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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Afortunadamente, en aquel momento los demás comenzaban a salir de la estupefacción y estaban dispuestos a intervenir en aquel juego. Fonteia alzó las manos hacia Sila y adoptó un gesto de pena que no había vuelto a usar desde los cuatro años.

– ¡Perdónale, Lucio Cornelio! -exclamó-. ¡ Perdónale!

– ¡Perdónale! -musitó Fabia.

– ¡Perdónale! -gritó Licinia.

Tras estas súplicas, Julia Estrabón, de diecisiete años, superó a todos rompiendo a llorar.

– ¡Lucio Cornelio, hazlo por Roma, perdónale por Roma! -bramó Cayo Cotta con la estentórea voz senatorial que su padre había hecho famosa-. ¡Te ruego que le salves, por Roma!

– ¡Por Roma, Lucio Cornelio! -gritó Marco Cotta.

– ¡Por Roma, Lucio Cornelio! -vociferó Lucio Cotta.

Faltaba Mamerco, quien añadió con voz quejumbrosa:

– ¡Perdónale!

Se hizo un silencio y ambas partes se quedaron mirándose.

Sila permanecía erguido en el sillón, con la pierna derecha adelantada y la izquierda hacia atrás, en la tradicional postura de los prohombres romanos, y barbilla baja y ceño fruncido. Aguardando.

– ¡No! -exclamó de pronto.

Y vuelta a empezar.

– ¡No! -volvió a gritar.

Sintiéndose agotada y exprimida como un paño que se retuerce al lavarlo, Aurelia suplicó por la vida de su hijo por tercera vez con voz lastimera y manos temblorosas. Julia Estrabón aullaba como una posesa y Licinia la miraba como dispuesta a secundarla. Y el coro de suplicantes volvió a alzar sus voces, rematadas por un tercer balido de Mamerco.

Volvió a hacerse el silencio y Sila permaneció impasible durante un largo rato, en aquella postura que debió de considerar jupiterina, ceñudo, regio y todopoderoso. Finalmente, se puso en pie y se acercó al borde de su estrado púrpura, donde se mantuvo quieto y con el ceño fruncido, mostrando una impresionante dignidad.

Luego lanzó un suspiro, que se habría oído sin dificultad en las filas traseras de un teatro, cerró los puños y, alzándolos hacia las doradas estrellas de la decoración del techo, exclamó:

– ¡De acuerdo, concedido! ¡ Le perdonaré! ¡ Pero os advierto que en ese joven veo muchas Manos!

Tras lo cual, saltó como una cabrita al suelo y recorrió a saltitos el borde del estanque.

– ¡Ah, es lo que necesitaba! ¡ Maravilloso, maravilloso! ¡ No me divertía tanto desde que me acostaba con mi madrastra y mi querida juntas! ¡Ser dictador es un aburrimiento! ¡No tengo tiempo ni para ir al teatro! Pero esto ha sido mejor que ninguna comedia, y yo he sido el protagonista! Habéis actuado muy bien; menos tú, Mamerco, con tu praetexta y esos extraños vagidos. ¡Muy tieso, hombre, muy tieso! ¡Tienes que meterte en el papel!

Se llegó a Aurelia y la ayudó a bajar del escabel de oro (macizo) y la abrazó entusiasmado.

– ¡Has estado sensacional! ¡Sensacional, querida! Parecías Ifigenia en Aulis.

– Me he sentido como una verdulera en una farsa.

Se había olvidado de los lictores, que seguían hieráticos y con cara de palo a ambos lados del sillón egipcio. ¡Ya nada podría sorprenderles!

– ¡Hale, vamos al comedor y lo celebraremos! -dijo el dictador, instándolos a que le precedieran, pasando el brazo por los hombros de la aterrorizada Julia Estrabón-. No llores, tonta, que no pasa nada. ¡Ha sido una broma! -añadió, poniendo los ojos en blanco en dirección a Mamerco y dando a la joven un empujoncito en la espalda-. Anda, Mamerco, saca el pañuelo y dáselo, que se limpie. ¡Aurelia, de verdad que has estado magnífica, magnífica! -exclamó, pasándole el brazo por los hombros-. ¿Sabes lo que te digo? Que deberías vestir siempre de rosa.

