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Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:

Los cotilleos de lady Whistledown no fallan nunca: una vez más, Anthony Bridgerton es el soltero más codiciado de la temporada en la alta sociedad victoriana. Pero este año, el atractivo vizconde, amante de la diversión y enemigo del compromiso, sorprende a todos y decide buscar esposa y sentar cabeza.
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
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– Tengo una sensación optimista de lo más extraña -siguió ella, y mientras hablaba agitó en el aire el cepillo del pelo con mango de plata-. Durante toda mi vida he tenido esta cosa espantosa cernida sobre mi cabeza. No te lo había contado, nunca se lo cuento a nadie, pero cada vez que había una tormenta, me hacía trizas, pensaba… o más bien no pensaba, y en cierto sentido sabía que…

– ¿El qué, Kate? -preguntó. Temía la respuesta sin tan siquiera tener una pista de por qué.

– En cierto sentido -contestó pensativa-, mientras sollozaba y temblaba, sabía que iba a morir. Lo sabía. No había manera de que pudiera sentirme tan mal y seguir viviendo al día siguiente. -Inclinó un poco la cabeza a un lado, su rostro adquirió una expresión un tanto tensa, como si no estuviera segura de cómo decir lo que necesitaba decir.

Pero Anthony la entendió de todos modos. Y aquello hizo que la sangre se le congelara.

– Estoy segura de que pensarás que es la cosa más tonta que se pueda imaginar -dijo, levantó y bajó los hombros con gesto avergonzado-. Eres tan racional, tan equilibrado y práctico que no creo que puedas entender algo así.

Si ella supiera… Anthony se frotó los ojos, sentía una extraña embriaguez. Fue tambaleándose hasta una silla para sentarse, con la esperanza de que Kate no advirtiera lo inestable que se sentía.

Por suerte, ella había vuelto su atención a diversos frascos y baratijas que tenía sobre el tocador. O tal vez estuviera demasiado ruborizada como para mirarle, tal vez temiera que él fuera a reprenderle por sus miedos irracionales.

– Cada vez que pasaba la tormenta -continuó hablando a la mesa-, sabía lo tonta que había sido y lo ridícula que era esa idea. Al fin y al cabo, había soportado tormentas antes, y ninguna de ellas me había matado nunca. Pero saber eso en mi mente racional, no parecía servirme de ayuda. ¿Sabes a qué me refiero?

Anthony intentó asentir con la cabeza. No estaba seguro de haberlo conseguido.

– Cuando llovía -le explicó Kate-, en realidad no existía nada aparte de la tormenta. Y, por supuesto, mi miedo. Luego el sol salía, y de nuevo me daba cuenta de lo tonta que había sido, pero la siguiente vez que había una tormenta, era igual que siempre. Y una y otra vez sabía que iba a morir. Lo sabía, y ya está.

Anthony sintió una náusea. Todo su cuerpo le parecía extraño, como si no fuera el suyo. No podría haber dicho nada aunque lo hubiera intentado.

– De hecho -continuó ella y alzó la cabeza para mirarle-, la única vez que sentí que podía vivir hasta el día siguiente fue en la biblioteca de Aubrey Hall. -Se levantó y se fue a su lado, se arrodilló delante de él y apoyó la mejilla en su regazo-. Contigo -susurró.

Anthony levantó la mano para acariciarle el pelo. Fue un movimiento reflejo más que otra cosa. La verdad, no era consciente de sus actos.

No tenía ni idea de que Kate fuera consciente de su propia mortalidad. La mayoría de gente no lo era. Aquello le había provocado a él una peculiar sensación de aislamiento a lo largo de los años, como si entendiera una verdad básica y espantosa que el resto de la sociedad no acertaba a comprender.

Y aunque para Kate el conocimiento de su sino no era igual que el suyo -el de ella era efímero, se lo provocaban los estallidos temporales de viento, lluvia y electricidad, mientras que el suyo siempre estaba con él y le acompañaría hasta el día en que muriera- Kate, a diferencia de él, lo había vencido.

Ella había luchado contra sus demonios y había vencido.

Y Anthony estaba terriblemente celoso.

No era una reacción noble, lo sabía. Y pese a todo el cariño que sentía por ella, pese a estar emocionado y lleno de alivio, rebosante de alegría por ella, rebosante de todas las emociones puras y buenas imaginables, por que ella hubiera vencido los terrores que llegaban con las tormentas, seguía estando celoso. Muy celoso, qué diantres.

