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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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Alice y Bennett, mientras tanto, estaban ocupados con su experiencia ligeramente menos sagrada. Se despidieron con las manos entrelazadas entre ardientes muestras de cariño, de esas que se intensifican ante la perspectiva de una separación inminente. Intercambiaron cartas durante las estancias de él en Reims, Barcelona y Madrid. Esas cartas alcanzaron un punto especialmente calenturiento cuando llegó a Roma y, en el camino de vuelta, solamente a los miembros más desvinculados de la casa les sorprendió que Bennett le propusiera matrimonio y Alice, con la celeridad de un pájaro al ver que la puerta de su jaula se abre, vaciló hasta medio segundo antes de decir que sí, que se casaría con su ahora enamoradísimo —y exquisitamente bronceado— americano. ¿Quién no iba a decir sí a un hombre atractivo de mentón cuadrado que la miraba como si estuviese hecha de seda hilada? Todos los demás habían pasado los últimos meses mirándola como si estuviese contaminada.

—Vaya, eres perfecta —le decía Bennett mientras rodeaba con el pulgar y el índice su estrecha muñeca cuando se sentaban en el columpio del jardín de sus padres, con los cuellos subidos para protegerse de la brisa mientras sus padres observaban complacientes desde la ventana de la biblioteca, los dos, cada uno por sus propios motivos, secretamente aliviados por aquella unión—. Eres tan delicada y refinada. Como un purasangre —Pronunció aquello con marcado acento sureño.

—Y tú eres disparatadamente atractivo. Como una estrella de cine.

—A mi madre le habrías encantado. —Le pasó un dedo por la mejilla—. Eres como una muñeca de porcelana.

Seis meses después, Alice estaba bastante segura de que ya no la veía como una muñeca de porcelana.

Se habían casado de inmediato, justificando las prisas por la necesidad del señor Van Cleve de volver a su trabajo. Alice sentía como si todo su mundo se hubiese puesto del revés; estaba tan feliz y excitada como desanimada se había sentido durante todo el largo invierno. Su madre le había preparado el baúl con el mismo placer ligeramente indecente con el que le había hablado a todo su círculo de amistades sobre el encantador marido americano de Alice y su rico padre empresario. Podría haber estado bien que se hubiera mostrado un poquito triste ante la idea de que su única hija se mudara a una parte de América que ninguno de sus conocidos había visitado jamás. Pero, por otro lado, era probable que Alice estuviese igual de ansiosa por marcharse. Solo su hermano se mostraba abiertamente triste, aunque estaba bastante segura de que se recuperaría con su próximo fin de semana fuera de casa.

—Claro que iré a verte —dijo Gideon. Los dos sabían que no lo haría.

La luna de miel de Bennett y Alice consistió en una travesía de cinco días de vuelta a Estados Unidos y, después, un viaje por carretera desde Nueva York hasta Kentucky. (Había buscado Kentucky en la enciclopedia y se había quedado encantada con todo lo de las carreras de caballos. Parecía como un Derby que durara todo el año). Daba chillidos de emoción con todo: su enorme coche, el tamaño del gran transatlántico, el colgante de diamante que Bennett le había regalado en una tienda de la Galería Burlington de Londres. No le importó que el señor Van Cleve les acompañara durante todo el viaje. Al fin y al cabo, habría resultado de mala educación dejarle solo y estaba demasiado abrumada por la emoción que le provocaba la idea de salir de Surrey, con sus silenciosas salas de estar los domingos y el constante ambiente de reprobación, como para que le importara.

