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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– Es cierto -asintió el dictador, arrellanándose en la silla-. Los miembros del colegio sacerdotal hemos decidido, tal como tú suponías, liberarte del cargo, Cayo Julio César. No puedo hablar por los demás, pero puedo decirte por qué yo quiero que lo dejes. Creo que Júpiter Optimus Maximus no te quiere como flamen; creo que te destina a otras empresas. Es muy posible que ese incendio del templo fuese el instrumento de tu liberación. No estoy completamente seguro, pero tengo la profunda impresión de que sí; pero hay cosas peores que seguir los propios instintos. Cayo Mario fue la prueba más dura de mi vida, una especie de Némesis, porque, de un modo u otro, estropeó mis mejores logros. Y, por motivos en los que no voy a entrar, también quiso encadenarte. ¡Y te digo una cosa, César! Si él quiso encadenarte, yo quiero liberarte. El que ríe el último ríe mejor. De eso se trata.

A César jamás se le habría ocurrido que su liberación fuese consecuencia de algo como aquello: que fuese Cayo Mario quien le había encadenado para que Sila le liberase. Miró a aquel hombre y quedó plenamente convencido de que era el único motivo por el que le liberaba. Quería ser el último en reír y, al final, era Mario el que salía perdiendo.

– Yo y mis colegas de los colegios sacerdotales opinamos que debe de haber habido algún defecto en el ritual de tu consagración como flamen dialis. Varios de ellos (yo no, pero si bastantes) presenciaron la ceremonia y ninguno está completamente seguro de que no se cometiera algún error. Y basta esa duda dado el sanguinario ambiente de aquellos días. Así que hemos decidido exonerarte. No obstante, no podemos nombrar otro flamen dialis mientras tú vivas, no fuera a ser que nos equivoquemos y no hubiese habido defecto alguno -añadió Sila, apoyando las manos en la mesa-. Lo mejor será tener una cláusula que permita una salida. Es grave inconveniente no tener flamen dialis, pero Júpiter Optimus Maximus es la esencia de Roma y desea que las cosas se hagan legalmente. Por lo tanto, Cayo Julio César, serán los otros flamines quienes compartan las tareas del servicio a Júpiter.

César se humedeció los labios. Había que decir algo.

– Me parece una prudente medida -comentó.

– Eso creemos. Sin embargo, ello significa que dejas de pertenecer al Senado en el momento en que el gran dios manifieste su consentimiento. Y para obtenerlo, ofrecerás a Júpiter Optimus Maximus su animal simbólico: un toro blanco. Si el sacrificio se desarrolla favorablemente, cesarás en el cargo. Si no resulta favorable, habremos de pensar otra cosa. El pontífice máximo y el rex sacrorum presidirán la ceremonia -añadió con un brillo de ironía en sus ojos gris claro-, pero el sacrificio lo realizarás tú. Y celebrarás una fiesta invitando a los colegios sacerdotales en el templo de Júpiter Stator del Foro. El sacrificio y la fiesta tendrán carácter de piaculum en expiación de los inconvenientes que ha sufrido el gran dios por la ausencia de sacerdote propio.

– Me satisface obedecer -dijo César, ceremonioso.

– Si todo sale bien, quedarás libre. Podrás casarte con quien quieras; aunque sea la hija de Cinna.

– ¿He de entender que no ha cambiado la situación civil de Cinnilla? -inquirió flemáticamente César.

– ¡Claro que no ha cambiado! ¡De no ser así, llevarías la laena y el apex para el resto de tus días! Me molesta que lo preguntes, muchacho.

– Lucio Cornelio, lo he preguntado porque la lex Minicia revertirá automáticamente sobre los hijos que me dé mi esposa. Y no es justo, porque yo no he sido proscrito. ¿Por qué han de sufrir perjuicio mis hijos?

– Sí, ya lo sé -replicó el dictador, sin ofenderse por la franqueza de César-. Por eso pienso hacer una enmienda a la ley para proteger a hombres como tú. La lex Minicia de liberis únicamente será aplicable a los hijos de los proscritos. Si éstos tienen la suerte de desposarse con un cónyuge romano, sus hijos serán romanos. Debería haberse previsto -añadió, frunciendo el ceño-. Pero no se hizo. Es una de las consecuencias de legislar tanto con tanta rapidez; pero la manera en que se me expuso me dejó en ridículo, ¡y todo por culpa tuya, muchacho, y del bobo de tu tío, Cotta! La interpretación sacerdotal de mis leyes a la luz de las otras leyes de Roma registradas en las tablillas debe aplicarse a los hijos de los proscritos.

