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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Dirigió a su madre una mirada poco propia de un hijo cariñoso, pero no rechistó y guardó para sí mismo el dolor que le producía tener que renunciar para siempre al caballo.

El sacrificio propiciatorio se celebró unos días más tarde, cuando ya César estaba preparado para el viaje que le conduciría a servir con Marco Minucio Termo, gobernador de la provincia de Asia. Aunque la fiesta se celebraría en el templo de Júpiter Stator, el ritual expiatorio se llevó a cabo en el altar levantado bajo la escalinata del templo capitolino de Júpiter Optimus Maximus.

Revestido de la toga (había entregado la laena y el apex a los sacerdotes para que los guardasen hasta que se construyera el futuro templo de Júpiter), César condujo el perfecto buey blanco desde su casa por las Fauces Suburae y el Argiletum. Aunque habría podido adornarle los espléndidos cuernos con simples cintas, él quiso hacer alarde de esplendidez y se los adornó con hilo de oro, le colgó al cuello guirnaldas de las más exóticas y costosas flores y le puso un ramo de rosas blancas en la testuz. Le había pintado las pezuñas de plata y recubierto la cola con cintas de hilo de oro trenzadas con flores. Le acompañaban sus invitados: sus tíos los Cotta, Cayo Matius, Lucio Decumio y sus hijos, y la mayoría de los cofrades del colegio de los cruces, todos con toga. Aurelia no asistió al sacrificio por impedírselo su sexo, ya que Júpiter Optimus Maximus era un dios de varones.

Los distintos colegios sacerdotales aguardaban congregados junto al altar, acompañados de los profesionales que efectuarían el sacrificio: popa, cultarius y esclavos. Aunque era costumbre drogar antes al animal, César se negó, pensando en que había que dejar que se manifestase sin trabas la voluntad del dios. Todos los presentes lo advirtieron de inmediato, pues el buey blanco impoluto tenía la mirada alerta y el paso firme, meneando mansamente la cola.

– ¡Estás loco, muchacho! -musitó Cayo Aurelio Cotta, mientras la multitud iba creciendo y alcanzaban un repecho del empinado Clivus Capitolinus-. ¡Todos van a tener los ojos puestos en ese animal, y tú no lo has drogado! ¿Y si se resiste? ¡Será demasiado tarde!

– No se resistirá -replicó César muy tranquilo-, pues sabe que de él depende mi destino. Y así todos verán que me resigno sin reservas a la voluntad del gran dios -añadió, conteniendo la risa-. Además, soy favorito de la Fortuna y la suerte me acompaña.

Todos los presentes se apiñaron en derredor, César se dirigió al trípode de bronce con una jofaina de agua y se lavó las manos. Lo propio hicieron el pontífice máximo (Metelo Pío, el Meneitos), el rex sacrorum (Lucio Claudio) y los otros dos sacerdotes mayores, los flamines martialis (Lucio Valerio Flaco, príncipe del Senado) y quirinalis (el recién nombrado Mamerco). Ceremonialmente puros de cuerpo y vestiduras, los sacerdotes oficiantes alzaron los pliegues de la toga que colgaban de sus hombros y se cubrieron la cabeza, gesto que todos imitaron.

El pontífice máximo se acercó al altar.

– ¡Júpiter Optimus Maximus (si te place que te dé ese nombre, si no, te invocaré con el que tú prefieras), recibe a tu servidor, Cayo Julio César, que era flamen tuyo y ahora desea expiar su erróneo nombramiento, manifestándote que él no tuvo arte ni parte! -clamó el Meneitos sin tartamudear lo más mínimo, retrocediendo un paso y dirigiendo una furiosa mirada a Sila, que había conseguido mantener el gesto comedido. La intachable invocación le había costado al Meneitos días de incesante práctica más penosa que la instrucción militar.

Los ayudantes de los sacerdotes comenzaron a despojar al buey de sus adornos e hilos de oro, haciendo una pelota con éstos sin preocuparse de César, que en aquel momento avanzó y puso la mano en el húmedo morro de su ofrenda. Los ojos rojo oscuro circundados de pestañas tan transparentes como el cristal le miraban mansamente, y César no notó que el animal rehuyera o temblase al tocarle.