Si Alice sintió una cierta insatisfacción por el modo en que el señor Van Cleve se pegaba a ellos como una lapa, la reprimía y hacía lo posible por mostrarse como la versión más encantadora de sí misma que aquellos dos hombres parecían esperar de ella. En el transatlántico entre Southampton y Nueva York, ella y Bennett consiguieron, al menos, pasear por las cubiertas a solas durante las horas posteriores a la cena mientras el padre se quedaba ocupándose de documentos de su negocio o hablando con los más mayores en la mesa del capitán. El brazo fuerte de Bennett la apretaba contra él y ella mantenía en alto la mano izquierda con su reluciente y nueva alianza de oro mientras se asombraba por el hecho de que ella, Alice, era una «mujer casada». Y cuando estuvieran de regreso en Kentucky, se dijo a sí misma, estaría casada de verdad, pues ya no tendrían que compartir camarote los tres, por muy dividido que estuviese el espacio por una cortina.

—No es el ajuar que yo tenía en mente —susurró vestida con su camiseta interior y sus pantalones del pijama. No se sentía cómoda con menos que eso después de que el señor Van Cleve padre, estando una noche medio dormido, confundiera la cortina de su doble camastro con la de la puerta del baño.

Bennett la besó en la frente.

—De todos modos, no estaría bien con papá tan cerca —le contestó entre susurros. Colocó la larga almohada entre los dos («Si no, es posible que no sea capaz de controlarme») y se tumbaron uno junto al otro, con las manos castamente agarradas en la oscuridad, respirando con fuerza mientras el enorme barco vibraba debajo de ellos.

Cuando echaba la vista atrás, aquella larga travesía estaba bañada de su deseo contenido, con besos furtivos tras los botes salvavidas y su imaginación viajando a toda velocidad mientras el mar se elevaba y caía debajo de ellos.

—Qué guapa eres. Todo será distinto cuando lleguemos a casa —le murmuraba él al oído y ella le miraba el rostro esculpido y enterraba el suyo en el dulce olor de su cuello mientras se preguntaba cuánto tiempo más podría soportarlo.

Y entonces, tras el interminable viaje en coche y las paradas con tal sacerdote y tal pastor durante todo el trayecto desde Nueva York hasta Kentucky, Bennett le había anunciado que no vivirían en Lexington, como ella había supuesto, sino en un pueblo algo más al sur. Pasaron con el coche por la ciudad y siguieron avanzando hasta que las carreteras se estrecharon y se volvieron polvorientas y los edificios asomaron escasos en agrupaciones aleatorias, a la sombra de enormes montañas cubiertas de árboles. No pasa nada, le tranquilizó Alice ocultando su decepción al ver la calle principal de Baileyville, con su puñado de edificios de ladrillo y sus calles estrechas que se extendían hacia la nada. A ella le gustaba bastante el campo. Y podrían hacer excursiones a la ciudad, como hacía su madre cuando iba al restaurante Simpson’s in the Strand, ¿no? Trató de mostrar el mismo optimismo al descubrir que durante el primer año, al menos, vivirían con el señor Van Cleve («No puedo dejar a papá solo estando de luto por mamá. No por ahora, en cualquier caso. No pongas esa cara de abatimiento, cariño. Es la segunda casa más grande del pueblo. Y tendremos nuestra propia habitación»). Y luego, cuando por fin estuvieron en esa habitación, claro está, las cosas se torcieron un poco de un modo que ella no estaba siquiera segura de saber explicar.

Con el mismo apretar de dientes con que había soportado la época del internado y el club de hípica, Alice trató de adaptarse a la vida de aquel pueblo de Kentucky. Fue sin lugar a dudas un auténtico cambio cultural. Si se esforzaba podía ver cierta belleza escabrosa en el paisaje, con sus enormes cielos, sus caminos vacíos y su luz cambiante, sus montañas entre cuyos miles de árboles deambulaban osos salvajes de verdad y sobre cuyas copas de los árboles sobrevolaban águilas. Se quedó asombrada por el tamaño de todo, las enormes distancias que parecían siempre presentes, como si hubiese tenido que ajustar toda su perspectiva. Pero, en realidad, según escribía en sus cartas semanales a Gideon, todo lo demás le parecía bastante insufrible.

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