Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
Mosén Iguacen brotó como por ensalmo a su lado, en uno de los pasillos.
– Enorme este palacio, ¿verdad?
– Desde luego.
– Vaya usted con Dios.
Las clases empezaron el 7 de octubre. Agustín Lago se las arregló para que todos los maestros y maestras supieran a qué atenerse. Los libros de texto a propósito, que tanto inquietaban al profesor Civil, llegaron de Madrid, algunos tirados en cyclostyl.
En seguida se vio que Agustín Lago acertó en su pronóstico: los colegios regentados por religiosos parecieron empeñarse en justificar los temores del Gobernador. Los frailes y las monjas lo supeditaban todo a las prácticas de piedad. Creían que "para que los alumnos se sintieran constantemente en presencia de Dios" era preciso no distraerlos demasiado con las Matemáticas o con la Física. Contrariamente a los deseos del inspector jefe, consideraban que el estudio era secundario. Preferían que dichos alumnos fueran "santos" a que se interesaran por las asignaturas del programa. Organizaron un sistema de presión al que resultaba difícil oponer resistencia. Los muchachos, al entrar en el aula, debían decir Ave María Purísima y al pasar lista debían contestar ¡Viva Jesús! Inmediatamente iniciaron la celebración de los primeros viernes de mes, de los siete domingos de San José y las visitas colectivas al Santísimo. Llegaron a organizar los llamados Cruzados Eucarísticos, es decir, alumnos que llevaban una cruz en el pecho y que juraron estar dispuestos, llegado el caso, a dar la vida por defender la Fe. Y los sábados cada alumno o alumna debía presentar por escrito el número de "Buenas Obras" llevadas a cabo durante la semana: comuniones, jaculatorias, pequeños sacrificios en honor de la Virgen…
En las escuelas laicas la presión era menor, si bien los maestros que habían obtenido el título en época de la República tuvieron que examinarse previamente de Religión y de Historia Sagrada, sin cuyo requisito no hubieran podido cobrar el sueldo. Sin embargo, el profesor, según fuere su talante, gozaba de mayor libertad de acción. Los había que saboteaban lindamente las consignas y que organizaban las clases a la manera tradicional, sin hacer el menor esfuerzo por relacionar la Geografía con los viajes misioneros de San Francisco Javier ni la Física y la Geología con la omnipotencia del Creador. En los pueblos tal independencia de criterio era más difícil, dado que los párrocos, bien aleccionados, ejercían una vigilancia implacable y muchos de ellos exigían el parte de los alumnos que faltaban a la misa dominical.
Agustín Lago, que recibía puntual noticia de lo que ocurría en cada caso, tuvo la evidente impresión de que se vería obligado a librar una dura batalla. Cada día, al mirarse al espejo en su habitación de la plaza de las Ollas, recordaba el consejo que en cierta ocasión le diera mosén Alberto: "No hay que llevar las cosas demasiado lejos, amigo Lago". ¡Claro que no! Pero ¿y el señor obispo…? Agustín Lago recordaba las palabras de éste: "De vez en cuando, venga a verme".
La escuela más importante de Gerona, y que en consecuencia era la que mayormente preocupaba a Agustín Lago, era el Grupo Escolar San Narciso, en el que precisamente se habían matriculado no sólo Eloy y Manuel Alvear, sino también Félix Reyes y 'El Niño de Jaén'. Cuarteto heterogéneo pero unido por lazos afectivos bastante sólidos, nacidos durante su convivencia veraniega en el Campamento Onésimo Redondo.
La directora del Grupo Escolar San Narciso era nada menos que Asunción, quien continuaba con sus escrúpulos y dispuesta a no exponerse de ningún modo a que "por escandalizar a un parvulillo le ataran una rueda de molino al cuello y la sumergieran en lo profundo del mar". El resto del profesorado era también declaradamente "beato", excepto un par de ex alféreces provisionales, los cuales exageraban por otro lado, por el lado del patriotismo.
