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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– ¡Oh todopoderoso Júpiter Optimus Maximus (si te place que te invoque con ese nombre, si no, te invocaré con el que desees), soy testigo de que te han ofrecido la vida y la fuerza de este ser, poderosa y enorme víctima, y que se ha hecho conforme al ritual prescrito sin error alguno! Según los acuerdos que nos ligan a ti, concluyo que te ha complacido la ofrenda de Cayo Julio César. Por consiguiente, Cayo Julio César desea quemar su ofrenda en honor tuyo y no quiere parte alguna de ella para sí mismo. Que en virtud de ello, Roma y los que en ella viven tengan prosperidad.

Y eso fue todo. La ceremonia había concluido sin error alguno. Mientras sacerdotes y augures descubrían sus cabezas y comenzaban a descender la cuesta del Clivus Capitolinus hacia el Foro, los ayudantes del sacrificio, como profesionales que eran, comenzaron a recogerlo todo. Izaron la masa del buey con una polea y lo dispusieron sobre la pira, que prendieron con una antorcha musitando sus plegarias, mientras los esclavos limpiaban con baldes de agua las manchas de sangre del suelo, difundiéndose un extraño olor, mezcla de buey asado y de los costosos inciensos que César había comprado para echarlos entre los haces de leña. La sangre del altar no se limpiaría hasta que el buey se convirtiera en cenizas. Y la bola de oro iba ya camino del Tesoro, en donde quedaría depositada, con el nombre del donante y la fecha y naturaleza del acontecimiento.

La fiesta que hubo a continuación en el templo de Júpiter Stator en la Velia, al fondo del Foro, se desarrolló tan bien como el sacrificio. César recorrió los grupos de invitados, instándoles a pasarlo bien y bromeando con ellos, y muchos ojos que nunca se habían fijado en él comenzaron a escrutarle. Ahora era por cuna y estirpe un rival de la arena política, y sus modales, su porte, la expresión de su rostro bien parecido, daban a entender que no había que perderle de vista.

– Tiene un ligero parecido a tu padre -dijo a Catulo un Metelo Pío aún ruborizado de satisfacción por su perfecta dicción en la ceremonia.

– Natural -respondió Catulo, mirando a César con instintiva repugnancia-, mi padre era un César. Guapito, ¿verdad? Eso lo aguanto, pero lo que no puedo aguantar es su arrogancia. ¡Mírale! Es más joven aun que Pompeyo y ya se cree el dueño del mundo.

El Meneitos se mostraba contemporizador.

– ¿Cómo te sentirías tú de haber sido liberado del terrible destino del flamen dialis?

– Quizá lamentemos el día en que Sila nos mandó liberarle -replicó Catulo-. Mírale ahí con Sila. ¡Vaya pareja!

El Meneitos le miró sin salir de su asombro, y Catulo pensó en que había podido morderse la lengua, pues por un instante había olvidado que su interlocutor no era Quinto Hortensio, tan acostumbrado estaba a tener a su cuñado constantemente al lado. Pero no le acompañaba en esta ocasión, porque al anunciar Sila al colegio de sacerdotes los nuevos miembros, el nombre de Hortensio no figuraba; y Catulo lo consideraba una omisión imperdonable. Igual que Quinto Hortensio.

Al margen de la ofensa que había infligido a Catulo, Sila se esforzaba porque César le dijera una cosa.

– No drogaste al animal y has corrido un riesgo enorme.

– Soy un favorito de la Fortuna -replicó César.

– ¿Cómo has llegado a esa conclusión?

– Basta tener en cuenta que me he librado del flaminado, he superado una enfermedad mortal, me he salvado de que me mandases matar y estoy enseñando a la mula a imitar el paso de un caballo aristocrático con bastante éxito.

– ¿Le has puesto nombre? -inquirió Sila sonriendo.

– Claro, Orejas gachas.

– ¿Y cómo llamabas a tu aristocrático caballo?

– Bucéfalo.

Sila soltó una carcajada, pero no hizo comentario alguno. Miró en derredor y luego hizo un amplio gesto con el brazo.

– Una fiesta notable para un anfitrión de dieciocho años.

– He seguido tu consejo -replicó César- y, como no puedo pasar inadvertido en el decorado, decidí que hasta mi primer banquete fuese digno de mí.

– ¡Si que eres arrogante! Desde luego, es una fiesta sin par, César. Ostras, salmonetes, lubina, codornices… Te habrá costado una fortuna.

– Más de lo que puedo permitirme -contestó César sin turbarse.

– Eres un derrochador -comentó escuetamente Sila.

