Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
—¿Dónde está Lowestoft?
—Es un pueblecito en la costa del mar del Norte. No es precisamente mi sitio favorito, pero…, bueno, supongo que al menos tendré cierta independencia. —«Y estaré lejos de mis padres», añadió para sí. Tragó saliva—. Me van a enviar dinero para el pasaje. Les dije que necesitaba quedarme hasta el final del juicio de Margery. —La joven dejó escapar una risa seca—. No creo que el hecho de ser amiga de una mujer acusada de asesinato haya mejorado su opinión sobre mí.
Se hizo un largo silencio.
—Así que de verdad te vas a ir.
Ella asintió. No fue capaz de decir nada más. Era como si, con aquella carta, de pronto le hubieran recordado que toda su vida allí, hasta el momento, había sido un delirio febril. Se imaginó de vuelta en Mortlake, o en la casa de falso estilo Tudor de Lowestoft, a su tía preguntándole cortésmente si había dormido bien, si le apetecía desayunar algo, o si le gustaría pasear hasta el parque municipal por la tarde. Bajó la vista hacia sus manos entrelazadas y observó sus uñas rotas, y el jersey que llevaba poniéndose catorce días seguidos sobre las otras capas y que tenía pequeños restos de heno y semillas de hierba enredados en el punto. Se miró las botas, llenas de rasguños, que hablaban de travesías por senderos de montaña remotos, cruzando arroyos, o teniendo que bajarse del caballo para subir por pasos estrechos cubiertos de barro, bajo un sol abrasador o una lluvia que nunca, nunca paraba. ¿Cómo sería volver a ser esa otra muchacha? La de los zapatos relucientes, las medias y una existencia monótona y disciplinada. Con las uñas limadas pulcramente y dos visitas semanales a la peluquería para rizarse el pelo. Sin volver a bajarse de un caballo para aliviarse detrás de los árboles, coger manzanas para comer mientras trabajaba o inhalar el olor del humo de la madera y la tierra húmeda y, en lugar de ello, intercambiar unas cuantas palabras amables con el conductor del autobús acerca de si estaba seguro de que el 238 paraba delante de la estación de tren.
Fred la observó. Su expresión era tan triste y descarnada que hizo que Alice se sintiera vacía. Él disimuló, cogiendo el hacha.
—Bueno, supongo que será mejor que acabe de hacer esto, ya que estoy aquí.
—A Margery le vendrá bien. Cuando vuelva a casa.
Él asintió, mirando fijamente el filo.
—Sí.
Alice esperó unos instantes.
—Te prepararé algo de comer… Si aún te apetece quedarte.
Él asintió con la cabeza, todavía mirando al suelo.
—Estaría bien.
La joven siguió allí un rato más, antes de dar media vuelta y entrar de nuevo en la cabaña de Margery con el vaso vacío. El sonido de los golpes del hacha partiendo la madera a sus espaldas hizo que se encogiera, como si no fuera solo la madera la que se estaba partiendo en dos.
La comida era pésima, como toda comida cocinada sin ganas, pero Fred era demasiado educado como para comentarlo y Alice tampoco tenía muchas ganas de hablar, así que el almuerzo transcurrió en medio de un silencio poco habitual, acompañado únicamente por el canto de los grillos y las ranas en el exterior. Él le dio las gracias por cocinar y mintió diciendo que la comida estaba deliciosa, y ella recogió los platos sucios y observó cómo Fred se levantaba y se estiraba con rigidez, como si el hecho de haber estado cortando madera le hubiera arrebatado algo más de lo que él pretendía dar. El hombre vaciló y luego salió a la escalera de entrada, donde Alice podía ver su sombra a través de la red de la puerta mosquitera mirando hacia la ladera de la montaña.
«Lo siento mucho, Fred», dijo Alice para sus adentros. «Yo tampoco quiero dejarte».
Luego se giró hacia los platos y empezó a frotarlos con fuerza, reprimiendo las lágrimas.
—¿Alice? —Fred se asomó a la puerta.
—¿Hum?
—Ven aquí —le pidió.
—Tengo que lavar los pla…
—Ven. Quiero enseñarte algo.
La noche estaba dominada por la densa negrura que sobreviene cuando las nubes engullen por completo la luna y las estrellas, y Alice apenas era capaz de ver a Fred, mientras este se dirigía hacia el balancín del porche. El hombre apagó la luz y se quedaron sentados a escasos centímetros el uno del otro, sin tocarse, pero unidos por unos pensamientos que se enredaban dentro de ellos como la hiedra.
