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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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Ese año, fue como si no hubiera primavera. Aún estaba haciendo frío y, de repente, las lluvias parecieron llevarse por delante dos meses enteros y el condado de Lee se sumió de golpe en una ola de calor tremenda. Las mariposas monarca regresaron, las malas hierbas crecían en los arcenes hasta la altura de la cintura, bajo los cornejos en flor, y Alice tuvo que tomar prestado uno de los sombreros de ala ancha de cuero de Margery y ponerse un pañuelo alrededor del cuello para evitar quemarse, mientras espantaba con la hebilla de las riendas los bichos que le picaban al caballo en el pescuezo.

Alice y Fred pasaban juntos todo el tiempo que podían, pero no hablaban demasiado sobre Margery. Después de haber hecho todo lo que estaba en su mano para satisfacer sus necesidades prácticas, nadie sabía qué decir.

La investigación forense había determinado que Clem McCullough había fallecido a causa de una herida mortal en la parte posterior del cráneo, probablemente causada por un golpe en la nuca, o por una caída sobre una piedra. Desgraciadamente, el avanzado estado de descomposición del cadáver no había permitido llegar a una conclusión más precisa. Margery tenía que testificar en el tribunal del juez de instrucción, pero se había congregado una multitud furiosa frente a él y, dada su condición, se decretó que no sería prudente que ella entrara.

Cuanto más se acercaba la fecha en la que salía de cuentas, más frustrado se sentía Sven. Le había gritado al ayudante del sheriff de la cárcel hasta que le habían prohibido las visitas durante una semana. Habría sido más, pero Sven era muy querido en el pueblo y todos sabían que los nervios le estaban pasando factura. Margery estaba blanca como la leche y tenía el pelo recogido en una trenza sucia, comía lo que Alice le ofrecía como si estuviera ausente, pero sin rechistar, como si prefiriera no hacerlo, pero entendiera que no le quedaba más remedio. No había día que Alice no visitara a Margery y no pensara que era un crimen contra la naturaleza tenerla encerrada en una celda, justo lo contrario a como debería ser. Nada tenía sentido mientras ella seguía encerrada, las montañas parecían vacías y a la biblioteca le faltaba una pieza fundamental. Hasta Charley estaba apático y le daba por pasear a lo largo de la barandilla, o por quedarse inmóvil, con las orejas a media asta y el pálido hocico a medio camino del suelo.

A veces, Alice esperaba a estar sola durante el largo camino de vuelta a la cabaña y, al amparo de los árboles y el silencio, lloraba desconsolada de miedo y frustración. Eran unas lágrimas que ella sabía que Margery nunca derramaría por sí misma. Nadie hablaba de lo que sucedería cuando llegara el bebé. Nadie hablaba de lo que le pasaría a Margery después. Aquella situación era demasiado surrealista y el bebé era todavía una abstracción, algo que pocos de ellos podían imaginar que llegara a existir.

Alice se levantaba a las cuatro y media de la madrugada todos los días, se subía a lomos de Spirit y desaparecía entre los densos bosques de la ladera de la montaña, cargada con sus alforjas, recorriendo el primer kilómetro sin haberse despertado del todo. Saludaba por su nombre a todos aquellos que se encontraba y solía intercambiar algún tipo de información concreta con cada uno: «¿Has conseguido ese manual para reparar tractores, Jim? ¿A tu mujer le han gustado los cuentos?». Cuando veía a Van Cleve, ponía el caballo delante de su coche, de manera que este se veía obligado a parar y a poner el motor al ralentí en la carretera, mientras ella lo intimidaba con la mirada. «Dormirá bien por las noches, ¿no?», le gritaba, perforando el aire inmóvil con su voz. «¿Está orgulloso de sí mismo?». Con las mejillas moradas y a punto de estallar, el hombre maniobraba con el coche para esquivarla.

A Alice no le daba miedo estar sola en la cabaña, pero Fred la había ayudado a poner más trampas para alertarla si alguien se acercaba. Una noche, mientras leía, oyó el tintineo del cordón de campanillas que habían colgado entre los árboles. A la velocidad del rayo, extendió el brazo hacia la chimenea, descolgó el rifle, se puso de pie y lo amartilló sobre el hombro en un movimiento fluido, antes de colocar los dos cañones delante del estrecho hueco de la puerta.

Alice entornó los ojos, intentando discernir si algo se movía allá fuera. Inmóvil como una estatua, escrutó la oscuridad durante un par de minutos, antes de dejar caer los hombros.

—Solo ha sido un ciervo —murmuró para sí misma, mientras bajaba el rifle.

Pero, a la mañana siguiente, descubrió una nota que alguien había metido por debajo de la puerta durante la noche, escrita con una tosca caligrafía negra.

Aquí no eres bienvenida. Vete a tu casa.

No era la primera nota que Alice recibía y la joven reprimió con todas sus fuerzas las emociones que estas solían despertar en ella. Margery se habría reído, así que eso fue lo que ella hizo. Arrugó el papel en una bola, la tiró al fuego y maldijo en voz baja. E intentó no pensar en dónde podría estar «su casa» en aquellos momentos.

Fred estaba al lado del granero, en la penumbra, cortando leña: una de las pocas tareas que aún superaban a Alice. No lograba levantar aquel hacha tan pesada y raras veces conseguía partir los leños a lo largo de la veta. Normalmente, dejaba la hoja clavada en algún ángulo extraño, firmemente atascada, hasta que Fred regresaba. Él, sin embargo, golpeaba cada leño con un movimiento limpio y rítmico, trazando un gran círculo con los brazos, para cortar con el hacha cada tronco en dos y luego en cuatro. Después, cada tres golpes, se detenía para sostenerla suavemente con una mano, mientras con la otra lanzaba los leños nuevos al montón. Alice lo observó durante un rato, hasta que este volvió a hacer una pausa para pasarse el dorso de la mano por la frente y levantó la vista hacia ella, que estaba de pie en la puerta, con un vaso en la mano.

—¿Es para mí?

Ella avanzó hacia él y le dio el vaso.

—Gracias. Es más de lo que creía.

—Gracias por hacerlo.

El hombre bebió un gran trago de agua y suspiró, antes de devolverle el vaso.

—Bueno, no puedo dejaros pasar frío en invierno. Y fuera se secan antes si se cortan pequeños. ¿Seguro que no quieres volver a intentarlo? —Algo en su expresión le hizo detenerse—. ¿Te encuentras bien, Alice?

Ella sonrió y asintió, pero se dio cuenta de que apenas era capaz de convencerse a sí misma. Así que le contó lo que llevaba postergando una semana.

—Me han escrito mis padres. Para decirme que puedo volver a casa. —La sonrisa de Fred se esfumó—. No les hace mucha gracia, pero dicen que no puedo quedarme aquí sola y están dispuestos a considerar mi matrimonio como un error de juventud. Mi tía Jean me ha invitado a quedarme con ella en Lowestoft. Necesita ayuda con los niños y todos están de acuerdo en que sería una buena forma de…, bueno…, de que volviera a Inglaterra sin desatar demasiado escándalo. Al parecer, podemos hacer todos los trámites legales a distancia, más tranquilamente.

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