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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– ¿Y qué piensan los demás? ¿Están de acuerdo conmigo? -replicó en voz baja Aurelia, lamentando no haberse vestido en color crema o hueso.

– Claro que si. Se dan cuenta de que es el flamen dialis, y les parece de una gran valentía oponerse al dictador, cosa que nadie hace; ni el propio Mamerco. Yo silo hago a veces. Y, fijate, a él le gusta. Sucede con la mayoría de los tiranos, porque desprecian a los cobardes. Así que entra tú encabezando la delegación y ¡plántale cara!

– Siempre lo he hecho -respondió la madre de César.

Allí estaba Crisógono, adulando equilibradamente a los distintos miembros de la delegación; comenzaba a correr el rumor de que era uno de los que más se beneficiaba de las proscripciones y que estaba acumulando una gran fortuna. Entró un criado a decirle algo al oído, e inmediatamente se dirigió a la gran puerta de dos hojas que daban paso al atrium de Sila, abriéndolas y apartándose para que entrase la delegación.

Sila les aguardaba de mal humor, originado por el convencimiento de que se había dejado engañar por unas mujeres, y furioso por no haber sabido resistírse a sus deseos. ¡ Era una conjura! Mujer e hija unidas para suplicarle con zalamerías y gestos de tristeza, diciéndole que si les concedía aquella nimiedad ellas le quedarían eternamente agradecidas, y que si se negaba se enfadarían. Dalmática no se excedía mucho, pues algo le había quedado de la sumisión que Escauro debía de haberle imbuido durante aquellos largos años de enclaustramiento, pero Cornelia Sila era de su misma sangre ¡y se notaba! Era una fiera. ¿Cómo podía Mamerco vivir con ella y aparentar tal felicidad? Probablemente porque nunca le llevaría la contraria. Muy inteligente. ¡ Hay que ver lo que hacían los hombres por conservar la armonía conyugal! Igual que lo que iba a hacer ahora.

De todos modos, sería como un cambio, en cierto modo divertido, en la agobiante sucesión de tareas dictatoriales. ¡ Estaba harto! Harto, harto… Siempre le pasaba lo mismo con Roma. Le sugería debilidades inviables, le recordaba fiestas a las que no podía acudir, círculos que no podía frecuentar… Metrobio. Siempre volvía a lo mismo. ¿Cuánto tiempo hacía que no le veía? ¿Cuándo había sido la última vez… entre la muchedumbre, durante el desfile triunfal de su acceso al cargo de cónsul? ¿Ni siquiera podía recordarlo con seguridad? Lo que no olvidaba era la primera vez que había visto al joven griego: durante una fiesta en que él se había disfrazado de Gorgona con una corona de serpientes vivas. ¡Qué pavor había causado entre los invitados! Pero no en Metrobio, adorable Cupido, al que el tinte de azafrán le chorreaba por entre los muslos; el mejor culito del mundo…

La delegación entró en aquel momento. Desde el sitio que ocupaba Sila, detrás del rectángulo turquesa del estanque central del gran salón, su campo de visión abarcaba plenamente la escena. Quizá porque había estado pensando en el mundo del teatro (y sobre todo en un actor concreto) advirtió Sila que no se trataba de una delegación romana estrictamente protocolaria, sino de un espectáculo dirigido por una mujer deslumbrantemente vestida de rosa, su color preferido. ¡Y qué ingenioso rodearse de gente vestida de blanco con unos toques de púrpura!

Ante aquel espectáculo, se desvaneció el mundo de las tareas dictatoriales y cedió el malhumor de Sila. Su rostro se iluminó y lanzó un grito de alegría.

– ¡Qué maravilla! ¡Mejor que una obra de teatro y que los juegos del circo! ¡No, no, no avancéis más; quedaos donde estáis! A ese lado del estanque. Aurelia, delante; como una esbelta rosa que destaca. Las vestales a la derecha; si, pero las más jóvenes detrás de Aurelia, para que tenga un fondo blanco. Eso es, ¡muy bien! Ah, y vosotros, ahí a la derecha; pero el joven Lucio Cotta que se sitúe también detrás de Aurelia, porque es el más joven y no creo que vaya a tomar la palabra. Me gusta ese detalle de los toques púrpura de vuestras túnicas, pero tú, Mamerco, rompes la armonía. No hubieras debido venir con la praetexta: demasiada púrpura. Así que ponte a la izquierda del todo -el dictador se llevó la mano a la barbilla, los contempló y asintió con la cabeza-. ¡ Muy bien! ¡Me gusta! Pero hace falta un poco más de brillantez. Yo, con la praetexta, igual que Mamerco, desentono.

