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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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Cinco kilómetros al noroeste, en una casa grande con un césped cuidado, la señora Brady trataba de leer otro capítulo de su libro mientras se oía el sonido amortiguado de su hija al entonar escalas en su dormitorio. Dejó el libro con un suspiro, entristecida por cómo la vida nunca resultaba ser como una había esperado, y se preguntó cómo iba a explicarle esto a la señora Nofcier.

Al otro lado de la iglesia, Beth Pinker estaba leyendo un atlas en el porche de atrás de la casa de su familia, fumando la pipa de su abuela y pensando en toda la gente a la que le gustaría hacer daño, y en esa lista Geoffrey van Cleve ocupaba uno de los primeros puestos.

En una cabaña cuyo corazón debía estar ocupado por Margery O’Hare, dos personas estaban sentadas sin poder dormir a ambos lados de una puerta tosca, tratando de buscar el camino hacia un resultado distinto, con sus pensamientos formando un rompecabezas y un fuerte nudo de ansiedad demasiado grande y pesado presionando sobre sus cabezas.

Y, a unos kilómetros de distancia, Margery estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared de la celda mientras trataba de controlar el creciente pánico que no dejaba de abrirse paso en su pecho, como una marea que la ahogaba. Al otro lado del pasillo, dos hombres —un borracho de fuera del estado y un delincuente habitual cuya cara recordaba pero no su nombre— le gritaban obscenidades, y el ayudante del sheriff, un hombre justo al que le preocupaba que no hubiese instalaciones separadas para mujeres (apenas recordaba la última vez que una mujer había pasado la noche en la cárcel de Baileyville, y, mucho menos, una que estuviese embarazada), había colocado una sábana sobre los barrotes para proporcionarle algo de protección. Pero Margery aún podía oírlos y sentir el olor acre a orina y sudor, y, durante todo el tiempo, ellos sabían que ella estaba allí y eso daba a los confines de la pequeña cárcel una intimidad que resultaba molesta y turbadora hasta el punto de que, por muy agotada que estuviera, sabía que no podría conciliar el sueño.

Habría estado más cómoda en el colchón, sobre todo ahora que el bebé era de cierto tamaño y parecía presionar partes inesperadas de sus entrañas, pero el colchón estaba lleno de manchas y ácaros y había estado sentada en él cinco minutos antes de empezar a sentir picores.

«¿Quieres apartar esa cortina, muchacha? Te voy a enseñar una cosa que te hará dormir».

«Calla ya, Dwayne Froggatt».

«Solo me estoy divirtiendo un poco, agente. Sabe que a ella le gusta. Lo lleva escrito en su cintura, ¿no?».

Al final, McCullough sí que había ido a por ella, con su arma cargada y su cuerpo ensangrentado y el libro de la biblioteca como una confesión escrita en su pecho. La había seguido por aquella montaña abajo igual que si lo hubiera hecho con una pistola cargada en la mano.

Margery trataba de pensar en lo que podría decir como atenuante. No sabía que le había herido. Había sentido miedo. Simplemente trataba de hacer su trabajo. Era una mujer que solo quería ocuparse de sus asuntos. Pero no era tonta. Sabía lo que aquello parecía. Nancy, sin saberlo, había sellado su destino al haberla situado allí arriba, con el libro en la mano.

Margery O’Hare se apretó la parte inferior de las palmas de las manos contra los ojos y soltó un largo y tembloroso suspiro a la vez que volvía a sentir la oleada de pánico. Entre los barrotes podía ver el color malva azulado de la noche según iba creciendo, oír los lejanos reclamos de los pájaros que anunciaban los últimos rescoldos del día. Y, a medida que iba oscureciendo, sintió que las paredes se iban cerniendo sobre ella y el techo descendía, mientras apretaba los ojos.

—No puedo quedarme aquí. No puedo —dijo en voz baja—. No puedo estar aquí dentro.

«¿Me estás susurrando algo, chica? ¿Quieres que te cante una nana?».

«Aparta esa cortina. Vamos. Hazlo por papá».

Un estallido de carcajadas de borracho.

—No puedo quedarme aquí dentro. —La respiración se le agolpaba en el pecho, apretó los puños y la celda empezó a moverse, con el suelo levantándose a la vez que el pánico aumentaba.