Los contertulios del Café Nacional comentaban con sorna los métodos empleados en el Grupo Escolar San Narciso. Por ejemplo, para la enseñanza de la Aritmética, Asunción concibió un sistema de símbolos que se reveló plástico y original. Comparaba el número 1 con la unidad de Dios; el número 2 con las dos naturalezas de Cristo; el número 3 con las tres virtudes teologales; el número 4 con los cuatro evangelistas. Para la enseñanza de la Gramática, ordenó que en las redacciones y análisis no se emplease ningún nombre propio que no correspondiera a un personaje bíblico y que no se echase mano de ninguna cita que no figuraba en alguna Encíclica. Se produjo algún conato de indocilidad. Uno de los maestros, de edad avanzada, Torrus de apellido, al enseñar Literatura se negó rotundamente a afirmar que Campoamor profundizó más que Leopardi y que Rousseau era tonto de capirote. Asunción discutió con él, pero no hubo nada que hacer. Claro que la flamante Directora, íntima de Pilar, se resarcía con creces, sobre todo al dar clase de Historia, que era su disciplina preferida. La Historia, para Asunción -en tanto Alfonso Estrada no alegrara un poco su vida íntima- eran Mahoma, Lutero, Calvino y otros nombres igualmente heterodoxos.
Cabe decir que los alumnos, faltos de otros puntos de referencia, se adaptaron gustosos al programa, entre otros motivos porque los maestros de la plantilla eran, pese a todo, muy competentes. Por otra parte, los atraía cierta curiosidad. Las jornadas escolares podían pecar de cualquier cosa menos de monotonía. Hoy recibían la visita de la Inspectora de Falange, que era Chelo Rosselló; mañana, la del profesor de Religión, que era mosén Obiols, catedrático del Seminario, hombre de pies larguísimos y voz tronitronante; pasado mañana debían redactar la lista de "Buenos Propósitos": propósitos de obedecer a los padres, de ser corteses con los compañeros, de renunciar voluntariamente al postre… En cualquier momento podían ser llamados para efectuar una visita colectiva a la checa de Cosme Vila o al gimnasio de los anarquistas; o a una sesión de dibujos animados en el Cine Coliseum; etcétera. Por añadidura, el maestro Torras era un experto prestidigitador y a menudo los deleitaba con sesiones de juegos de manos, cuyos trucos 'El Niño de Jaén' era infaliblemente el primero en descubrir.
Naturalmente, no faltaban los consabidos alumnos rebeldes. Por ejemplo, el primogénito de Marcos y de la guapetona Adela, un muchacho inquieto llamado, no se sabía por qué, Cándido, un día le preguntó a Chelo Rosselló por qué los puntos de la Falange eran exactamente veintiséis y no treinta y dos, o cuarenta. También Félix Reyes, contento porque su madre había salido absuelta de la cárcel -lo que a él lo liberó de los comedores de Auxilio Social-, le preguntó en cierta ocasión a mosén Obiols si era cierto que Jesucristo había tenido hermanos. Pero, por regla general, imperaba una sana obediencia, excepto, claro está, a la hora del recreo, en donde todo estaba permitido, desde jugar al fútbol hasta improvisar con bastones combates de esgrima. Por cierto, que esto último no dejó de llamar la atención de los maestros del Grupo Escolar San Narciso. Los alumnos, sin que nadie los empujara en esa dirección, se inclinaban espontáneamente hacia los juegos bélicos, utilizando para ello fusiles de madera, balines, piedras o imitando onomatopéyicamente, con admirable fidelidad, los clásicos ruidos de la guerra: el de los tanques al arrastrarse; el zumbido de los aviones; el galopar de la Caballería. Asunción, pese a ser hija de militar, se extrañaba de que los muchachos no prefirieran diversiones más pacíficas, aunque comprendía que en este sentido eran víctimas del ambiente reinante y de los incesantes comentarios que oían por doquier referidos a la campaña de Polonia.
En resumidas cuentas, el Grupo Escolar San Narciso demostraba bien a las claras que Agustín Lago tenía posibilidades de salirse con la suya, aunque a muy largo plazo. Los alumnos veían desarrollarse a la par su alma y su cuerpo -el deporte, en efecto, era mimado especialmente- y no se sentían oprimidos. Cuando a la hora de entrada se izaban en el patio las tres banderas -la Nacional, la de Falange y la del Requeté- la mayoría de ellos cantaban brazo en alto, con entusiasmo sincero, el Cara al sol y el Oriamendi.