Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
Los criados sostuvieron una reunión con Aurelia.
– ¿Tiene que ser hígado crudo? -preguntó el cocinero Murgus.
– No lo sé. Pensé que sí -respondió Aurelia, desconcertada.
– Podríamos ir a preguntárselo a Lucio Tucio -dijo el mayordomo Eutico-. A César no le gusta mucho comer; quiero decir que la comida no le atrae tanto. Y una de las cosas que he observado es que no come cosas que tengan sabor propio, como son los huevos. Y ese hígado crudo… puaf, ¡apesta!
– Pues guisaremos el hígado, y en la leche con huevos echaremos vino dulce -dijo Murgus.
– ¿Y cómo vas a guisar el hígado? -inquirió Aurelia.
– Lo cortaré en lonchas finas, luego echaré un poco de sal y espelta y lo freiré un poco con mucho fuego.
– Muy bien, Murgus. Enviaré recado a Lucio Tucio de lo que piensas hacer -dijo la paciente madre.
«Echad lo que queráis en la leche con huevos, y, por supuesto, guisad el hígado», fue la contestación del físico.
Gracias a ello, el enfermo toleró el régimen alimenticio, aunque no de mil amores.
– Digas lo que digas de tu dieta, César, creo que está dando resultado -dijo Aurelia.
– ¡Claro que da resultado! ¿Por qué crees que me lo como? -replicó el reacio convaleciente.
Aurelia comprendió que había algo raro en su actitud, y se sentó en la cama con gesto decidido, dispuesta a saber qué era.
– Vamos a ver, ¿qué es lo que te pasa?
Apretando los labios, César miró por la ventana abierta hacia el jardín que había arreglado Cayo Matius en el patio de luces.
– Esta primera decisión mía ha sido un desastre -dijo por fin-. Mientras todos actuaban con gran coraje y valentía, yo estaba postrado en cama sin poder decir ni hacer nada. Los únicos protagonistas han sido Burgundus, Ria y mater.
– Quizás haya sido una especie de lección, César -replicó ella, conteniendo una sonrisa-. Tal vez el gran dios, cuyo servidor sigues siendo, haya querido enseñarte algo que tú no estás dispuesto a aprender: que un hombre no puede ir contra los dioses, y que los griegos tienen razón en lo que respecta al hubris. La soberbia en el hombre es abominable.
– ¿Tú crees que mi orgullo llega a ser soberbia? -inquirió él.
– ¡Oh, sí! Tienes mucho falso orgullo.
– Yo no veo ninguna relación entre esa soberbia que tú dices y lo que sucedió en Nersae -replicó tercamente César.
– Eso es lo que los griegos llamarían hipotético.
– Querrás decir filosófico.
Como Aurelia tenía una buena formación, no aceptó aquella sutileza y pasó al ataque.
– El hecho de que tu orgullo sea tan arrogante constituye grave tentación para los dioses. El soberbio pretende colocarse por encima de los dioses y por encima de los demás. Y, como bien sabemos los romanos, los dioses nunca muestran su condición superior a nadie con una intervención directa. Júpiter Optimus Maximus no habla a los hombres con voz humana, y a mí no va a convencerme nadie de que el Júpiter que se aparece a los hombres en sueños sea algo más que un sueño. Los dioses intervienen de modo natural y castigan con cosas naturales. A ti te han castigado con algo naturaclass="underline" la enfermedad. Y creo que la gravedad de la misma es claro indicio de tu gran soberbia. ¡ Has estado a punto de morir!
– Tú atribuyes una fuerza divina a un acontecimiento puramente fisiológico -replicó él-. Yo creo que ha sido una fuerza tan toscamente animal como el acontecimiento. Como ninguno de los dos podemos demostrar nuestro argumento, ¿qué más da? ¿Qué importa que haya fracasado en mi primer intento de dirigir mi vida? He sido un objeto pasivo rodeado de heroísmo ajeno a mi persona.
– Oh, César, ¿es que nunca aprenderás?
– Probablemente no, mater -contestó él, esgrimiendo la cautivadora sonrisa.
– Sila quiere verte.
– ¿Cuándo?
– Cuando estés bueno. Yo le pediré la cita.
– Mañana mismo.
– No, después del próximo nundinus.
– Mañana.