Dio unas palmadas y Crisógono salió de detrás de la delegación, haciendo varias reverencias.

– Crisógono, que vengan mis lictores con túnica carmesí, no con las antiguas de detestable color blanco. Y tráeme el sillón egipcio; ya sabes, el que tiene cocodrilos por brazos y respaldo de áspides. Y un estrado. ¡Sí, un estrado cubierto de púrpura de Tiro, nada de imitaciones! ¡Vamos, vamos, date prisa!

La delegación, que no había dicho palabra, se resignó a una larga espera mientras se cumplían las órdenes de Sila, pero no en vano era Crisógono administrador de las proscripciones y mayordomo del dictador, y, de pronto, irrumpieron veinticuatro lictores con túnica carmesí, con las hachas en los fasces y rostro imperturbable. Y tras ellos llegó el pequeño estrado a hombros de cuatro robustos esclavos, que lo situaron en el centro, detrás del estanque, y procedieron a cubrirlo con un tapiz de púrpura de Tiro, tan oscura que parecía negra. El sillón llegó acto seguido; era un mueble espléndido de ébano pulimentado y dorado, con áspides de ojos de rubí, cocodrilos con ojos de esmeralda y un espectacular escarabajo polícromo en el centro del respaldo.

Una vez dispuesto el decorado, Sila se dirigió a los lictores.

– ¡Me gusta el detalle de las hachas en los fasces, símbolo de que soy el dictador con poder para ejecutar dentro del pomerium! Bien, vamos a ver… Poneos doce a la derecha y doce a la izquierda, bien alineados, muchachos, pero más juntos. Abríos en abanico para rodearme mejor. Así; más juntos por los extremos… ¡Así, así! -dijo, retrocediendo, para mirar a la delegación, frunciendo el ceño-. ¡Ya decía yo! ¡No veo los pies de Aurelia! ¡Crisógono, trae ese escabel de oro que le birlé a Mitrídates! Y que se suba en él. ¡Vamos, vamos, date prisa!

Finalmente, todo quedó a su entera satisfacción y tomó asiento en su trono egipcio sobre el estrado púrpura, sin percatarse de que hubiera debido de hacerlo en la silla curul. Pero nadie se atrevió a hacer objeción alguna; lo importante era que el dictador se lo estaba pasando en grande. Y eso representaba mayores posibilidades de una decisión favorable.

– ¡Habla! -dijo con fuerte voz.

– Lucio Cornelio, mi hijo se muere…

– ¡Más alto, Aurelia! ¡Habla para las filas de atrás de la cavea!

– ¡Lucio Cornelio, mi hijo se muere! ¡ He acudido con mis amigos a suplicar tu perdón!

– ¿Tus amigos? ¿Todos ésos son amigos tuyos? -inquirió él, sobreactuando con un exagerado gesto de sorpresa.

– Todos son amigos míos. Han venido conmigo para suplicarte que permitas que mi hijo regrese a casa antes de que muera -añadió Aurelia, vocalizando minuciosamente como si actuara en el teatro y representara su papel. Si quería una tragedia griega, ¡tragedia griega tendría! Extendió hacia él los brazos, y los tules rosados dejaron al descubierto su piel marfileña-. ¡Lucio Cornelio, mi hijo no tiene más que dieciocho años! ¡Y es mi único hijo! -le temblaba la voz, pero le iba saliendo bien; sí, le salía bien a juzgar por la expresión de él-. Tú conoces a mi hijo. ¡Un dios! ¡Un dios romano! ¡Un descendiente de Venus digno de ella! ¡Y valeroso! ¿No ha tenido el valor de desafiarte a ti, el hombre más poderoso del mundo? ¿Y ha mostrado temor alguno? ¡Ni mucho menos!

– ¡Ah, qué maravilla! -exclamó Sila-. ¡No conocía yo este don tuyo, Aurelia! ¡No lo malogres; sigue, sigue!

– ¡Lucio Cornelio, te lo suplico, perdona a mi hijo! -exclamó ella, arreglándoselas para volverse ligeramente en el estrecho escabel y extender los brazos hacia Fonteia, con la esperanza de que la majestuosa sacerdotisa entendiera sus cuitas-. ¡ Pido a Fonteia, vestal mayor de Roma, que suplique por la vida de mi hijo!

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