– Me alegro -dijo César sonriente-, porque me ha librado de las garras de Mario.

– Exactamente -apostilló Sila, con gesto enérgico y reflexivo-. Mitilene se ha sublevado y se niega a pagar el tributo a Roma. En este momento está en el cargo el procuestor Lúculo, pero he enviado a mi pretor Termo como gobernador de la provincia de Asia, con el cometido prioritario de aplastar la sublevación de Mitilene. Tú has manifestado preferencias por la carrera militar, así que te voy a enviar a Pérgamo para que te incorpores al estado mayor de Termo. Espero que te distingas, César -añadió, mirándole severamente-. De tu conducta como segundo tribuno militar depende el veredicto final de este asunto. En la historia de Roma se concede máxima reverencia al héroe militar, y yo quiero exaltar a esa clase de hombres; serán objeto de privilegios y honores muy concretos. Si haces méritos por valentía en el combate, a ti también te exaltaré, pero si no te distingues, te hundiré aún más de lo que pretendía Cayo Mario.

– Me parece bien -respondió César, encantado con el nombramiento.

– Otra cosa -añadió Sila, con cierto fulgor taimado en la mirada-. Tu caballo; ese animal que montabas cuando eras flamen dialis, violando los preceptos del gran dios.

– ¿Qué? -inquirió César, tenso.

– Me han dicho que quieres volver a comprarlo. No lo hagas. Quiero que montes una mula. Yo siempre me he contentado con una mula, y a ti también debe bastarte.

Un fulgor asesino cruzó los ojos azules de César. ¡Ah, no, Sila, no quieras atraparme!, pensó.

– ¿Pero tú crees, Lucio Cornelio, que yo me considero digno de una mula? -replicó.

– No tengo ni idea de lo que te crees digno.

– Yo monto a caballo mejor que nadie -añadió César sin inmutarse-, mientras que tú, según se dice, eres el peor jinete que existe. Pero si una mula es bastante para ti, para mí es demasiado. Y te doy sinceras gracias por tu comprensión y discreción.

– Bien; puedes marcharte -añadió Sila, imperturbable-. Cuando salgas, haz el favor de decirle al secretario que pase.

El malhumor que le embargaba hizo que César llegase a casa menos contento de lo que hubiera debido estarlo por su liberación; y pensó si no habría sido, precisamente, el propósito de Sila amargarle la alegría con aquella bobada de la mula. Sila no quería agradecimiento, no quería que el hijo de Aurelia quedase obligado a él por una especie de clientelismo; un Julio doblegado a un Cornelio sería como una burla al patriciado. Y, reflexionando sobre ello, César concluyó con mejor opinión sobre Lucio Cornelio Sila que la que tenía antes de acudir a la entrevista. ¡Él me ha liberado! Ha sido él quien me ha concedido la vida para hacer lo que quiera. O lo que pueda. Es un hombre que no me gusta, pero ha habido momentos en que he notado que le apreciaba.

Y al pensar en Bucéfalo se echó a llorar.

– Sila sabe lo que se hace -dijo Aurelia, asintiendo con la cabeza-. Vas a tener muchos gastos. Tienes que comprar un toro blanco sin tacha, y no te costará menos de cincuenta mil sestercios, y la fiesta que tienes que dar a los sacerdotes y augures te costará el doble. Luego tienes que equiparte para marchar a Asia y mantenerte en un ambiente carísimo. Recuerdo que tu padre decía que los tribunos militares desprecian a los colegas que no pueden vivir con igual lujo y derroche que ellos. Y tú no eres rico. Las rentas de tus tierras se han ido acumulando desde la muerte de tu padre porque no has tenido gastos, pero ahora todo cambia. Volver a comprar el caballo sería un gasto inoportuno, y más ahora que no vas a estar aquí para montarlo. Ve en mula hasta nueva orden de Sila. Por menos de diez mil sestercios puedes encontrar una mula estupenda.

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