Acto seguido entonó una plegaria con un tono de voz más aguda de lo habitual para que todos oyeran sus palabras.

– Júpiter Optimus Maximus todopoderoso (si te place oírme invocar por ese nombre, si no, me dirigiré a ti con el que desees), tú que eres el espíritu de Roma, te suplico que aceptes esta ofrenda de tu animal sagrado que te sacrifico en expiación de mi errónea designación como flamen tuyo. Te ruego que me liberes de mis votos y me concedas la oportunidad de servirte en otro cometido. Me someto plenamente a tu voluntad, ofreciéndote este poderoso ser vivo en el convencimiento de que me otorgarás lo que te suplico por haberte ofrecido cuanto debo.

Sonrió al buey, mirándole como si quisiera interpretar su sentir.

Los ayudantes sacerdotales se aproximaron, César y el pontífice máximo se apartaron a un lado y cogieron cada uno un cáliz de oro de un trípode, mientras el rex sacrorum asía un cuenco de oro lleno de espelta.

– ¡Pido silencio! -gritó César con voz estentórea.

Se hizo un silencio tal que el viento cálido y suave llevó hasta allí el rumor del ajetreo en las tiendas de los soportales del Foro.

El flautista se llevó a los labios el instrumento hecho con la tibia de un enemigo, y comenzó a desgranar una triste melodía destinada a amortiguar los ruidos del Foro.

Nada más iniciarse el son de la flauta, el rex sacrorum salpicó la cabeza del buey con la espelta, cosa que el animal debió de tomar por lluvia, ya que sacó la rosada lengua para lamerse los copos de harina del morro.

El popa se situó enfrente del buey, con la recia maza al lado.

– ¿A gone? -preguntó a César en voz alta.

– ¡Golpea! -gritó César.

La maza voló en el aire, cayendo veloz y con absoluta precisión entre los ojos del animal, que se derrumbó pesadamente sobre las patas delanteras, haciendo retumbar el suelo; poco a poco, los cuartos traseros quedaron tiesos hacia la derecha, lo cual era buen presagio.

Desnudo de cintura para arriba, igual que el popa, el cultarius cogió los cuernos y alzó hacia el cielo la cabeza del buey, marcándose en sus brazos músculos y nervios, pues era una cabeza que pesaba veinticinco kilos. Luego, la dejó de nuevo en tierra.

– La víctima consiente -dijo a César.

– ¡Pues procede al sacrificio! -clamó César.

El hombre sacó de la vaina el afilado cuchillo y, mientras el popa volvía a levantar la cabeza del animal, él le cortó hábilmente el cuello de un profundo tajo. Conforme requería el rito, la sangre no salió en borbotones que salpicaran a nadie. Cuando el popa bajó otra vez la cabeza hacia la derecha, César tendió el cáliz al cultarius, y éste recogió sangre con tal maestría que no chorreó gota alguna fuera del recipiente. Metelo Pío entregó igualmente su cáliz.

Con cuidado de no pisar el crecido riachuelo carmesí que descendía cuesta abajo, César y el pontífice máximo se dirigieron al altar de piedra, donde aquél derramó el contenido del cáliz diciendo:

– ¡Oh Júpiter Optimus Maximus (si deseas que te invoque por ese nombre, si no, te invocaré por el que desees oír), tú, que eres del sexo que te place, tú que eres el espíritu de Roma, acepta esta ofrenda expiatoria, y acepta el oro de los cuernos y pezuñas de la víctima, y guárdalo para adornar tu nuevo templo!

Dicho lo cual, Metelo Pío derramó su cáliz.

– ¡Oh todopoderoso Júpiter Optimus Maximus (si te place que te invoque con ese nombre, si no, te invocaré con el que desees), te suplico aceptes el sacrificio expiatorio de Cayo Julio César, que fue tu flamen y sigue siendo tu servidor!

Nada más pronunciar Metelo Pío la última palabra sin titubeo alguno, se oyó un suspiro de alivio general, que amortiguó los tristes arpegios del tib icen.

El último en ofrecer el sacrificio fue el rex sacrorum, que esparció el resto de la espelta sobre el charco de sangre del altar.

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