Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
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Sin una palabra, el germano salió de la casa y comenzó a ensillar el caballo niseano, sin casi dar tiempo a Gratidia para que le preparase un zurrón de comida.
– Ya decía yo por qué no tenía ninguna noticia -dijo Aurelia, mordiéndose el labio, como si el estímulo de un dolor pudiera ayudarla a pensar-. No tengo palabras de gratitud para ti, Burgundus. Sin ti, mi hijo habría muerto. Ahora, ve a ver a Cardixa; que ella y tus hijos te han echado mucho de menos.
Sabía que era inútil volver a entrevistarse con Sila. Si la iniciativa no había servido de nada antes del año nuevo, ahora, cuatro meses después, tampoco daría resultado. Las proscripciones continuaban, aunque a menor ritmo, y comenzaban a dictarse leyes; leyes estupendas o leyes nefastas, según a quienes se aplicasen. Sila estaba muy ocupado.
Cuando Aurelia supo que Sila había mandado llamar a Marco Pupio Pisón Frugi pocos días después de su entrevista con ella, y se enteró de que le había ordenado divorciarse de Annia por ser la viuda de Cinna, había alimentado alguna esperanza por César. Pero aunque Pisón Frugi había obedecido, divorciándose con presteza de Annia, no había habido ningún otro acontecimiento. Ria le había escrito diciendo que el dinero se lo había tragado una persona famosa por su capacidad de codicia, y que César y Burgundus se habían marchado, pero no había dicho nada de la enfermedad, y Aurelia había pensado que todo iría bien a falta de noticias.
– Iré a ver a Dalmática -se dijo-. Quizás otra mujer me dé la clave de cómo llegar a Sila.
Poco se había visto en Roma a la esposa de Sila, que había llegado en diciembre de Brundisium. Algunos decían que estaba enferma y otros que Sila no tenía tiempo para vida hogareña y que la tenía abandonada; lo que nadie decía era que la había reemplazado por otra persona. Así, Aurelia le escribió una nota pidiéndole que la recibiese, a ser posible cuando Sila no estuviese en casa. Tuvo la prudencia de añadir que esto último era porque no quería irritar al dictador. Le pedía también si podía hacer que estuviera presente Cornelia Sila, pues quería presentar sus cumplidos a una mujer a quien había antaño tratado mucho. Tal vez Cornelia Sila pudiese sacarla de apuros. Y terminaba diciendo que quería hablar de un asunto que la preocupaba.
Sila no vivía en la casa reconstruida que daba al circo Máximo. Hicieron pasar a Aurelia a un cuarto que olía a yeso fresco y a toda clase de pinturas, y que presentaba ese aspecto vulgar que sólo el tiempo borra, y momentos después la conducían a través de un vasto atrium a un jardín porticado aún mayor, para hacerla pasar a los aposentos de Dalmática, que eran más grandes que toda la vivienda de Aurelia. Las dos mujeres se conocían, pero no tenían amistad, ya que Aurelia no se movía en los círculos del Palatino, exclusivos de las romanas viudas de hombres ilustres, por ser afanosa casera de una ínsula del Subura, a quien poco atraía el chismorreo surtido con vino dulce aguado y pastelillos.
Pero en honor a la justicia hay que decir que tampoco Dalmática había frecuentado esos círculos. Había pasado muchos años recluida por su primer esposo, Escauro, príncipe del Senado, y, por ello, no había tenido inclinación alguna por aquella clase de reuniones femeninas. Luego, había venido el exilio en Grecia, un idilio con Sila en Éfeso, Esmirna y Pérgamo, los mellizos, y la terrible enfermedad de Sila. Demasiadas preocupaciones, desgracias, añoranzas y penas. Nunca más volvería Cecilia Metela Dalmática a sentir interés por ir de compras, recibir actores, ni estar al tanto de rencillas, escándalos y frivolidades. Además, su regreso a Roma había sido una especie de triunfo, al ver que Sila tanto la había echado de menos y la amaba más que nunca.
No obstante, Sila no le hacía confidencias, y ella no sabía nada del flamen dialis; de hecho, no sabía que Aurelia era la madre del flamen dialis. Y Cornelia Sila sólo recordaba a Aurelia de la época en que ella era niña, como un vínculo con el difuso recuerdo de una madre entregada a la bebida antes de suicidarse y al vívido recuerdo de una cariñosa madrastra, Elia. Su primer matrimonio con el hijo del cónsul colega de Sila había concluido en tragedia al morir su esposo durante los disturbios del Foro en la época en que Sulpicio era tribuno de la plebe; y su segundo matrimonio, con Mamerco, el hermano menor de Druso, había sido para ella gran motivo de satisfacción.