Y, entonces, el bebé se movió dentro de ella, una, dos veces, como si le dijera que no estaba sola, que no iban a conseguir nada, y Margery dejó escapar un leve sollozo, se puso las manos sobre el vientre y cerró los ojos a la vez que soltaba un largo y lento suspiro mientras esperaba a que el terror pasara.

20

—¿Y dices que las estrellas son planetas, Tess?

—Sí.

—¿Y son todos como el nuestro?

—No lo sé, pero supongo que sí. Aunque a veces me los imagino como las manzanas tabardillas de nuestro manzano. La mayoría son hermosas y perfectas, pero siempre hay alguna picada.

—Y en el que nosotros vivimos, ¿es de los hermosos o de los picados?

—De los picados.

THOMAS HARDY, Tess de los D’Urberville

Por la mañana ya se había corrido la voz y unos cuantos lugareños se habían tomado la molestia de acercarse a la biblioteca para comentar que aquello no tenía sentido, que no creían que Margery hubiera hecho nada malo y que era lamentable que la policía sí lo creyera. Pero fueron muchos más los que no se acercaron y Alice no dejó de oír a gente murmurando desde que salió de la pequeña cabaña de Split Creek. Decidió aliviar su propia ansiedad manteniéndose ocupada. Envió a Sven a casa, prometiéndole que ella se ocuparía de las gallinas y del mulo, y el hombre, que tenía el suficiente sentido común para saber que no les convenía que los vieran durmiendo bajo el mismo techo, accedió. Aunque ambos sabían que, probablemente, regresaría al anochecer, incapaz de estar a solas con sus miedos.

—Sé cómo funciona esto —dijo Alice, mientras le servía a Sven un huevo y cuatro lonchas de beicon que quedarían intactos en su plato—. Ya llevo mucho tiempo aquí. Soltarán a Margery en un abrir y cerrar de ojos. Y, mientras tanto, yo le llevaré ropa limpia a la prisión.

—Esa prisión no es lugar para una mujer —susurró Sven.

—Bueno, volverá a estar fuera en menos de nada.

Alice hizo que las bibliotecarias realizaran sus rutas habituales por la mañana, comprobó el registro y las ayudó a cargar las alforjas. Nadie cuestionó su autoridad, como si agradecieran que alguien tomara las riendas. Beth y Kathleen le pidieron que saludara a Margery de su parte. Luego, ella misma cerró la biblioteca, se subió a lomos de Spirit con la bolsa de la ropa limpia de Margery y cabalgó hacia la prisión, bajo un cielo despejado y fresco.

—Buenos días —le dijo al responsable de la cárcel, un hombre delgado con aspecto cansado, cuyo enorme manojo de llaves amenazaba con bajarle los pantalones—. He venido a traerle una muda a Margery O’Hare.

Él la miró de arriba abajo y resopló, arrugando la nariz.

—¿Trae el permiso?

—¿Qué permiso?

—El del sheriff. Para poder ver a la reclusa.

—No tengo ningún permiso.

—Pues entonces no puede entrar. —El hombre se sonó ruidosamente con un pañuelo.

Alice se quedó allí de pie unos instantes, mientras el rubor le teñía las mejillas. Luego enderezó los hombros.

—Señor, está reteniendo a una mujer encinta en unas circunstancias de lo más insalubres. Lo mínimo que cabría esperar de usted es que le permitiera cambiarse de ropa. ¿Qué tipo de caballero es? —El hombre tuvo la decencia de parecer un poco turbado—. ¿Qué pasa? ¿Cree que voy a meter una lima de contrabando? ¿Una pistola, tal vez? Es una mujer embarazada. Mire, señor guarda. Deje que le muestre lo que vengo a traerle a la pobre muchacha. Esto es una blusa limpia de algodón. Y esto, unas medias de lana. ¿Quiere revisar la bolsa? Mire, una muda limpia de ropa interior…

—Vale, vale —dijo el responsable de la cárcel, levantando una mano—. Vuelva a meter eso en la bolsa. Le doy diez minutos, ¿de acuerdo? Y la próxima vez traiga el permiso.

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