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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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—No puedo decir que las pruebas sean concluyentes, Geoff. Entre nosotros, tal y como están las cosas, no podemos demostrar sin ningún tipo de duda que ella estuviese allí y nuestra única testigo dice ahora que no está segura de a quién pertenecía la voz que oyó.

—¡Desde luego que fue ella! Sabes muy bien que la pobre chica con la polio no lo haría ni tampoco Alice. Eso nos deja a la muchacha de la granja y a la de color. Y apostaría a que esta no sabe montar a caballo.

El sheriff curvó hacia abajo la boca con un gesto que indicaba que no estaba convencido.

Van Cleve hincó un dedo en la mesa.

—Es una mala influencia, Bob. Pregúntale al gobernador Hatch. Él lo sabe. La forma en que ha estado difundiendo material indecente bajo el disfraz de una biblioteca para familias. Ah, ¿es que no lo sabías? Ha estado metiendo cizaña por North Ridge para que no permitieran que la mina llevara a cabo la labor que legítimamente le corresponde. Puedes seguirle la pista a todos los problemas que ha habido por aquí durante el último año y te llevará hasta Margery O’Hare. Esta biblioteca le ha dado alas. Cuanto más tiempo pase encerrada, mejor.

—¿Sabes que está embarazada?

—¡Pues ahí lo tienes! No tiene moralidad alguna. ¿Es ese el comportamiento de una mujer decente? ¿De verdad quieres que alguien así entre en casas donde hay personas jóvenes e influenciables?

—Supongo que no.

Van Cleve movió los dedos en el aire con la mirada puesta en un lejano horizonte.

—Salió a hacer su ruta, se cruzó con ese pobre McCullough cuando volvía a casa y, al ver que estaba borracho, vio la oportunidad de vengar al inútil de su padre y le mató con lo primero que tenía a mano, sabiendo muy bien que quedaría oculto bajo la nieve. Probablemente pensó que los animales se lo comerían y que nadie encontraría jamás el cadáver. Pero por suerte y gracias a Dios Todopoderoso, alguien lo ha encontrado. ¡Una desalmada, eso es! Incumpliendo las leyes de la naturaleza de todas las maneras posibles.

Dio una fuerte calada a su puro y meneó la cabeza.

—Te digo una cosa, Bob. No me sorprendería que lo volviera a hacer. —Esperó un momento y, después, añadió—: Por eso me alegra ver que hay un hombre como tú al frente de este pueblo. Un hombre que impedirá que se difunda la ilegalidad. Un hombre que no tiene miedo a hacer valer la ley.

Van Cleve extendió la mano hacia su caja de puros.

—¿Por qué no te llevas un par de estos a tu casa para fumártelos luego? O mejor aún, llévate la caja entera.

—Es muy generoso por tu parte, Geoff.

El sheriff no dijo nada más. Pero dio una larga chupada a su puro como muestra de agradecimiento.

Margery O’Hare fue arrestada en la biblioteca la noche en que devolvieron los últimos libros a sus estantes. El sheriff llegó con su ayudante y, al principio, Fred los saludó con tono cordial, pensando que habían ido a ver el nuevo suelo de madera y las estanterías revestidas, como habían estado haciendo las gentes del pueblo durante toda la semana. Ir a ver los avances en las reparaciones de todo el mundo había dado una nueva dimensión a la rutina diaria de Baileyville. Pero la expresión del sheriff era seria y fría como una tumba. Cuando plantó sus botas en el centro de la sala y miró a su alrededor, algo se desplomó dentro de Margery, como una pesada piedra en un pozo sin fondo.

—¿Quién de ustedes se ocupa de la ruta hasta las montañas por encima de Red Lick?

Se miraron unas a otras.

—¿Qué ocurre, sheriff? ¿Alguien se ha retrasado en la devolución de sus libros? —dijo Beth, pero nadie se rio.

—Encontraron hace dos días el cadáver de Clem McCullough en Arnott’s Ridge. Parece que el arma homicida venía de esta biblioteca.

—¿El arma homicida? —preguntó Beth—. Aquí no tenemos ningún arma homicida. Lo que sí tenemos son novelas de homicidios.

