Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
—¿Hacen esto a menudo? —preguntó. Vio que Fred sonreía.
—No. Puede que una semana al año. Dos, como mucho. Aunque nunca las había visto tan hermosas.
Un gran gemido brotó del pecho de Alice, relacionado con la emoción que la abrumaba y, tal vez, con la pérdida que se avecinaba; con la persona que faltaba en el interior de la cabaña y con el hombre que estaba a su lado y que no podía tener. Sin pensarlo, extendió la mano en la oscuridad hasta encontrar la de Fred. Los dedos de él, cálidos, fuertes y envolventes, se cerraron alrededor de los suyos, como si estuvieran hechos los unos para los otros. Se quedaron así sentados durante un rato, observando el titilante espectáculo.
—Entiendo… Entiendo por qué tienes que irte —dijo Fred, rompiendo el silencio, antes de hacer una pausa para elegir las palabras con prudencia—. Solo quiero que sepas que me va a resultar muy duro que te vayas.
—No puedo hacer otra cosa, Fred.
—Lo sé.
Alice respiró hondo, de forma entrecortada.
—Menudo desastre, ¿no?
Se hizo un largo silencio. En algún lugar, en la distancia, un búho ululó. Fred estrechó la mano de Alice y, durante un rato, ambos se quedaron allí sentados, sintiendo la suave brisa nocturna que los envolvía.
—¿Sabes por qué son tan maravillosas esas luciérnagas? —dijo Fred, finalmente, como si hubieran estado teniendo otra conversación—. Por supuesto, solo viven unas cuantas semanas. Son insignificantes en el orden global de las cosas. Pero, mientras están ahí, su belleza es arrebatadora. —El hombre acarició con el pulgar los nudillos de Alice—. Te hacen ver el mundo de una forma totalmente nueva. Y esa imagen tan hermosa se te quedará grabada en la mente. Y te acompañará allá donde vayas. Y nunca la olvidarás —comentó el hombre. Antes de que Fred pudiera seguir hablando, una lágrima rodó por la mejilla de Alice—. Me he dado cuenta de ello mientras estaba aquí sentado. Tal vez eso es lo que tenemos que entender, Alice. Que hay cosas que son un regalo, aunque sean efímeras. —El hombre se quedó en silencio, antes de volver a hablar—. Quizá el hecho de saber que existe algo así de bello es todo lo que podemos pedir.
Alice escribió a sus padres para confirmarles su regreso a Inglaterra y Fred llevó en coche la carta a la estafeta, de paso que iba a entregar un potro joven a Booneville. Ella vio cómo él apretaba la mandíbula mientras leía la dirección y se odió por ello. Se quedó allí de pie, cruzada de brazos, con su camisa blanca de lino sin mangas, mientras él saltaba a la cabina de la polvorienta camioneta, con el remolque traqueteante enganchado atrás y el caballo dando coces, impaciente por irse. Contempló cómo subían por Split Creek, hasta que la camioneta se perdió de vista.
Alice observó la carretera vacía, las montañas que se elevaban a ambos lados de esta y que desaparecían entre la neblina veraniega, y a los buitres que volaban en círculos perezosamente en las alturas, por encima de su cabeza, durante un rato, protegiéndose los ojos del sol con una mano. Emitió un suspiro largo y tembloroso. Finalmente, se sacudió las manos en los pantalones de montar y volvió a entrar en la biblioteca.
21
Eran las tres menos cuarto de la madrugada cuando llamaron a la puerta. La noche era tan calurosa que Alice, más que dormir, llevaba ya varias horas sudando y peleándose de forma intermitente con las sábanas. Oyó el golpeteo rápido en la puerta y se irguió para sentarse de inmediato, con el corazón en un puño, aguzando el oído en busca de pistas. Posó con sigilo los pies descalzos sobre las tablas de madera del suelo, se puso la bata de algodón, cogió el arma que tenía al lado de la cama y fue de puntillas hacia la puerta. Allí esperó, aguantando la respiración, hasta que el sonido volvió a repetirse.
—¿Quién anda ahí? ¡Voy a disparar!
—¿Señora Van Cleve? ¿Es usted?
Alice parpadeó y miró por la ventana. El ayudante del sheriff Dulles estaba allí fuera, completamente uniformado, frotándose con nerviosismo la nuca. La joven fue hacia la puerta y la abrió.