– Pues mañana -dijo Aurelia, con un suspiro.
Se empeñó en ir él solo a pie, y cuando descubrió a Lucio Decumio acechando, unos pasos detrás de él, le ordenó volver a casa con tal firmeza, que el hombre no se atrevió a desobedecerle.
– ¡Estoy harto de que me mimen y protejan! ¡Déjame en paz! -gritó con voz que asustó a los que pasaban junto a él.
El paseo puso a prueba sus fuerzas, pero no llegó a casa de Sila agotado, ni mucho menos. No estaba restablecido, pero comenzaba a estarlo.
· -Ya veo que vistes toga -dijo Sila, sentado tras su escritorio, señalándole la laena y el apex, dispuestos sobre una camilla-. Te los he guardado. ¿Es que no tienes de repuesto?
– Sólo tengo ese apex, regalo de mi espléndido benefactor Cayo Mario.
– ¿El de Merula no te sentaba bien?
– Tengo la cabeza muy grande -contestó César muy serio.
– ¡Y que lo digas! -comentó Sila, conteniendo la risa.
Había mandado preguntar a Aurelia si César sabía la segunda parte de la profecía, y, al recibir respuesta negativa, había decidido no decirle nada; pero sí quería hablar largo y tendido sobre Mario. Había cambiado totalmente de idea respecto al asunto, debido a dos factores: la explicación que le había dado Aurelia a propósito de las circunstancias en que le habían convertido en flamen dialis y la representación dramática que tanto le había hecho disfrutar (y la fiesta que habían celebrado a continuación). Le había hecho revivir de tal modo, que, aunque había transcurrido ya un mes, aún recordaba retazos en los momentos menos oportunos, en medio de la ímproba tarea de hacer cumplir sus leyes. Sí, era como si volviese a ver el momento en que había entrado aquella magnífica delegación en su atrium, con solemnidad tan teatral que le había transfigurado, sacándole de la espantosa rutina, de aquella vida carente de alegría y diversión. Durante un buen rato la realidad se había esfumado, sumiéndole en un espectáculo brillante y magnífico. Y desde aquel día había vuelto a recuperar la esperanza; sabía que aquello concluiría, que podría disponer de tiempo para hacer lo que anhelaba, ahogar aquella vida asquerosa en un ambiente constante de risas, hechizo, ocio, artificio, diversión, farsas y travestismo. Saldría de aquella rutina para vivir un futuro muy distinto y mucho más agradable.
– Has cometido mil errores huyendo, César -dijo con voz bastante amistosa.
– No hace falta que me lo digas. Bien lo sé.
– Eres demasiado guapo para esfumarte de esa manera, y tienes una inclinación personal por lo espectacular: el germano, el caballo, tu bonita cara, tu arrogancia… -añadió Sila, levantando uno a uno los dedos al hacer la enumeración-. ¿Quieres que siga?
– No -contestó César con gesto contrito-. Ya me lo ha dicho mi madre… y otras personas.
– Bien. Pero me apostaría a que no te han dado el consejo que yo voy a darte. Y es el siguiente, César: acepta tu destino. Si destacas y no puedes fundirte en lo que te rodea, al menos no te embarques en locas aventuras que exigen discreción. A no ser que, como hice yo en cierta ocasión, tengas ocasión de disfrazarte de galo. Yo regresé con una torca al cuello, y creo que me dio suerte. Pero tenía razón Cayo Mario. Aquello era demasiado llamativo para lo que yo me proponía; y tuve que quitármela. Era romano, no un galo, y fue la Fortuna la que me favoreció, no un trozo de oro inanimado, por bonito que fuese. Por donde vayas llamarás la atención. Igual que yo. Así que aprende a actuar dentro de los límites de tu naturaleza y de tu aspecto -añadió con un gruñido y cierto gesto de asombro-. ¡Qué bienintencionado! ¡ Rara vez doy consejos bienintencionados!
– Te lo agradezco -dijo César.
El dictador hizo un gesto desabrido.
– Quiero saber por qué cres que Cayo Mario te hizo flamen dialis.
César aguardó un instante, pensando en que lo que dijera había de ser lógico y desapasionado.
– Cayo Mario me veía mucho en los meses que siguieron a su segundo infarto -comenzó diciendo.