo" que usted.
Y el caso es que el señor Grote justificaba a su manera su afición por el fisgoneo ajeno. Se aburría en casa, con su mujer. Su mujer, también canaria, "aunque de Las Palmas y no de Santa Cruz", se pasaba el día bostezando y quejándose de la humedad de Gerona y de lo duro que sería el invierno. "¿Sabes lo que es una maniática, Pilar? Pues eso es mi mujer. No tiene más que una obsesión: la limpieza. ¡Que todo parezca de plata! ¿Crees que eso tiene interés? Prefiero dedicarme a la maledicencia…" "¡Ay, hija, todavía estás a tiempo! Antes de casarte -y que Mateo me perdone- cuenta hasta ciento".
La verdad es que Pilar procuraba corresponder con el señor Grote y al efecto disfrutaba contándole las rarezas, los "misterios" que Alfonso Estrada le había referido por la mañana en Salvoconductos. Pero el señor Grote, rodeado de fichas, se reía a mandíbula batiente. "¿Cómo, qué dices? ¿Que los peces hablan? ¡Je! ¡Menudo vozarrón tendrán los cetáceos!". "¿Y que hay vida en Marte? ¿Cuántos habitantes, vamos a ver? Ya sabes que a mí me gustan las cifras exactas…"
En resumen, Pilar estaba contenta… Mateo -con el permiso del señor Grote- le regalaría el anillo de prometida el 6 de enero, o sea, el día de Reyes; el Servicio Social era una magnífica institución; con los dos sueldos que percibía podía ayudar a sus padres y hasta se atrevió a encargarles a las hermanas Campistol un traje de noche, con vistas al baile de gala que se celebraría en el Casino el último día de Ferias; Marta seguía siendo para ella como una hermana, más aún, y le había propuesto que la acompañara a Alicante al traslado de los restos de José Antonio; por si fuera poco, el pulso de Pilar era tan normal como un reloj. ¿Qué más podía pedir?