Las tres se congratularon del buen aspecto respectivo, y como las tres eran consideradas en Roma como unas beldades, cabía suponer que pensaban haber superado mejor que la gran mayoría los estragos del tiempo. Aurelia era la mayor, con sus cuarenta y dos años; Dalmática tenía treinta y siete, y Cornelia Sila veintiséis.
– Ahora te pareces más a tu padre -dijo Aurelia a Cornelia Sila.
Tenía unos ojos demasiado azules y chispeantes, y llenos de alegría para ser de Sila, y la muchacha lanzó una carcajada.
– ¡Oh, no digas eso, Aurelia, mi cutis es perfecto y no llevo peluca!
– Pobre, tiene que resultarle muy penoso -añadió Aurelia.
– Lo es -terció Dalmática, cuya belleza morena era más dulce de lo que Aurelia recordaba, y ahora tenía sus ojos grises mucho más tristes.
La conversación giró durante un rato en torno a nimiedades, dirigida con sumo tacto por Dalmática para evitar los temas más espinosos que hubiera podido sacar a colación su nuera. Aurelia, que no era muy habladora, se contentó con alguna breve intervención.
Dalmática, que tenía un hijo y una hija de su primer esposo, Marco Emilio Escauro, además de los mellizos, hizo saber su preocupación por la mayor, Emilia Escaura.
– ¡Es preciosa! -dijo ilusionada y feliz-. Pero creemos que está encinta, aunque es demasiado pronto para estar seguros.
– ¿Con quién se casó? -preguntó Aurelia, que nunca estaba al corriente de los matrimonios.
– Con Manio Acilio Glabrio. Estuvieron prometidos años, por imposición de Escauro. Una unión tradicional entre familias.
– Glabrio es un buen hombre -comentó Aurelia prudentemente, en tono neutro. En el fondo, le consideraba un bocazas y un engreído que no hacía honor a su padre.
– Es un bocazas engreído -dijo tajante Cornelia Sila.
– Bueno, contigo no se avendría, pero se lleva muy bien con Emilia Escaura -replicó Dalmática.
– ¿Y la pequeña Pompeya? -se apresuró a preguntar Aurelia.
– ¡Un encanto! -contestó Cornelia Sila con sonrisa beatífica-. Tiene ocho años y ya va a la escuela. ¡Pero es una lerda monumental! -añadió con toda naturalidad, como buena hija de Sila que era-. Me daría con un canto en los dientes si aprende suficiente latín para escribir una nota de agradecimiento, porque griego, desde luego, jamás aprenderá. Así que me alegro de que haya salido guapa. Es mejor para una muchacha ser guapa que lista.
– Para encontrar marido, desde luego, aunque una buena dote también ayuda -replicó Aurelia con sequedad.
– ¡Ah, dote no le faltará! -añadió la madre-. El tata se ha enriquecido enormemente, y heredará algo de él y de los Pompeyos Rufos, que han cambiado mucho desde que yo era viuda y vivía en su casa. Entonces me hacían sufrir, pero ahora brillo por el simple reflejo de la luz del tata. Además, tienen miedo de que les declare proscritos.
– Pues esperemos que Pompeya encuentre un buen esposo -dijo Dalmática, mirando a Aurelia con mirada más seria-. Es un verdadero placer verte, y espero que seamos amigas de verdad; pero sé que no es una simple visita de cortesía, porque es bien sabido que eres una mujer responsable que busca resolver sus asuntos. ¿De qué apuro se trata, Aurelia? ¿En qué puedo ayudarte?
Y Aurelia le explicó el asunto de la manera escueta y sin rodeos tan propia de ella. Las dos mujeres la escuchaban atentamente.
– Hemos de hacer algo -dijo Dalmática con un suspiro, al dejar de hablar Aurelia-. Lucio Cornelio tiene muchas cosas en la cabeza y me temo que no es una persona muy afable -añadió, rebulléndose y desviando la mirada-. Tú has sido amiga suya muchos años -añadió inoportunamente-, y me parece que si no has podido influir en él, poco podré hacer yo.