Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
Ningún hombre había estado jamás tan orgulloso como Sven. No paraba de hablar: sobre lo valiente y hábil que Margery había sido al dar a luz a aquella criatura, sobre lo despierta que era la niña, sobre la fuerza con que le agarraba el dedo.
—Es toda una O’Hare —dijo el hombre, y todos le dieron la razón.
Los acontecimientos de la noche anterior estaban empezando a pasarles factura a Alice y a Sophia. Alice estaba agotada y se le cerraban los ojos. Miró a Sophia, que parecía cansada pero aliviada. Se sentía como si acabara de salir de un túnel, como si hubiera perdido cierta inocencia que desconocía tener.
—Le he hecho una canastilla —le dijo Sophia a Sven—. Puedes llevársela mañana a Margery, para que pueda ponerle algo decente al bebé. Hay una manta, algunos patucos, un gorrito y un jersey fino de algodón.
—Eres muy amable, Sophia —dijo Sven. El hombre estaba sin afeitar y seguía teniendo los ojos llenos de lágrimas.
—Y yo tengo algunas cosas de mis bebés que le puedo dar —dijo Kathleen—. Algunos peleles de repuesto, pañales de algodón y cosas así. Ya no voy a volver a necesitarlos.
—Nunca se sabe —dijo Beth.
Pero Kathleen negó con la cabeza, con energía.
—Yo sí lo sé. —La mujer se inclinó para sacudirse algo de los pantalones de montar—. Para mí, solo ha habido un hombre.
Fred miró a Alice quien, tras la euforia inicial del día, empezaba a sentirse de pronto triste y cansada. La joven lo disimuló con un brindis.
—Por Marge —dijo, levantando la taza esmaltada.
—Y por Virginia —dijo Sven, y todos le miraron—. Era la hermana de Margery —explicó, emocionado—. Así quiere ella que se llame. Virginia Alice O’Hare.
—Es un nombre precioso —aprobó Sophia, asintiendo.
—Por Virginia Alice —dijeron todos, alzando las tazas. Entonces, Izzy se levantó de sopetón y comentó que estaba segura de que había un libro de nombres en algún sitio y que le encantaría saber de dónde venía ese. Y todos los demás, igual de emocionados y más que agradecidos por la distracción, la apoyaron para no tener que mirar a Alice, que había empezado a sollozar en silencio, en un rincón.
22
Una institución de lo más repugnante en la que están confinados hombres y mujeres que cumplen condena por faltas y delitos, o que no han sido condenados y que solo están allí a la espera de juicio […] que suele estar plagada de chinches, cucarachas, piojos y otros bichos; huele a desinfectante y a suciedad.
JOSEPH F. FISHMAN, Crucibles of Crime, 1923
Las prisiones de Kentucky, como la mayoría de las de Estados Unidos, se gestionaban sobre la marcha, y sus reglas y laxitud variaba de forma considerable dependiendo de la rigidez del sheriff y, en el caso de Baileyville, de la afición de su ayudante por los productos horneados. A Margery y Virginia les permitían recibir un flujo constante de visitas y, a pesar de lo desagradable que resultaba la celda, Virginia vivió sus primeras semanas prácticamente como todos los bebés mimados: vestida con ropa limpia y suave, admirada por las visitas, recibiendo regalitos y pasando buena parte del día acurrucada sobre el pecho de su madre. Era una niña muy despierta. Recorría la celda con sus ojos oscuros, en busca de movimiento, y acariciaba el aire con sus deditos de estrella de mar, o apretaba los puñitos, contenta, mientras tomaba el pecho.
Margery, por su parte, se había transformado en otra mujer: la expresión de su rostro se había suavizado y estaba centrada por completo en la niñita, a la que manejaba con la naturalidad de una persona que llevara años haciéndolo. A pesar de las dudas que había tenido, parecía que la maternidad era algo instintivo en ella. Hasta cuando Alice cogía en brazos al bebé para que la dejara comer, o para cambiarla de ropa, Margery seguía mirándola y tocando a Virginia con una mano, como si no pudiera soportar separarse de ella ni un solo instante.