Kate había vencido.

Mientras que él, que había reconocido sus demonios pero se negaba a temerlos, ahora estaba petrificado de terror. Y todo porque lo único que juraba que nunca sucedería, a la postre había pasado.

Se había enamorado de su esposa.

Se había enamorado de su esposa, y ahora el pensamiento de morir, de dejarla, de saber que sus momentos juntos formarían un breve poema y no una novela larga y estimulante… era más de lo que podía soportar.

Y no sabía a quién echarle la culpa. Quería poner el dedo sobre su padre, por morir joven y dejarle como portador de aquella horrible maldición. Quería recriminárselo a Kate, por aparecer en su vida y hacerle temer por su propio final. Qué demonios, le habría culpado a un desconocido en la calle si hubiera pensado que tenía alguna utilidad.

Pero la verdad era que no había nadie a quien culpar, ni siquiera a sí mismo. Se sentiría mucho mejor si pudiera responsabilizar a alguien -cualquiera- y decir: «Es culpa tuya». Era infantil, lo sabía, esta necesidad de echarle la culpa a alguien, pero todo el mundo tenía derecho a emociones infantiles de vez en cuando, ¿o no?

– Estoy tan contenta -murmuró Kate con la cabeza aún apoyada sobre su regazo.

Y Anthony también quería estar contento. Deseaba tanto que todo fuera menos complicado, que la felicidad no fuera más que felicidad y nada más. Quería alegrarse de las recientes victorias de Kate sin ningún pensamiento sobre sus propias preocupaciones. Quería perderse en aquel momento, olvidar el futuro, cogerla en sus brazos y…

Con un movimiento abrupto, sin premeditar, se levantó y los dos se quedaron de pie.

– ¿Anthony? -preguntó Kate pestañeando de sorpresa.

Como respuesta, él la besó. Sus labios encontraron los de ella en una explosión de pasión y necesidad que emborronaba su mente, dejando que fuera el cuerpo el que le rigiera. No quería pensar. Lo único que quería era este preciso momento.

Y quería que tal momento durara para siempre.

Atrajo a su esposa hacia sus brazos y se fue hacia la cama, donde la depositó sobre el colchón medio segundo antes de que su cuerpo descendiera sobre ella. Estaba asombrosa debajo de él, suave y fuerte, y consumida por el mismo fuego que rugía dentro de su propio cuerpo. Tal vez no comprendiera qué había provocado su repentina necesidad, pero Kate la sentía y la compartía de todos modos.

Kate ya estaba vestida para acostarse, y su ropa de noche se abrió con facilidad bajo los experimentados dedos de Anthony. Tenía que tocarla, sentirla, asegurarse de que estaba allí, debajo de él, y que él estaba allí para hacerle el amor. Llevaba una pequeña creación de seda azul grisáceo que se ataba con unos lazos en los hombros y que se pegaba a sus curvas. Era el tipo de vestido diseñado para reducir a los hombres a fuego líquido, y Anthony no era la excepción.

Había algo desesperadamente erótico en sentir su piel cálida a través de la seda, por tanto recorrió su cuerpo con las manos sin cesar: tocaba, apretaba, hacía cualquier cosa imaginable para unirla a él.

Si pudiera haberla introducido dentro de él, lo habría hecho y la habría mantenido ahí para siempre.

– Anthony -dijo Kate entre jadeos, en ese breve momento en que él apartaba su boca de la de ella-, ¿estás bien?

– Te deseo -dijo con un gruñido, recogiendo su vestido alrededor de la parte superior de sus piernas-. Te deseo ahora.

Ella abrió mucho los ojos, impresionada y excitada, y él se incorporó y se puso a horcajadas sobre ella, aguantando el peso sobre las rodillas para no aplastarla.

– Eres tan hermosa – susurró-. Tan preciosa que resulta increíble.

Kate resplandeció con sus palabras, y alzó sus manos hasta el rostro de él, pasándole los dedos por las mejillas cubiertas por una leve barba. Anthony le atrapó una de las manos y metió el rostro en ella para besarle la palma mientras Kate, con la otra, descendía por los tensos músculos de su cuello.

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