Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
– ¿Qué edad tenías? -le interrumpió Sila.
– Diez años cuando empecé a verle, y doce al final.
– Continúa.
– A mí me interesaban sus experiencias militares y le escuchaba con los cinco sentidos. Él me enseñó a cabalgar, a manejar la espada, a arrojar la lanza y a nadar -prosiguió César, sonriendo con ironía-. En aquella época yo tenía grandes ambiciones militares.
– Y le escuchabas con gran atención.
– Claro. Y creo que él debió de pensar que yo intentaría ser más que él.
– ¿Por qué iba a pensarlo?
– Porque se lo dije yo.
– Bien. Ahora, explícame lo de hacerte flamen dialis.
– A eso no puedo darte una respuesta lógica. No lo sé. Yo creo que me nombró flamen dialis para impedir que siguiera una carrera militar o política -contestó César, muy inquieto-. Es una respuesta basada en suposiciones mías, porque Cayo Mario estaba trastornado, y puede que todo fuese fantasía suya.
– Bien -dijo Sila, con rostro impenetrable-, como ha muerto, nunca sabremos la razón, ¿no es cierto? Pero, dado que estaba mal de la cabeza, tu hipótesis es lógica. Él siempre temía que le hicieran sombra hombres de mejor cuna, de las grandes familias. Él era un hombre nuevo, y se sentía injustamente discriminado por ello. Fíjate, por ejemplo, cuando yo capturé al rey Yugurta, fue una acción que él se atribuyó exclusivamente. ¡Y fue una hábil acción mía! Si no hubiese capturado a Yugurta, la guerra en Africa no habría concluido tan rápidamente y de forma tan concluyente. Catulo César, primo de tu padre, quiso decir en sus memorias que el mérito había sido mío, pero le hicieron callar.
Ni aunque su vida hubiese dependido de ello, habría dicho César una sola palabra de lo que pensaba de la fantástica versión de la captura de Yugurta. Sila era el legado de Mario, y por muy hábil que hubiese sido la captura, el mérito correspondía a Mario. Era Mario quien había encomendado la misión a Sila, y era Mario quien dirigía la guerra. El general no podía hacerlo todo él; precisamente por eso tenía sus legados. Creo que estoy oyendo, pensó César, una de las primeras versiones de lo que será la historia oficial. Mario ha perdido y ha vencido Sila, sólo por haber vivido más que él.
– Entiendo -se limitó a decir.
Sila se levantó con cierto esfuerzo y se acercó a la camilla en que estaban las ropas del flamen dialis. Cogió el casco de marfil, con el pincho y el disco de lana, y lo sopesó en las manos.
– Lo has forrado bien -dijo.
– Da mucho calor, Lucio Cornelio, y no me gusta sentir el sudor -replicó César.
– ¿Cambias el forro a menudo? -preguntó Sila, llevándose el apex a la nariz para olerlo-. ¡ Por los dioses, que huele bien, no como los cascos militares que apestan! Yo he visto caballos arrugar la nariz al darles a beber en cascos del ejército.
Un leve gesto de asco cruzó el rostro de César, pero se encogió de hombros.
– Imperativos de la guerra -comentó.
Sila sonrió.
– ¡Me gustaría ver cómo te las arreglas tú, muchacho! Tengo entendido que eres algo especial, ¿no?
– En ciertos aspectos tal vez -respondió César con voz monocorde.
Sila arrojó el apex de marfil sobre la camilla.
– ¿Así que detestas el cargo? -preguntó.
– Lo detesto.
– Y Cayo Mario tenía tanto temor de un niño como para encadenarle con eso.
– Así parece.
– Recuerdo que en tu familia decían que eras muy listo y que leías cualquier texto fácilmente. ¡ Es cierto?
– Sí.
Sila volvió a acercarse al escritorio, buscó entre los papeles y cogió una hoja que tendió a César.
– Lee eso -dijo.
A la primera ojeada, César comprendió por qué se lo pedía. Era una escritura horrorosa, con las letras muy pegadas unas a otras y las líneas torcidas.
Sila no me conoces pero tengo que decirte algo y es que hay un hombre en Lucania llamado Marco Aponio que tiene grandes propiedades en Roma y quiero que sepas que Marco Craso ha hecho que este Aponio aparezca en las listas de proscritos para poder comprar sus propiedades muy baratas en subasta y es lo que hizo por dos mil sestercios. Un amigo.