Alice se dio cuenta, aliviada, de que parecía menos deprimida que antes, como si el bebé le hubiera dado algo más en que centrarse que no fuera lo que se estaba perdiendo por estar entre aquellas cuatro paredes. Margery comía mejor («Sophia dice que tengo que comer para seguir teniendo leche»), sonreía a menudo, sobre todo a la niña, y se movía por la celda rebotando sobre los talones, para calmar al bebé, cuando antes parecía estar clavada al suelo. El agente Dulles les había dejado un cubo y una fregona para que todo fuera un poco más higiénico y, cuando las chicas les habían llevado un colchoncillo nuevo, quejándose de que no había derecho a que hicieran dormir a un bebé en una colchoneta vieja y sucia, llena de ácaros, este no había puesto ninguna objeción. Las muchachas habían quemado el viejo en el jardín, arrugando la nariz por lo sucio que estaba.
La señora Brady visitó a Margery el sexto día tras el alumbramiento, acompañada por un médico de fuera del pueblo que comprobó que se estaba recuperando como era debido y que el bebé tenía todo lo que necesitaba. Cuando el ayudante del sheriff Dulles había intentado protestar, dada la ausencia de permisos o de cualquier tipo de aviso previo, la señora Brady le había interrumpido con una mirada capaz de congelar un plato de sopa caliente y le había informado con altivez de que, como le impidiera por cualquier medio atender a una madre lactante, el sheriff Archer sería el primero en enterarse y el gobernador Hatch el segundo, que no le cupiera la menor duda. El doctor examinó a la madre y al bebé mientras la señora Brady se quedaba en un rincón de la celda —tras haber echado un vistazo a la habitación con los ojos entornados y haber decidido no sentarse— y, aunque las condiciones estaban lejos de ser las ideales, el médico anunció que ambas gozaban de buena salud y del mejor ánimo que cabía esperar. Los hombres de las celdas cercanas se quejaron del hedor de los pañales sucios del bebé, pero la señora Brady les ordenó que cerraran la boca y les dijo que, a decir verdad, a ellos tampoco les vendría mal frotarse de vez en cuando con agua y jabón, así que a lo mejor deberían solucionar lo suyo antes de quejarse de lo de los demás.
Las bibliotecarias no se enteraron de aquella visita hasta después, cuando la señora Brady apareció en la biblioteca y declaró que, tras haber estado hablando largo y tendido con la señorita O’Hare, habían decidido que ella se hiciera cargo de la gestión diaria de la biblioteca, y que esperaba de todo corazón que aquello no incomodara a la señora Van Cleve, teniendo en cuenta lo duro que había trabajado para que todo siguiera en marcha mientras Margery estaba «inhabilitada».
Alice, aunque se sorprendió un poco, no tuvo el menor inconveniente. Había sacado fuerzas de flaqueza durante las últimas semanas para intentar visitar a Margery a diario, mantener en orden la cabaña y gestionar la biblioteca, todo ello mientras se enfrentaba a unos sentimientos de lo más complejos y abrumadores. El hecho de que otra persona se hiciera cargo al menos de una de esas cosas era un alivio. Sobre todo porque pronto se marcharía de Kentucky, pensó para sus adentros. Aunque eso aún no se lo había contado a las demás; por el momento, ya tenían bastante de lo que ocuparse.
La señora Brady se quitó el abrigo y les pidió que le enseñaran todos los libros de registros. Se sentó a la mesa de Sophia y revisó todos los informes de pago, las facturas del herrero, comprobó las nóminas y los gastos menores, y se declaró satisfecha. Volvió después de la cena y estuvo una hora con Sophia por la noche, verificando dónde se encontraban los libros perdidos y estropeados, y reprendió al señor Gill en cuanto cruzó la puerta por devolver con retraso un libro sobre la cría de cabras. Tan solo llevaba allí unas horas y parecía que hubiera estado toda la vida. Era como volver a tener a una adulta al mando.