—¿Agente?
—Es la señorita O’Hare. Creo que le ha llegado la hora. No puedo despertar al doctor Garnett y no quiero que dé a luz allí abajo, sola.
En cuestión de minutos, Alice ya estaba vestida. Ensilló a una Spirit soñolienta y siguió el rastro de las ruedas del coche del ayudante del sheriff Dulles, anulando con su determinación cualquier tipo de recelo natural que pudiera tener Spirit por atravesar los tenebrosos bosques en plena noche. La poni trotaba en la oscuridad con las orejas levantadas, cautelosa pero diligente, y a Alice le entraron ganas de darle un beso por ello. Cuando llegó al sendero cubierto de musgo que discurría a lo largo del arroyo, la joven pudo empezar a galopar y presionó a la yegua todo lo que pudo, agradecida porque la luz de la luna iluminara el camino.
Cuando llegó a la carretera, no fue directamente a la prisión, sino que giró e hizo que Spirit bajara hacia la casa de William y Sophia, en Monarch Creek. Había cambiado durante su estancia en Kentucky, sí, y era cierto que no había muchas cosas que la asustaran. Pero hasta Alice sabía cuándo había dejado de hacer pie.
Cuando Sophia llegó a la prisión, Margery, empapada en sudor, estaba empujando apoyada en Alice, como si fuera una melé de rugby, doblada sobre sí misma y gimiendo de dolor. Alice no podía llevar allí más de veinte minutos, pero se sentía como si fueran horas. Oía su propia voz como de lejos, pidiéndole a Margery que fuera valiente, insistiendo en que lo estaba haciendo muy bien y diciéndole que el bebé llegaría antes de que se diera cuenta, aunque sabía que solo era posible que una de esas cosas fuera cierta. El ayudante del sheriff les había dejado una lámpara de aceite y la luz parpadeaba, proyectando sombras inciertas sobre las paredes de la celda. El olor a sangre, orina y a algo primario e innombrable saturaba el aire denso y viciado. Alice nunca se había parado a pensar que un nacimiento pudiera ser tan desagradable.
Sophia había ido todo el camino corriendo, con la vieja bolsa de partera de su madre debajo del brazo, y el ayudante del sheriff Dulles, ablandado por dos meses de regalos horneados y confiando en la buena voluntad de las bibliotecarias, había abierto la puerta de la celda con estrépito y había dejado entrar a Sophia.
—Gracias a Dios —dijo Alice en la penumbra, mientras el hombre volvía a cerrar la puerta a sus espaldas con un tintineo de llaves—. Me daba pánico que no llegaras a tiempo.
—¿Cuánto lleva de parto?
Alice se encogió de hombros y Sophia le pasó la mano por la frente a Margery. Esta tenía los ojos apretados y la mente muy lejos de ellas, mientras otra oleada de dolor se apoderaba de su cuerpo.
Sophia esperó, con mirada atenta y vigilante, hasta que esta pasó.
—¿Margery? Margery, muchacha, ¿cada cuánto tiene dolores?
—No lo sé —murmuró Margery, con los labios resecos—. ¿Dónde está Sven? Por favor. Necesito a Sven.
—Ahora tienes que ser fuerte y centrarte. Alice, ¿has traído el reloj de pulsera? Empieza a contar cuando yo te diga, ¿de acuerdo?
La madre de Sophia había sido la partera de la gente de color de Baileyville. De niña, Sophia la acompañaba en las visitas, le llevaba la enorme bolsa de cuero, le pasaba el instrumental y las hierbas a medida que los necesitaba y la ayudaba a esterilizar todo y a volver a guardarlo para que estuviera listo para la siguiente mujer. Según ella, no lo había aprendido todo, pero probablemente era lo mejor que Margery iba a conseguir.
—¿Va todo bien ahí dentro, señoras? —El ayudante del sheriff Dulles se mantenía respetuosamente al otro lado de la sábana. Margery empezó a gemir de nuevo, primero en voz baja y luego cada vez más alta. El hombre se había asegurado de estar muy lejos cuando su propia mujer había dado a luz a todos sus hijos, y aquellos sonidos y olores tan poco delicados le hacían sentirse un poco mareado.