– Lucio Cornelio, el dinero es un instrumento -replicó César, encogiéndose de hombros-. Me da igual tenerlo que no, si de lo que se trata es de acumularlo. Yo considero que hay que vivir sin dinero, pues si no genera podredumbre. Todo el dinero que obtenga de ahora en adelante lo utilizaré para progresar en mi carrera pública.

– Buen sistema para arruinarse.

– Ya me las arreglaré -replicó César despreocupadamente.

– ¿Cómo puedes estar tan seguro?

– Porque tengo el favor de la Fortuna y la suerte me acompaña.

– ¡Tengo el favor de la Fortuna y la suerte me acompaña! -repitió Sila evocador, estremeciéndose-. Pero no olvides que se paga un precio, y la Fortuna es una amante celosa y exigente.

– ¡Son las mejores! -dijo César, echándose a reír de tal manera que se hizo un silencio. Y muchos de los presentes recordarían aquella risa de César, no porque tuviesen una premonición, sino por dos cualidades que envidiaban en éclass="underline" su juventud y su buen físico.

Naturalmente, no pudo marcharse hasta que hubo desaparecido el último invitado, y eso sucedió muchas horas más tarde. Por entonces ya los tenía a todos clasificados, pues era de esas personas cuya memoria todo lo atesora. Su conclusión fue que había sido una agradable reunión.

– Aunque no he conocido a nadie de quien me interesase hacerme amigo -dijo a Cayo Matius al día siguiente-. ¿De verdad que no quieres venir conmigo, Pustula? Tienes obligación de servir en seis campañas, ¿sabes?

– No, gracias. No deseo estar tan lejos de Roma. Espero que me destinen, y ojalá sea a la Galia itálica.

Los adioses no parecían acabar. Arrepentido de no haber prescindido de ellos, César los soportó con toda la paciencia de que fue capaz; lo peor de todo fue los muchos que le pidieron que les dejara ir con él, pero se negó rotundamente y sólo aceptó a Burgundus. Sus dos criados los había adquirido recientemente: hombres ajenos a la influencia de su madre.

Una vez se hubo despedido de todos -Lucio Decumio, sus hijos, los cofrades del colegio de los cruces, Cayo Matius, los criados de su madre, Cardixa y sus hijos, su hermana Ju-Ju, su esposa y su madre-, montó en su magnífica mula y partió.

Tercera parte.

ENERO DEL 81 A. DE J.C. – SEXTILIS (AGOSTO) DEL 80 A. DE J.C.

No habían transcurrido dos meses cuando Sila decidió que Roma se había adaptado satisfactoriamente a sus actividades de proscripción. La matanza era algo más sutil que la emprendida por Mario en los días de su séptimo consulado; no corría tanta sangre por las calles de la ciudad, y no había cadáveres amontonados en el Foro. Había prohibido los ritos funerarios y el entierro de los proscritos, y los muertos eran arrastrados de un gancho por el esternón hasta el Tíber, al que eran arrojados. Sólo las cabezas se amontonaban en el Foro, en torno al estanque de la fuente pública llamada de Servilio.

Respecto al monto de los bienes confiscados por el Estado y su administrador Crisógono, se dictaron algunas leyes más: las viudas de los proscritos no podían volver a casarse, y las máscaras de cera de Cayo Mario, su hijo, Cinna y sus antepasados, ni de ningún otro proscrito y sus antepasados, podían exhibirse en los funerales familiares.

La casa de Cayo Mario había sido vendida en subasta a Sexto Perquitieno, nieto del que había acumulado la fortuna de dicha familia y vecino de Mario; ahora servía de anexo para guardar las obras de arte del citado Perquitieno.

En las primeras subastas presididas por Crisógono los bienes de los proscritos fueron a parar a los mejores postores a precios corrientes de mercado, pero no había mucho dinero para comprar, y en la décima subasta los precios comenzaron a descender rápidamente. Fue en ese momento cuando Marco Craso comenzó a pujar; se valía de una buena artimaña: en vez de aspirar a los mejores bienes en oferta, se concentraba en los menos apetecibles, que lograba adjudicarse por poco dinero. Las actividades de Lucio Sergio Catilina eran más descaradas, pues se dedicaba a informar a Crisógono de actos de traición o de comentarios subversivos, y así logró que su hermano Quinto fuese declarado proscrito, y consiguió que también lo fuese su cuñado Cecilio. El hermano fue desterrado, pero el cuñado murió y Catilina solicitó del dictador una ley especial para poder heredar, arguyendo que en ninguno de los dos casos figuraba en el testamento ni tenía herederos directos, y que los dos proscritos tenían hijos varones. Al concedérselo Sila, Catilina se hizo inmensamente rico sin gastar un solo sestercio en las subastas.

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