Sila echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
– ¡Ya me lo imaginaba! Y mi secretario también. Gracias, César. Pero no has visto nada y no lo has leído aunque lo hayas visto.
– ¡Por supuesto!
– Es un grave inconveniente no poderlo hacer todo personalmente -dijo Sila poniéndose serio-. Es lo peor de ser dictador, que es una tarea hercúlea y hay que recurrir a agentes. El que se menciona en la carta es alguien en quien confiaba. Sí, sabía de su codicia, pero no creía que fuese tan descarado.
– En el Subura todos conocen a Marco Licinio Craso.
– ¿Por su delito de quemar insulae?
– Sí… y por sus equipos contra incendios que llegan en el momento en que ha comprado la propiedad por cuatro monedas y apagan el fuego. Se ha convertido en el mayor propietario del Subura, y todos le detestan. ¡ Pero que no se atreva a poner la mano en la insula de mi madre! -añadió César en tono amenazador.
– Ya no volverá a poner las manos en ningún bien de los proscritos -añadió Sila con voz ronca -. Mancha mi nombre. ¡Se lo advertí y no ha hecho caso! No volveré a verle. Que se pudra.
Era curioso oír aquello. ¿A él qué le importaban los problemas del dictador con sus adláteres? ¡ Roma no volvería a tener un dictador! Pero calló, aguardando a que Sila fuese por fin al grano, y diciéndose que estaba dando tantos rodeos para poner a prueba su paciencia; y seguramente para atormentarle.
– Tu madre no lo sabe ni tú tampoco, pero no ordené que te mataran -dijo el dictador.
César abrió unos ojos como platos.
– ¿Ah, no? ¡Pues no es lo que un tal Lucio Cornelio Fagites le hizo creer a Ria! Se hizo con tres talentos de mi madre a cambio de mi vida. Yo estaba postrado en cama. Acabas de decirme lo horrible que es depender de agentes por su codicia. Y bien cierto que es.
– Recordaré el nombre y le será devuelto el dinero a tu madre -dijo Sila, con evidente enojo-. Pero no se trata de eso. ¡De lo que se trata es de que no ordené matarte! Dije que te trajeran vivo a mi presencia para poder preguntarte lo que acabo de preguntarte.
– Y matarme después.
– En principio, si.
– Y ahora has dado palabra de no matarme.
– Supongo que no habrás cambiado de parecer en cuanto a divorciarte de la hija de Cinna…
– No. No pienso divorciarme.
– Lo cual plantea un grave problema a Roma. No puedo matarte, no quieres continuar en el cargo y no piensas divorciarte de la hija de Cinna porque ella es el medio para librarte del cargo… ¡y no te molestes en darme elaboradas explicaciones sobre ética y principios! -De pronto, una expresión de senectud invadió aquel deteriorado rostro, y los labios, faltos de apoyo, se fruncieron temblorosos en un tic; era como Cronos dispuesto a comerse a uno de sus hijos-. ¿Te ha contado tu madre lo que sucedió?
– Sólo que me perdonabas la vida. Ya la conoces.
– ¡Ah, una persona extraordinaria esa Aurelia! Hubiera debido nacer hombre.
La cautivadora sonrisa de César se desvaneció.
– ¡Siempre dices lo mismo! Yo debo decir que me alegro mucho de que no fuese hombre.
– ¡Y yo! ¡Y yo! De haberlo sido, yo habría debido no dormirme sobre los laureles -dijo Sila, palmeándose en los muslos e mclinándose hacia adelante-. Así pues, mi querido César, sigues siendo un estorbo para todos los que componemos el colegio sacerdotal. ¿Qué vamos a hacer contigo?
– Despojarme del cargo, Lucio Cornelio. Nada puedes hacer salvo matarme; y eso sería faltar a tu palabra. Pero no creo que lo hagas.
– ¿Qué te hace pensar que no voy a faltar a ella?
César enarcó las cejas.
– ¡Soy patricio como tú! Pero, además, soy de la familia de los Julios, y tú nunca faltarás a tu palabra con una persona de mi alcurnia.