Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
¡Cómo se estimaban recíprocamente los dos muchachos! Y en realidad tenían pocas ocasiones de estar solos y charlar a gusto. Aprovecharon aquel viaje para resarcirse, así como el Gobernador y sus acompañantes habían aprovechado el suyo cuando fueron a esperar al conde Ciano.
– Ignacio, ¿te acuerdas mucho de nuestra guerra?
– Mucho. Más de lo que imaginé. Es como un telón de fondo. ¿No te ocurre a ti lo propio?
– ¡Hombre! Todavía no me he acostumbrado a no andar por los montes y a no llevar detrás de mí a un pelotón. ¡Era tan duro aquello! Y tan hermoso…
– ¿Hermoso? Eso habría que preguntárselo a los muertos.
– A los muertos también les pareció hermoso. Cayeron por un ideal. ¿No has oído al ex legionario?
– Lo he oído, claro. Pero él vive. Y los hubo que murieron tontamente, sin saber por qué.
– Nunca se muere sin saber por qué.
– No exageres, Mateo. El heroísmo no es ninguna obligación. ¿Cuándo te meterás eso en la cabeza?
– Nunca.
– Lo siento. Lo siento por ti…
– Ignacio… ¿te acuerdas de cuando llegaste del frente? Hablabas de otro modo…
– Estaba borracho. Me había contagiado. Ahora lo que quiero es aprender.
– La guerra es una gran lección.
– A mí me parece que la gran lección es la paz. Y el Derecho Civil.
– La paz a menudo entontece el cerebro. Y conste que la idea no es mía. Es de Dostoievski, que si no me equivoco es santo de tu devoción.
– Con todos los respetos por el ilustre epiléptico, preferiría no haberte visto nunca con una pistola en el cinto.
– Hay pistolas necesarias. ¿O no lo crees así? ¿Te acuerdas de Cosme Vila?
– Mira, vamos a dejar eso y a hablar otra vez de Pilar, y de Marta, y del doctor Andújar… En la Universidad he visto a un mutilado, ciego. Una de esas pistolas necesarias lo dejó ciego. Deseo que al pobre muchacho la noche le guste tanto como a ti…
Mateo se calló. Por un momento se imaginó sin ojos. ¡No podría conducir el coche, cuyos faros rastreaban la carretera! Pero pronto reaccionó. Y también Ignacio. Tácitamente acordaron terminar el viaje en buena armonía, dialogando sobre lo que pudiera unirlos y no sobre lo que los separaba.
– ¿Así, pues, Viva la Vida? -exclamó Mateo, con repentina sinceridad.
– Viva la vida, sí -rubricó Ignacio, encendiendo un pitillo y pasándoselo a Mateo, quien se lo llevó a los labios y lo chupó con profunda voluptuosidad.
El automóvil enfiló la recta de llegada a Gerona, donde el recibimiento que se hizo a los muchachos, en sus respectivos domicilios, fue triunfal.
Don Emilio Santos, que a medida que se le curaban las piernas iba recobrando el humor y la serenidad, le dijo a Mateo, en tono irónico:
– ¿No te parece un abuso aprobar sin haber olido un libro? En ese plan, si el general Sánchez Bravo se empeñara, le daban en junio el título de Ingeniero Agrónomo…
En el piso de la Rambla, Matías fue más concreto aún. Le dijo a Ignacio:
– De acuerdo, has aprobado. Pero este invierno deberías estudiar en serio, ¿no te parece? El año que viene lo que querrán es que sepáis Derecho y no que cantéis Cara al sol. Yo creo que deberíais reanudar las clases con el profesor Civil.
Ignacio asintió. ¡Pero se sentía tan lejos de aquellos tomazos que guardaba encima del armario! De momento, al día siguiente llamó a Marta -¡ah, era preciso reconciliarse con ella!- y se la llevó al restaurante del Puente de la Barca, donde comieron, como antaño los hermanos Costa y como ahora los gourmets, ancas de rana amenizadas con clarete. Marta, pese a las ancas de rana, se sintió feliz… Y para premiar la "gesta" de Ignacio, le regaló un reloj de bolsillo antiguo, de esfera azul, que había pertenecido a su padre, el comandante. Ignacio tomó en sus manos el reloj con amor. Siempre le habían gustado los relojes de bolsillo antiguos, con la cadenita. "Gracias, Marta -dijo, con emoción, abriendo y cerrando varias veces la tapa plateada-. Es precioso". Marta explicó: "Mi padre lo compró en África".
Cara al otoño, las piezas de la familia Alvear iban colocándose en el sitio más adecuado. En vista de que el sueldo de Matías en Telégrafos seguía siendo exiguo -de momento las promesas del Sindicato Vertical dormían horizontalmente la siesta…- y de que Ignacio tardaría aún unos meses en licenciarse, se acordó que Pilar empezase a trabajar. "No hay otra alternativa. Tienes que ayudarnos". Pilar aceptó de buen grado… a condición de que le quedaran horas para cumplir el Servicio Social, que había sido declarado obligatorio.
Mateo se encargó de solucionar el problema: a primeros de octubre Pilar empezó a trabajar, mañana y tarde. Por las mañanas en Salvoconductos, cuya oficina se había instalado en la planta baja del Gobierno Civil; por las tardes, en la Delegación de Abastecimientos y Transportes. "Así te ganas dos sueldos -le dijo Mateo- y el día se te hará menos monótono".
A Pilar, el trabajo en Salvoconductos no le gustó. Aquellas colas de gentes que se acercaban con aire de pájaros asustados a la ventanilla a entregar la documentación, la ponían nerviosa. Le daban ganas de gritar: "Pero ¡si aquí no nos comemos a nadie!". Los salvoconductos se exigían especialmente para poder trasladarse a la zona fronteriza -el coronel Triguero no quería líos en su terreno-, y para obtenerlos se necesitaban dos avales. Pilar dio pruebas de tener poco aguante. "¡Dos, señora! ¡Dos avales y no uno solo! ¿No ha leído usted las instrucciones que hay en la puerta?". O bien: "¿Y la foto? ¿Cómo le vamos a dar el salvoconducto si no ha traído usted la foto?". A veces, al repasar las solicitudes, a la hora del cierre, prestaba atención a la grafía y a las firmas, y pensaba para sí: "¡Dios mío, España es un problema de enseñanza primaria!".
Su jefe inmediato era, ¡quién lo hubiera pensado!, Alfonso Estrada. Alfonso Estrada, veintidós años, ex combatiente en el Tercio de Nuestra Señora de Montserrat y actual presidente de la Congregación Mariana. Alfonso y su hermano, Sebastián -que estuvo en el Baleares y que desde el final de la guerra andaba de tercer oficial en un buque de pasaje de la Compañía Transatlántica-, en breve iban a heredar una considerable fortuna legada por su padre, que fue jefe de la CEDA y- al que los 'rojos' asesinaron. Pero por lo visto había dificultades testamentarias y por el momento la herencia era intocable.