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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Tal vez existiera un momento difíciclass="underline" el de los periódicos exámenes de conciencia en vísperas de alguna Comunión General

Dichos exámenes corrían a cargo de mosén Obiols y tenían lugar a media tarde, con los postigos de las ventanas de la clase entornados, para facilitar la debida concentración interior. Mosén Obiols subía al estrado e iba dejando caer sobre las cabezas de los alumnos los diez mandamientos, guardando después de cada uno de ellos unos segundos de silencio para dar tiempo a la reflexión.

La práctica demostró que algunos chicos se torturaban en demasía preguntándose a sí mismos si "amaban a Dios sobre todas las cosas" -si lo amaban más, por ejemplo, que a sus padres-; si habían jurado en vano su Santo Nombre; o si habían calumniado al prójimo. Especialmente creaba un clima de incomodidad el sexto mandamiento. "¿Habéis cometido actos impuros?", preguntaba mosén Obiols. Los alumnos no acababan de comprender exactamente. Eloy se preguntaba si el sacerdote se refería a "aquello" que casi todos hacían solitariamente, entre los árboles, en el Campamento de San Feliu de Guíxols; o a los sueños nocturnos; o al deseo que a veces sentía él, en el piso de la Rambla, de que Pilar saliera de su cuarto vistiendo el camisón de dormir…

Menos mal que los mandamientos eran sólo diez y que al final mosén Obiols desaparecía rápidamente y Asunción se llevaba a todo el Grupo Escolar a confesarse. Porque, en la iglesia la espera era larga, debido a la cola que se formaba, y ello aquietaba los ánimos. A uno le daban ganas de pellizcar al vecino. El otro simulaba volverle a pasar al compañero agua bendita, como habían hecho al entrar. El otro de pronto encogía los hombros, pensando en que el quinto mandamiento, el "no matarás", rezaba más bien para la gente mayor, que había hecho la guerra; una guerra no de embuste como las que ellos organizaban en el patio a la hora del recreo.

En cambio, lo que encantaba a todos, sin distinción, eran las excursiones que tenían lugar los jueves por la tarde y, a veces, los domingos.

– ¡Mañana subimos a las Pedreras!

– ¡El próximo domingo, a la ermita de los Ángeles!

Los alumnos cabrioleaban toda la tarde felices por las colinas y los oteros, tirándose piedras y contemplando a Gerona abajo en el llano, envuelta en una neblina de color reciamente autumnal.

Excursión singular fue la organizada el día 21, segundo aniversario del hundimiento del frente 'rojo' del Norte, al litoral, a San Antonio de Calonge. ¡Ay, el pasmo del pequeño Manuel al ver el mar! Por fin se hizo realidad su sueño, tantas veces acariciado en el Atlas que se trajo de Burgos. Manuel Alvear, al descubrir desde un recodo de la carretera la inmensidad azul, se incorporó en su asiento del vehículo y se tapó la boca con las manos. Cándido, a su lado, le dijo: "¡No hay para tanto muchacho!". Pero Manuel no acertaba a hablar. ¡La Costa Brava! No comprendió que su hermana, Paz, pusiera en entredicho la grandeza de la región gerundense. Y cuando los autocares se detuvieron y todos los alumnos irrumpieron como pequeños salvajes en la playa, él permaneció clavado en la arena, sin atreverse a acercarse al agua: tanto era el respeto que ésta le inspiró.

Manuel hubiera deseado tener a su lado a Eloy para gritar: "¡Me gusta, me gusta!". Pero Eloy, la mascota del Gerona Club de Fútbol, feliz porque el equipo local, "su" equipo, había ganado en la jornada anterior, se había subido a una roca y desde lo alto, con dos dedos entre los dientes, emitía escalofriantes silbidos en espera de que le contestara la sirena de un barco que pasaba allá lejos, en el horizonte.

* * *

Por supuesto, Manuel era el más desconcertado de los alumnos… Manuel Alvear, como le llamaban sus compañeros, desde que había llegado a Gerona no sabía a qué carta quedarse. Las influencias que recibía eran tan contradictorias -en el Grupo Escolar, en el piso de la Rambla, en su casa, con su madre y con Paz- que notaba frío en la cabeza, motivo por el cual su tío Matías le había regalado, al igual que a Eloy, una boina. Manuel llevaba también boina, además de un abrigo raído; y su sonrisa era habitualmente triste. ¿Cómo no iba a serlo? ¿No era todo aquello un tanto excesivo para su edad?