—¿Qué estamos mirando? —preguntó Alice, intentando enjugarse las lágrimas disimuladamente.
—Espera un momento —respondió Fred, a su lado.
Alice se quedó sentada en la oscuridad, dándole vueltas al futuro, mientras el balancín crujía bajo el peso de ambos. ¿Qué iba a hacer, si decidía no volver a casa? Tenía poco dinero, desde luego no el suficiente como para buscarse una cabaña. Ni siquiera tenía claro si tendría trabajo: ¿quién sabía si la biblioteca continuaría existiendo, sin la férrea gestión de Margery? Y lo peor era que no podía quedarse para siempre en aquel pueblo, con la nube amenazadora de Van Cleve, su ira y su matrimonio malogrado cerniéndose sobre ella. Ya había atrapado a Margery y, sin duda, acabaría atrapándola también a ella, de una forma u otra.
Y, sin embargo…
Y, sin embargo, pensar en abandonar ese lugar, en no volver a cabalgar por esas montañas acompañada únicamente por el sonido de los cascos de Spirit y la luz brillante y moteada del bosque, pensar en no volver a reírse con las otras bibliotecarias, en no volver a coser en silencio al lado de Sophia, o en no dar golpecitos con el pie mientras la voz de Izzy se elevaba hasta las vigas del techo, le dolía en el alma. Aquello le encantaba. Adoraba las montañas, la gente y el infinito cielo azul. Le encantaba sentir que hacía un trabajo que valía para algo, ponerse a prueba cada día, cambiar las vidas de la gente palabra por palabra. Se había ganado a pulso cada uno de sus cardenales y ampollas, había construido una nueva Alice sobre el armazón de otra, con la que nunca se había sentido del todo cómoda. Sencillamente, regresar sería como retroceder, y sabía que lo haría a gran velocidad. Baileyville se transformaría en un pequeño interludio, se difuminaría hasta convertirse en otro episodio del que sus padres, con los labios apretados, preferirían no hablar. Añoraría Kentucky durante un tiempo, pero se le pasaría. Luego, al cabo de un año o dos, tal vez, le permitirían divorciarse y acabaría encontrando a un hombre tolerable al que no le importara su complicado pasado, y sentaría la cabeza. En algún lugar tolerable de Lowestoft.
Y luego estaba Fred. El mero hecho de pensar en separarse de él hacía que le doliera el estómago. ¿Cómo iba a soportar la idea de no volver a verlo nunca más? ¿De no volver a ver cómo se le iluminaba la cara solo porque ella había entrado en la habitación? ¿De no volver a atraer su mirada entre la multitud, sintiendo el calor sutil que le causaba estar con un hombre que ella sabía que la deseaba más que a cualquier otra? Últimamente, tenía esa sensación siempre que estaban juntos, aunque no hablaran. Era como una conversación velada que fluía, como una corriente subterránea, bajo la superficie de todo lo que hacían. Nunca se había sentido tan unida a alguien, tan segura de nada, nunca había deseado tanto hacer feliz a otra persona. ¿Cómo iba a renunciar a eso?
—Alice.
—¿Sí?
—Mira hacia arriba.
Alice se quedó de una pieza. La ladera de la montaña de enfrente había cobrado vida, iluminada por innumerables lucecitas que brillaban en tres dimensiones entre los árboles, vibrando y titilando, mientras se movían e iluminaban las sombras de la noche cerrada. La joven observó aquel espectáculo parpadeando, boquiabierta, sin dar crédito a lo que veía.
—Luciérnagas —dijo Fred.
—¿Luciérnagas?
—Gusanos de luz, o como quieras llamarlas. Vienen todos los años.
Alice apenas podía creer lo que estaba viendo. Las nubes se abrieron y las luciérnagas centellearon, se enredaron entre sí y ascendieron desde las sombras iluminadas de los árboles. Aquel millón de cuerpos blancos luminosos se fusionó completamente con el cielo de la noche estrellada y, por un instante, fue como si el mundo entero estuviera cubierto de lucecillas doradas. Era una imagen tan deslumbrante, inconcebible e increíblemente bella que Alice se echó a reír, llevándose las manos a las mejillas.