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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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—Por supuesto. Muchas gracias, agente. Es usted muy amable.

Alice intentó no perder ese aire de seguridad mientras lo seguía escaleras abajo, hasta la zona de confinamiento. El responsable de la cárcel abrió una pesada reja de metal, mientras el manojo de llaves tintineaba. Luego buscó otra llave y, cuando la encontró, abrió una reja que daba a un pasillito en el que había cuatro celdas alineadas. Allá abajo, el aire estaba viciado y había un olor nauseabundo, y la única luz que entraba era la que se filtraba por los estrechos ventanucos horizontales que había en la parte superior de cada celda. Mientras sus ojos se adaptaban a la oscuridad, Alice captó cierto movimiento entre las sombras de las celdas que estaban a su izquierda.

—La de ella es la de la derecha, la de la sábana —dijo el hombre. Luego dio media vuelta y, antes de marcharse, cerró la reja y la comprobó zarandeándola con un traqueteo que hizo que el corazón de Alice traqueteara a su vez contra sus costillas.

—Caray. Hola, guapa —dijo una voz de hombre, emergiendo de entre las sombras.

Alice ni le miró.

—¿Margery? —susurró, acercándose a los barrotes. Nadie respondió, pero la sábana se abrió unos centímetros y Margery apareció al otro lado. Estaba pálida y ojerosa. Detrás de ella, había un catre estrecho con un colchón infecto lleno de manchas, y una vasija metálica en un rincón de la habitación. Mientras Alice seguía allí de pie, algo se escabulló por el suelo del recinto—. ¿Estás… bien? —La joven intentó que su cara no revelara su turbación.

—Sí, estoy bien.

—Te he traído algunas cosas. He pensado que querrías cambiarte de ropa. Mañana volveré con más. Toma. —Alice empezó a sacar las cosas de la bolsa, una a una, y a pasárselas a través de los barrotes—. Hay una pastilla de jabón, un cepillo de dientes y…, bueno, te he traído mi frasco de perfume. Creí que te gustaría oler… — Alice titubeó. En ese momento, aquella idea le parecía ridícula.

—¿Tienes algo para mí, guapa? Aquí me siento muy solo.

Alice le dio la espalda al hombre.

—En fin. —La joven bajó la voz—. Hay un poco de pan de maíz y una manzana en la pierna de tus calzones. No sabía si te daban de comer. En casa todo va bien. He alimentado a Charley y a las gallinas, no tienes que preocuparte por nada. Cuando vuelvas, seguirá todo como a ti te gusta.

—¿Dónde está Sven?

—Ha tenido que ir a trabajar. Pero se pasará por aquí más tarde.

—¿Está bien?

—La verdad es que está un poco abatido. Todos lo estamos.

—¡Oye! ¡Oye, ven aquí! ¡Quiero enseñarte algo!

Alice se inclinó hacia delante y apoyó la frente en los barrotes de la celda de Margery.

—Nos ha contado lo que pasó. Lo de McCullough.

Su amiga cerró los ojos un momento. Enroscó los dedos alrededor de un barrote y los apretó un instante.

—Nunca he pretendido hacer daño a nadie, Alice —le aseguró Margery, con voz quebrada.

—Por supuesto que no. Solo hiciste lo que cualquiera habría hecho —dijo Alice con firmeza—. Cualquiera con dos dedos de frente. Se llama «defensa propia».

—¡Oye! ¡Oye! Déjate de cháchara y ven aquí, guapa. Tienes algo para mí, ¿verdad? Porque yo tengo algo para ti.

Alice se volvió, hecha una furia, y puso los brazos en jarras.

—¡Cállate de una vez! ¡Intento hablar con mi amiga! ¡Por el amor de Dios!

Se hizo el silencio durante unos instantes y luego se oyó una risilla procedente de otra celda.

—¡Eso, cállate! ¡Está intentando hablar con su amiga!

Los dos hombres se enzarzaron de inmediato en una discusión, alzando cada vez más la voz, mientras el ambiente se teñía de melancolía.

—No puedo quedarme aquí —dijo Margery, en voz baja.

Alice estaba impresionada por el aspecto que tenía Margery después de haber pasado una sola noche en aquel sitio. Era como si toda su rebeldía se hubiera esfumado.

—Tranquila, lo solucionaremos. No estás sola y no permitiremos que te pase nada. —Margery la miró con cansancio y apretó la boca con fuerza, como si prefiriera no decir nada. Alice posó sus dedos sobre los de Margery e intentó estrechar su mano—. Todo se solucionará. Tú intenta descansar y comer algo, yo volveré mañana.

A Margery pareció llevarle un rato procesar lo que Alice estaba diciendo. Luego asintió, la miró y, con una mano sobre la barriga, se apoyó en la pared, se deslizó por ella lentamente y se sentó en el suelo.