Lo era, sin duda alguna, sobre todo por culpa de Paz, la cual, siempre al acecho, le decía cada dos por tres:

– No les hagas caso, Manuel. Todo esto es una patraña. ¿Juegos de manos, excursiones? Para que no os deis cuenta de lo que se proponen; para distraeros… ¿Clases de religión? ¡Puah! Si Dios existiera y fuera bueno, la gente no sufriría lo que sufre… Parece mentira que no te des cuenta. ¿Sabes por qué te llevan a confesar? Para tenerte bien amarrado, para saber lo que piensas. Fácil ¿no te parece? ¡Son unos granujas!

Manuel escuchaba a su hermana, procurando sopesar sus argumentos. Y no veía que, en el mejor de los casos, hubiera nada fácil en todo aquello. ¡Si no los hubieran llevado a las Pedreras y al mar, Paz hubiera dicho que los tenían encarcelados! En cuanto a la religión, ¿era realmente una patraña? Manuel miraba a menudo, en la clase, el crucifijo de la pared, como le había ocurrido al doctor Chaos en el Manicomio. ¿Realmente aquel hombre, que según mosén Obiols era Dios, se dejó clavetear manos y pies "para tenerlo a él bien amarrado"? ¿Y su primo César? ¡Era tan impresionante lo que le contaban de él en el piso ¿e ja Rambla! ¿Y cómo podían luego los confesores acordarse de lo que pensaba cada uno de los chicos, de los "pecados" de cada cual? Ni siquiera conocían sus nombres…

Paz, y su propia madre, Conchi, se daban perfecta cuenta del combate que libraba el muchacho. ¡Por algo, en Burgos, dudaron entre aceptar 0 no aceptar el traslado a Gerona! Lo cierto es que las dos mujeres vivían sobre ascuas. Especialmente desde que a Paz se le ocurrió un día echar un vistazo a los libros que Manuel guardaba en la cartera del Grupo Escolar… ¡Por todos los diablos! ¿Como podían enseñar semejantes majaderías? Por ejemplo, en el libro de Historia de España, historia dialogada, podían leerse cosas de este calibre:

– ¿A qué ha de aspirar España?

– A rehacer el Imperio que perdió.

– ¿Por qué lo perdió?

– Por culpa del liberalismo y la democracia.

– ¿Qué son el liberalismo y la democracia?

– Los sistemas políticos que están deshaciendo al mundo.

– ¿Qué es la nueva España?

– Un estado totalitario destinado a ser el ejemplo de todas las naciones.

Etcétera…

Paz le decía a Manueclass="underline"

– Pero ¿te das cuenta, so tonto? ¡Pobres como ratas, y a rehacer el Imperio! ¿Y qué ejemplo vamos a dar al mundo? ¿Es que ya no te acuerdas de los fusilamientos en la carretera de Miraflores? ¿Y sabes lo que cobro yo por trabajar ocho horas en la fábrica de lejía? ¿Y lo que cobran los peones ferroviarios, sin derecho a protestar ni ir a la huelga? ¿No has estado nunca en el Palacio del Obispo?

¡Y el libro de Historia Sagrada! ¡La Virgen se había subido después de muerta bonitamente al cielo, entre una nube de ángeles! ¡Una pareja de cada especie animal cupo holgadamente en el Arca de Noé! ¡Cristo se bajó a los infiernos!

– Por favor, Manuel… Abre un poco los ojos y no te dejes embaucar.

La gran crisis, precursora de otras muchas que tendrían lugar en aquel piso que fue del Cojo, llegó en el día llamado Día de la Madre, instituido por la Sección Femenina. En el Grupo Escolar San Narciso se obligó a cada alumno a redactar una felicitación que decía: "A mi madre, con todo cariño". Felicitación ilustrada con un dibujo que representaba los campanarios de la Catedral y de San Félix, ambos enlazados en el aire por la bandera nacional.

Cuando Conchi, la madre de Manuel, recibió de manos de su hijo aquel cartoncito, sin pensarlo un segundo rasgó el dibujo en mil pedazos. ¡Los campanarios! ¡La bandera!

Pero entonces ocurrió lo insólito. Manuel no se echó a llorar. Se agachó, recogió del suelo los pedacitos en que podía leerse: "A mi madre, con todo cariño", apartando el resto, y calmoso y digno volvió a ponerlos en manos de su madre. Ésta entonces, entre sollozos, atrajo hacia sí a su hijo y lo acarició y lo llenó de besos.

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