El Vizconde Que Me Amo
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Vizconde Que Me Amo». Краткое содержание книги:
La joya más preciada, la joven y hermosa Edwina Sheffield, es su elección natural. Pero para conseguirla ha de obtener antes la aprobación de la hermana mayor de la muchacha, Kate. Anthony comprobará que convencer a esa mujer arrogante y decidida de que ha dejado de ser un vividor no es tarea fácil. Como tampoco lo es quitársela de la cabeza cuando llega la noche.
Mary tragó saliva nerviosa, luego concentró su mirada en la de Kate.
– Tengo que suponer -susurró- que tú fuiste testigo de algo similar.
Anthony apretó con fuerza la mano de Kate.
– Sí, pero yo tenía veinticinco años cuando murió mi madre – continuó Mary-; tú en cambio sólo tenías tres. No es el tipo de cosas que debería ver una niña. Intentaron que te marcharas, pero no te ibas. Arañabas, mordías y gritabas y gritabas y gritabas, y luego…
Mary se detuvo, las palabras se le atragantaron. Se llevó a la cara el pañuelo que Anthony le había dado, y pasaron varios momentos antes de que pudiera proseguir.
– Tu madre estaba a punto de morir -dijo con voz tan baja que apenas era un susurro-. Y mientras buscaban a alguien lo bastante fuerte para llevarse a una niña tan frenética, un relámpago rasgó la habitación. Tu padre dijo…
Mary hizo otra pausa y tragó saliva.
– Tu padre me dijo que lo que sucedió a continuación fue el momento más inquietante y aterrador que había experimentado en su vida. El relámpago… iluminó la habitación como si fuera de día. Y no duró un mero instante, como debería haber sucedido, parecía que casi estuviera suspendido en el aire. Te miró, y estabas paralizada. Nunca olvidaré la manera en que él lo describió. Dijo que daba la impresión de que fueras una pequeña estatua.
Anthony dio un respingo.
– ¿Qué sucede? -preguntó Kate mientras se volvía a él.
Su marido sacudió la cabeza con incredulidad.
– Así era tu aspecto anoche -dijo- Exactamente así. Pensé esas mismas palabras.
– Yo… -Kate desplazó la mirada de Anthony a Mary. Pero no sabía qué decir.
Anthony le apretó de nuevo la mano mientras se volvía a Mary y la instaba a seguir.
– Por favor, continúe.
La mujer hizo un solo gesto de asentimiento.
– Tenías la mirada fija en tu madre y, por lo tanto, tu padre se volvió para ver qué te había aterrorizado tanto, y entonces fue… cuando vio…
Kate soltó suavemente su mano de la de Anthony y se fue a sentar al lado de Mary. Acercó una otomana a la silla de Mary y tomó una de las manos de su madrastra entre las suyas.
– No pasa nada, Mary -murmuró-. Puedes contármelo. Necesito saberlo.
Mary hizo un gesto de asentimiento.
– Era el momento de su muerte. Tu madre se incorporó hasta quedarse sentada. Tu padre dijo que no había levantado el cuerpo de las almohadas durante días, y no obstante se sentó erguida por completo. Él dijo que estaba tiesa, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta como si gritara, pero no podía proferir sonido alguno. Y entonces llegó el trueno, y tú debiste pensar que el sonido surgió de su boca, porque chillaste de un modo que nadie había oído nunca y te precipitaste corriendo hacia delante para saltar sobre la cama y arrojar los brazos en torno a ella.
»Intentaron apartarte, pero no te soltabas. Continuabas chillando y chillando y llamándola por su nombre, y entonces se produjo un terrible estrépito. Vidrios rotos. Un rayo partió una rama del árbol y ésta atravesó directamente la ventana. Había vidrios por todas partes y viento y lluvia y truenos y más lluvia, y durante todo ese rato tú no dejaste de chillar. Incluso después de que muriera y se cayera otra vez sobre las almohadas, tus bracitos seguían agarrados a su cuello, y gritabas y sollozabas y rogabas para que se despertara, para que no se fuera.
»Y simplemente no la soltabas -susurró Mary-. Al final tuvieron que esperar a que te cansaras y te quedases dormida.