Alice golpeó el cerrojo metálico, hasta que llamó la atención del guarda. El hombre se levantó cansinamente de la silla y la dejó salir. Luego, cerró la reja y echó un vistazo a la sábana que había detrás de Alice, a través de la que solo se veía un hombro de Margery.

—Bien —dijo Alice—. Mañana voy a volver. No sé si me dará tiempo a conseguir un permiso, pero estoy segura de que no pondrá objeciones a que una mujer le proporcione cuidados de higiene y asistencia básica a una embarazada. Es cuestión de decencia. Y puede que no lleve aquí demasiado tiempo, pero sé que la gente de Kentucky es muy decente. —El guarda la miró, como si no supiera qué responder—. De todos modos, le he traído un pedazo de pan de maíz para darle las gracias por ser tan… flexible —continuó la joven, antes de que él pudiera pensárselo dos veces—. Esta es una situación complicada, pero esperamos que se resuelva muy pronto. Mientras tanto, le agradezco mucho su amabilidad, señor…

El guarda parpadeó varias veces seguidas.

—Dulles.

—Señor Dulles. Aquí tiene.

—Agente.

—Agente Dulles. Le ruego que me disculpe. —Alice le entregó el pan de maíz, envuelto en una servilleta—. Ah, y necesito que me devuelva la servilleta —dijo la joven, mientras él la abría—. Si pudiera dármela mañana, cuando traiga la siguiente remesa, se lo agradecería. Dóblela y listo. Muchas gracias. —Y, antes de que el hombre pudiera responder, Alice dio media vuelta y abandonó rápidamente la prisión.

Sven contrató a un abogado de Louisville y, para reunir el dinero necesario, tuvo que vender el reloj de plata de bolsillo de su abuelo. El hombre intentó pedir una fianza más razonable, pero se la negaron categóricamente. Le respondieron que la joven era una asesina, que procedía de una conocida familia de criminales y que al Estado no le satisfaría saber que la habían soltado para que pudiera volver a hacer lo mismo. Incluso cuando una pequeña multitud se reunió delante de la oficina del sheriff para protestar, este fue inflexible y les dijo que podían gritar todo lo que quisieran, pero que su trabajo era defender la ley y que eso era lo que iba a hacer. Y que si hubiera sido su padre al que hubieran asesinado mientras se dedicaba a sus legítimos asuntos, se lo pensarían dos veces.

—En fin, la buena noticia es que, en el estado de Kentucky, no se ejecuta a una mujer desde 1868. Y mucho menos a una embarazada. —Aquello no hizo que Sven se sintiera mucho mejor.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó este, mientras Alice y él volvían de la prisión.

—Seguir adelante —dijo Alice—. Seguiremos haciendo todo como de costumbre y esperaremos a que alguien entre en razón.

Pero pasaron seis semanas y nadie entró en razón. Margery seguía en prisión, mientras otros malhechores iban y venían (y, en algunos casos, regresaban). También rechazaron la solicitud de transferirla a una cárcel de mujeres, aunque Alice creía que, si Margery tenía que seguir encerrada, probablemente lo mejor para ella era estar donde pudieran ir a visitarla, no en cualquier lugar de la ciudad, donde nadie la conocía y donde estaría rodeada del ruido y el humo de un mundo totalmente ajeno a ella.

Así que Alice cabalgaba hasta la prisión a diario, con un molde de pan de maíz todavía tibio (había encontrado la receta en uno de los libros de la biblioteca y ya era capaz de hacerlo sin mirar), o de bizcocho, o de cualquier otra cosa que tuviera a mano, y se había convertido en una de las favoritas de los guardas. Ya nadie mencionaba los permisos, sino que se limitaban a entregarle la servilleta del día anterior y la dejaban entrar, apenas sin mediar palabra. Con Sven la cosa era un poco más complicada, porque su tamaño solía poner nerviosos a otros hombres. Junto con la comida, Alice llevaba una muda de ropa interior, jerséis de lana, si eran necesarios, y un libro, aunque el sótano de la prisión era tan oscuro que Margery solo tenía suficiente luz para leer unas cuantas horas al día. Y, casi todas las noches, cuando Alice salía de la biblioteca, regresaba a la cabaña del bosque que ahora era su casa, se sentaba a la mesa con Sven y se decían el uno al otro que al final aquello acabaría resolviéndose, sin duda, y que Margery volvería a ser la misma cuando respirara de nuevo aire puro, aunque ninguno de los dos creía ni una palabra de lo que decía el otro. Luego, Sven se marchaba y Alice se iba a la cama para quedarse despierta, mirando al techo, hasta el amanecer.

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