Margery se quedó pálida. Pestañeó con fuerza y extendió una mano para no perder el equilibrio. El sheriff se dio cuenta.

—Está esperando un bebé —dijo Alice agarrándola de un brazo—. Se marea un poco.

—Y es una noticia demasiado dramática como para contarla de una forma tan directa delante de una mujer que se encuentra en estado —añadió Izzy.

Pero el sheriff miraba directamente a Margery.

—¿Se encarga usted de esa ruta, señorita O’Hare?

—Compartimos rutas, sheriff —intervino Kathleen—. Lo cierto es que depende de quién esté trabajando ese día y cómo se encuentre el caballo de cada una. Algunos no son buenos para esas rutas más largas y escabrosas.

—¿Tenéis registros de adónde va cada una? —le preguntó a Sophia, que estaba de pie detrás de su escritorio, con los nudillos tensos sobre el borde.

—Sí, señor.

—Quiero ver cada ruta que haya hecho cada una de las bibliotecarias durante los últimos seis meses.

—¿Seis meses?

—El cadáver del señor McCullough está en un estado de… cierta descomposición. No se sabe bien cuánto tiempo ha estado allí. Y no parece que su familia haya denunciado su desaparición, según nuestros registros, así que vamos a necesitar toda la información que podamos reunir.

—Eso…, eso son muchos registros, señor. Y aún estamos un poco desorganizadas aquí por culpa de las inundaciones. Puedo tardar un poco en localizarlos entre todos estos libros. —Solo Alice estaba situada de tal forma que podía ver cómo Sophia empujaba con el pie el libro de registros por el suelo hasta dejarlo debajo de la mesa.

—Lo cierto, señor sheriff, es que hemos perdido buena parte de ellos —añadió Alice—. Es muy posible que las anotaciones pertinentes hayan quedado seriamente deterioradas por culpa del agua. Algunas hasta se han borrado. —Lo dijo con un acento británico muy entrecortado, que había servido para convencer a hombres más duros que él, pero el sheriff no pareció oírla.

Se había acercado a Margery y estaba delante de ella, con la cabeza inclinada hacia un lado.

—Los O’Hare llevan enemistados con los McCullough desde hace mucho tiempo, ¿me equivoco?

Margery se miraba un rasguño de la bota.

—Supongo que sí.

—Mi propio padre se acuerda de que el de usted iba detrás del hermano de Clem McCullough. ¿Tom? ¿Tam? Le pegó un tiro en el estómago la Navidad de 1913…, 1914, si no recuerdo mal. Apuesto a que si pregunto por ahí habrá más gente que recuerde más peleas entre las dos familias.

—Por lo que a mí respecta, sheriff, cualquier disputa desapareció con el último de mis hermanos.

—Sería la primera disputa de sangre entre familias de por aquí que se desvaneciera con las nieves —dijo él a la vez que se ponía una cerilla entre los dientes y la movía arriba y abajo—. De lo más inusual.

—Bueno, nunca he sido lo que podría considerarse una persona convencional. —Margery pareció recuperar la compostura.

—Entonces, ¿no sabe nada de cómo han acabado con la vida de Clem McCullough?

—No, señor.

—Lo malo para usted es que es la única persona viva que pudiera tenerle rencor.

—Venga ya, sheriff Archer —protestó Beth—. Sabe tan bien como yo que en esa familia son unos palurdos de la peor calaña. Probablemente tengan enemigos desde aquí hasta Nashville, Tennessee.

Todos estuvieron de acuerdo en que eso era cierto. Incluso Sophia se sintió suficientemente segura como para asentir.

Fue en ese momento cuando oyeron el motor. Un coche se detuvo y el sheriff se acercó con paso lento y rígido a la puerta, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Apareció otro ayudante y le murmuró algo al oído. El sheriff levantó los ojos y miró a Margery que estaba detrás y, después, volvió a inclinar la cabeza para seguir escuchando la información.

El ayudante entró en la biblioteca y ya eran tres. Alice cruzó una mirada con Fred y vio que estaba tan desconcertado como ella. El sheriff se giró y, cuando volvió a hablar, lo hizo, según pensó Alice, con una especie de lúgubre satisfacción.

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