La habitación se sumió en un silencio durante todo un minuto, luego Kate finalmente susurró:
– No lo sabía. No sabía que había presenciado eso.
– Tu padre dijo que no hablabas de ello -siguió Mary-. Tampoco es que pudieras. Dormiste durante horas y horas, y luego, cuando despertaste, estaba claro que habías cogido la enfermedad de tu madre. No con la misma gravedad, tu vida nunca estuvo en peligro. Pero estabas enferma, tu estado no te permitía hablar de la muerte de tu madre. Y cuando te pusiste bien, no querías hablar de ello. Tu padre lo intentó, pero dijo que cada vez que lo mencionaba, sacudías la cabeza y te tapabas las orejas con las manos. Al final dejó de intentarlo.
Mary miró con fijeza a Kate.
– Dijo que parecías más feliz cuando él dejó de intentarlo. Hizo lo que le pareció mejor.
– Lo sé -susurró Kate-. Y al mismo tiempo, probablemente fue lo mejor. Pero ahora necesitaba saber. -Se volvió a Anthony, no para que la tranquilizara sino en busca de algún tipo de validación-. Necesitaba saber.
– ¿Cómo te sientes ahora? -le preguntó él, con palabras que sonaron suaves y directas.
Pensó en ello un momento.
– No lo sé. Bien, creo. Un poco más ligera. -Y entonces, sin ni siquiera darse cuenta de lo que hacía, sonrió. Fue algo vacilante, lento, pero de cualquier modo fue una sonrisa. Se volvió a Anthony con ojos asombrados-. Me siento como si me quitaran un enorme peso de encima.
– ¿Recuerdas ahora? -preguntó Mary.
Kate negó con la cabeza.
– Pero de todos modos me siento mejor. No puedo explicarlo, la verdad. Está bien saber, pese a no poder recordar.
Mary profirió un sonido ahogado, luego se levantó de la silla y se sentó junto a Kate en la otomana para abrazarla con todas sus fuerzas. Las dos se pusieron a llorar, con ese tipo de sollozos peculiares, enérgicos, que llevan la risa entremezclada. Hubo lágrimas, pero eran lágrimas de felicidad, y cuando Kate finalmente se apartó y miró a Anthony, se dio cuenta de que también él se estaba secando el rabillo del ojo.
Por supuesto que retiró la mano y asumió un semblante digno, pero ella le había visto. Y en aquel momento, supo que le amaba. Con cada pensamiento, con cada emoción, cada parte de su ser, le amaba.
Y si él nunca le correspondía con su amor… bien, no quería pensar en eso. No entonces, no en aquel momento profundo.
Probablemente nunca.
Capítulo 20
¿Alguien aparte de Esta Autora ha advertido que la señorita Edwina Sheffield ha estado muy absorta últimamente? Corre el rumor de que le han robado el corazón, aunque nadie parece conocer la identidad del afortunado caballero.
No obstante, a juzgar por el comportamiento de la señorita Sheffield en las fiestas, Esta Autora se atreve a suponer que el misterioso caballero no es alguien que resida en la actualidad aquí en Londres. La señorita Sheffield no ha mostrado ningún interés especial por ningún otro caballero y, aún más grave, estuvo sentada sin bailar durante la fiesta de lady Mottram el viernes pasado.
¿Podría ser su pretendiente alguna de las personas que conoció en e/ campo el mes pasado? Esta Autora tendrá que hacer de detective un poco para desvelar la verdad.
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
13 de junio de 1814
– ¿Sabes qué pienso? -preguntó Kate más tarde, aquella noche, mientras estaba sentada ante su tocador cepillándose el pelo.
Anthony se encontraba de pie junto a la ventana, con una mano apoyada en el marco, mirando al exterior.
– ¿Mmm? -fue su respuesta, más que nada porque estaba demasiado distraído con sus propios pensamientos como para formular una palabra más coherente.
– Pienso -continuó ella con voz alegre- que la siguiente vez que haya una tormenta, no me va a pasar nada.
El se volvió poco a poco.
– ¿De veras? -preguntó.
Kate asintió con la cabeza.
– No sé porque pienso eso. Es una intuición, supongo.
– Las intuiciones -dijo él con una voz que sonaba extraña y categórica, incluso para sus propios oídos – a menudo son las impresiones más acertadas.