Con las rodillas todavía temblándole, Aurelia frunció el ceño y dijo con voz estrangulada:

– Yo no veo en él a ningún Mario. Deberías haber dicho que ves en él muchos Silas. Hubiera sido más exacto; porque no se parece en nada a Mario y, sin embargo, muchas veces es igual a ti.

Dalmática y Cornelia Sila aguardaban afuera, estupefactas. No les había sorprendido la entrada de los lictores, pero no daban crédito a sus ojos cuando vieron que traían el estrado, el paño púrpura, el trono egipcio y el escabel de oro. Ahora, todos hacían corrillos riéndose, menos Julia Estrabón, que seguía llorando; y Sila continuaba con el brazo sobre los hombros de una sonriente Aurelia.

– ¡Hay que celebrarlo! -gritó Sila, saltando delante de su esposa, cogiéndole el rostro entre las manos y besándola-. ¡Vamos a celebrarlo y voy a emborracharme de lo lindo!

Aurelia tardó un buen rato en darse cuenta de que ninguno de los actores de aquella increíble representación habían encontrado degradante la inesperada reacción de Sila, ni ella había desmerecido como persona ante sus ojos. Al contrario, el efecto había sido todo lo contrario: ¿cómo no temer a un hombre que se complacía en semejante farsa?

Ninguno de los presentes contó la historia, ni dijo nada de lo sucedido en reuniones o cenas. Y no por temor a perder la vida, sino porque pensaron que nadie en Roma hubiera podido creérselo.

Cuando César llegó a casa recibió en su persona las últimas consecuencias de la actuación de su madre: Sila envió a su médico personal, Lucio Tucio, para que viera al enfermo.

– Francamente -dijo Aurelia a Lucio Decumio-, yo a Sila no le veo nada bien, así que no creo que este Lucio Tucio sea una lumbrera.

– Es un físico romano, y eso hace mucho -replicó Lucio Decumio-. Los griegos no me merecen confianza.

– Los físicos griegos son muy buenos.

– En el aspecto teórico, sí, porque tratan a los enfermos con ideas nuevas y no con remedios tradicionales. Pero los remedios tradicionales son los mejores. Yo tomo todos los días arañas grises machacadas y adormidera en polvo.

– Bien, desde luego, Lucio Decumio, éste, romano sí que es.

En aquel momento salía el físico de Sila del cuarto de César, e interrumpieron el diálogo. Tucio era un hombre pequeño, regordete y de aspecto muy limpio; había sido cirujano jefe de los ejércitos de Sila, y era él quien le había enviado a Edepso al contraer aquella enfermedad en Grecia.

– Creo que la curandera de Nersae tenía razón, y que lo que vuestro hijo ha padecido han sido unas fiebres palúdicas asintomáticas -dijo animado-. Ha tenido suerte, porque pocos se salvan.

– Entonces, ¿se recuperará? -inquirió Aurelia angustiada.

– Oh, sí. Ya ha superado la crisis, pero la enfermedad le ha debilitado la sangre; por eso está pálido y tan débil.

– ¿Qué hemos de hacer? -inquirió Lucio Decumio, agresivo.

– Los que pierden mucha sangre a causa de una herida, muestran una sintomatología muy parecida a la de César -añadió Tucio, impasible-. En esos casos, al sobrevivir, van mejorando poco a poco por sí mismos. Pero contribuye a la mejoría alimentarles a diario con un hígado de cordero; y cuanto más joven es el cordero, antes se recuperan. Aconsejo que se le dé un hígado de cordero lechal y tres huevos batidos en leche de cabra cada día.

– ¿Sin ninguna medicina? -inquirió Lucio Decumio, no muy convencido.

– No hay medicina que cure la enfermedad de César. Yo, de acuerdo con los físicos griegos de Edepso, en la mayor parte de los casos creo más en la dieta que en la medicina -replicó con firmeza Lucio Tucio.

– ¿No veis? Al fin y al cabo, griego… -comentó Lucio Decumio una vez se hubo marchado.

– Es igual -dijo Aurelia con energía-. Seguiré sus consejos durante un tiempo y ya veremos. Pero a mi me parecen razonables.

– Bueno, me voy al campus Lanatarius a comprar el cordero y que lo sacrifiquen allí mismo -dijo el hombrecillo, que quería a César más que a sus hijos.

El inconveniente surgió del propio enfermo, que se negaba a comer hígado de cordero y se tomó el primer cuenco de leche mezclada con huevos con tal asco que lo vomitó.

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